Quedaba menos de media hora para que empezara el partido del Valencia. Mi profunda animadversión para con ese equipo, lejos de ser un pozo de dudas, es el mar Mediterráneo completo, desde Tarifa hasta el Bósforo; desde ya hace muchos años me pregunto por qué, sin jamás haber alcanzado una respuesta convincente. Pero, pese a las dudas, tan real es una cosa como lo es la otra; y ahora mismo el Levante y el Valencia son las dos caras de la misma moneda. Con el partido avanzado, habiendo empate a un gol, estaba centrado en labores menores recluido en la cocina, cuando me giré y vi una falta a favor del Girona a punto de ser sacada y dije: «Va, que meten». Prefiero reservar para mi privacidad el acervo de improperios, no necesariamente conexos, como respuesta a la diana de Arnau, que paradójicamente envolvieron una celebración, entre nosotros, comedida. En aquel momento, la casa la poblaban solamente granotas; afortunadamente, era un espacio libre de xotos. Sin embargo, a juicio de uno de los habitantes del lugar, el Girona va a ser un rival directo del Levante hasta el final de temporada, entonces, a pesar de ser en detrimento del Valencia, lamentó que se avanzara en el partido porque: «lo que más nos conviene es que se dejen puntos».
Hasta donde llega mi interpretación, ver fútbol mejora cuando te sientes incluido en lo que ocurre, y tal es la distorsión que provoca que considero al fútbol y al Levante dos cuestiones radicalmente distintas. Habiendo jugado tu equipo a la misma hora de comer, y con toda la tarde por delante hasta meterte en la cama, resulta tentador elegir un bando al que apoyar mientras ves un anodino Mallorca - Real Betis. Sin embargo, volcarse a favor de un equipo a cambio de unos pocos puntos, en todo caso potenciales, y más si se trata del Valencia, me parece un planteamiento exagerado si se contempla la cantidad de cosas probables y desconocidas que pueden pasar: ¿Y si gracias a esta victoria Míchel aguanta cinco partidos más perdiendo en el banquillo?, ¿Y si cambian nuestros rivales directos para la última jornada?, ¿Y si nos plantamos en Fallas con nueve victorias? En la gran mayoría de los casos, la posición cosechada por un equipo está más relacionada con sus méritos que con los de los demás; en otras palabras, si, en contra de los deseos del dueño de este sucedáneo de portal web, el Levante pierde la categoría en primavera, antes será por culpa de no cerrar el pico en Mendizorroza, que por celebrar a base de insultos un gol de estrategia de unos pobres chicos catalanes contra las cabras de la Avenida Suecia.
En el corazón de estas diferencias entre las opiniones reside la total importancia que recae sobre los puntos obtenidos, y los objetivos, que me parece fuera de mesura. Ante la opción de pasar a ser el mejor equipo de la ciudad, o, no hace falta ser tan grandilocuentes, ante la posibilidad de que pierda el Valencia, desear que, en cambio, marquen gol para que así, en caso que nos juguemos la permanencia contra el Girona, tener la ventaja de que un día tonto a principios de octubre no sumaron puntos me parece un planteamiento aburrido y muy corto de miras. Ni el mayor pobre hombre pensó en los veinte y tres puntos acumulados, en la distancia con respecto al Racing de Santander y en la más de media permanencia ya conseguida cuando, con el estadio a reventar y a seis horas de ir a trabajar, con Sports Illustrated, el New York Times y Al Jazeera presentes para narrar el partido a todo el mundo, con la bandera del Levante ondeándose sobre la grada como primeros solo tres años después de rozar la puta desaparación, Rubén, a tomar por culo de la frontal del área, dejó el balón sobre el césped y le pegó «con todo lo que tenía porque era el momento para hacerlo». Viva la pasión, Rubén, y viva soltar un cañonazo en el último minuto.
