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martes, 5 de mayo de 2026

Un bonito recuerdo

En esta casa sentimos devoción por generalizar, pese al razonable margen de error que siempre entraña; es más, no todas las generalizaciones de esta casa cuentan con la misma robustez, que depende de su margen de error, precisamente. Lo contrario sería abrazar la barbarie y el desgobierno, tan impropio en esta propiedad; sería un desprecio absurdo del conocimiento en favor de la ignorancia, un principio de valencianismo. Total para acabar diciendo que el día salió nublado; en esta casa también nos gustan los contrastes. Cuando el lector de pasados unos años se pase por este sucedáneo de portal web, la entrada que nos ocupa habrá cumplido su mayor cometido. Y cuando el entonces lector lea cuatro o cinco de mayo y se imagine una jornada de sol radiante -- como la que hoy hace --, que llama al verano a voces, con un molesto calor subiendo desde las plantas de los pies por unas medias siempre demasiado gruesas, y dos mejillas rojas, una a cada lado de la nariz, el entonces lector habrá confundido el desapacible día gris del sábado, bajo una gorra de nubes, a punto siempre de llover, que despertó la manida queja del resol, y su dolor de cabeza, entre el reducido respetable que formamos amigos, novias y ex-compañeros.

Recorrer Primado Reig por entre sus carriles destinados al tráfico, una actividad prácticamente inédita hasta hace un año, pero que repito con cierta asiduidad desde que buenos amigos pasaron a vivir en Profesor Tamarit Olmos, 16 y desde que los viernes tengo una cita con las matemáticas en Benimaclet, siempre ha sido una que ha puesto en alerta mi desarrolladísimo sentido de la precaución, fruto de un pesimismo galopante e incontrolable. A Mestalla no van mujeres; al fútbol van pocas, pero a Mestalla menos. Y, sí, cállate, pequeño xoto, que ya se que una vez te llevaste un ligue, que ya no te volvió a hablar, a la grada del mar -- o como coño la llaméis --, y que tu padre conoció a tu madre celebrando un gol de Mario Alberto Kempes. Cállate, porque a parte de xoto y pesado, eres ignorante. Primado Reig no es mi lugar favorito para llevar el coche, menos si un acervo de cabras, con el pelaje blanco y las pezuñas negras, se mueven motorizadas en dos y cuatro ruedas. Un recuerdo a Luque, a Cubo y a la media hora del fenomenal debut de ambos en Primera División.

Saber cuánto tiempo me habría llevado llegar a mi verdadero destino es cosa que solo la imaginación lo permite. (Acabo de comprar la entrada para el concierto de Carolina Durante del 26 de noviembre en Valencia.) Desde el pasado noviembre, con motivo del tercer aniversario del coche que nos estaba trasladando a la castellonense localidad de Villarreal, debía abonar una anualidad que subía hasta los 25€ para contar con navegación por GPS, cosa que no hice porque no le tengo miedo a perderme. No obstante, en una atinada y velocísima intervención de mi acompañante se me indicó, no tanto que el camino era el incorrecto, sino que el destino era otro. Una agradabilísima charla sobre fútbol, Arbeloa y Vinicius, el nombre de los estadios de fútbol y como Los Pajaritos fue piedra angular de una arraigada relación de amor entre dos amigos míos, en la que se incluyó un último tramo de rally, más por la profesionalidad del copiloto que por la modesta velocidad, terminó con una exhibición -- otra más -- aparcando el coche.

En el centro del campo y en el lateral izquierdo del Roda, dos veteranos destacan sobre un grupito de chavales imberbes, aniñados, con menos aires de superioridad que el resto de filiales de la categoría. Dos señores con cara y pelo de padre que tienen a sus hijos apuntados a refuerzo de matemáticas, pese a que la edad que pone en bdfutbol es ostensiblemente menor a la de su apariencia -- Borja y Alberto --. Pareciese que su rol en el equipo es el de ayudante del entrenador, dos tíos que evitan que la desesperación o la inapetencia se haga con el vestuario tras cinco partidos sin ganar, y también para quitarle el marrón de ser capitán a un veinteañero todavía acobardado. Pero esa idea, aunque coherente, se diluye rápido cuando ves el primer centro al área de Alberto; Borja reúne las condiciones del típico capitán con la lengua suelta, que jamás la lía porque no se juega ni una sola, hasta que el tiempo aprieta y saca brillo a su extenso repertorio de organizador de equipos, como si se estuviese dejando hasta ese momento.

La incipiente calvicie de Alberto ha despertado la queja de mis acompañantes que, lejos de alimentar su recreo, solo el amor -- y quizás la esperanza de ser recompensadas luego por haber ido a verlos jugar -- les ha empujado a pasar hora y media de un sábado en sendos asientos de plástico; sus respectivos gozan de una salud capilar todavía muy superior a la de sus veteranos rivales, mientras que con la mirada buscan a la mujer de Alberto, deseando no encontrar a nadie. La conversación, contestando para el cuello de la camisa, ha pasado a abarcar la reprobable actitud de la grada, que entre fervientes insultos y desagradables deseos, atizan a Berbegall, titular por primera vez en la temporada, después de que una lesión en julio, lanzando a portería con el entrenamiento acabado, lo dejara apartado del equipo; Alberto, en un, para mi sorpresa, deliberado acto antideportivo, le ha hecho ver que retrasaba un saque de banda para arañar segundos de juego, consiguiendo que familiares y amistades entren al trapo, como barriobajeros.

A esas alturas de partido, el Club Deportivo Soneja ya ganaba cero a uno, marcador que mantuvo intacto hasta el final. Víctor Julià es un jugador díscolo, casi desobediente, casi indisciplinado, que en toda una temporada ha bajado a defender las mismas veces que mi padre ha bajado la basura en todo su matrimonio. Dicen de él que ganó veinte euros en una tragaperras, de camino a un partido en Alicante; semanas después, como no le apetecía repetir el viaje, pese a las luces tintineantes y los sonidos lucrativos de la esquinada maquinita, forzó la quinta amarilla, protestando al árbitro, durante el saque de puerta previo al pitido final -- precisamente contra el Roda --. Es zurdo, pero no le gusta jugar en la izquierda: su jugada favorita es fumársela y soltar un zambombazo desde donde mejor le venga. Tiene la conducta de una estrella, que es lo más fácil de imitar, pero su juego solo le da para brillar en Tercera División, y rendir en una categoría por encima. Si bien su mayor virtud no es el oportunismo goleador, el sábado logró el tanto de la victoria, haciendo pagar el error del portero, por puro instinto, destacándose como máximo artillero del equipo, aunque con el doble de oportunidades que Juan Carlos, que llegó a mediados de enero.

Las circunstancias del partido, a saber, una permanencia matemáticamente conseguida y a dos fines de semana de las vacaciones, dieron lugar a ciertas novedades en la alineación. Juan Pablo, bajo palos, sumó los primeros minutos de la temporada; dejando a Juanvi -- un películas -- y a Chanza -- con un divertido tatuaje de Rayo McQueen -- en el banquillo. La participación de Javi Torres en el equipo ha sido inadvertida, entre capazos de pases a las bandas, aunque, al principio, parecía aportar variedad a la holgada bronca y moderada visión de juego de Tarre y Pana. Iker, que jugó el sábado de interior, me sigue pareciendo el mejor del equipo, por encima de que para señalar su último gran partido tenga que volver hasta diciembre. A la primera titularidad de Berbegall, se le sumó la segunda aparición en el once inicial de Jordi que, no igualando su rendimiento ante el filial del Levante, hizo surgir los motivos de tantas suplencias repetidas. La temporada de Rulo, y su cuerpo no pensado para el fútbol, es una pregunta, la pregunta de qué hubiera sido si; pero la gran pregunta de la temporada es Pau, y su cuerpo pensado para el fútbol, que abandonó la nave después de año nuevo, diez días antes de anotar un doblete en El Arco de Soneja.

Pasada la media hora de juego, y con el gol de Julià dominando el partido, el motivo por el que este fin de semana cumpliré treinta de los treinta y cuatro partidos de una temporada de Tercera División cayó lesionado, en un esforzado intento por evitar que un disparo rival alcanzara su portería. Una vez alcanzada cierta estabilidad económica como para que vaciar el depósito de gasolina cada fin de semana no sea cosa irresponsable, se pueden citar varias razones por las que haber recorrido Valencia entera cada siete días, pero todas dependen de una sola; efectivamente me gusta el fútbol, me encanta dedicar un día entero a ver un partido -- un recuerdo a aquel domingo en Crevillente --, y mi situación con el Levante es complicada; pero nada de esto tiene crédito por sí solo. Imagínate que tu amigo es cantante, y no escuchas sus canciones, imagínate que tu amigo es actor, y no ves sus películas, imagínate que tu amigo tiene un sucedáneo de portal web, y no lees sus entradas -- ... --; ahora imagínate que tu amigo juega en un equipo de fútbol, y juegan bien, ¿cómo cojones no voy a ver al equipo de mi colega?

Con el tobillo doliendo por sí solo, las protestas son airadas desde la línea de fondo. En mi localidad, advierto que no va poder continuar; los gestos no me dan ninguna esperanza. Pero, renqueante, reingresa al terreno de juego. Poco después, se señala un córner a favor, que sube a rematar pensando, más que nunca, en la carrera de después. «El gol del cojo», aviso desde la grada, mientras recuerdo a Raúl González Blanco jugando en La Romareda con el Real Madrid. Parece ser, y soy consciente de ello, que la última oportunidad de marcar en la temporada va a ocurrir ahora. El balón sale desde la esquina en dirección al área y el desmarque, cojeando, ha obtenido el efecto esperado, pues le ha ganado la posición a su defensor. Durante una fracción de segundo, permanece suspendido en el aire. El giro de cabeza es perfecto, a la altura de Primera División, pero cuando ocurre la pelota ya había pasado y solo puede rozarla más o menos. Minutos después llega el descanso, momento en el que indica a un miembro del cuerpo técnico que no puede seguir, con un elocuente gesto con las manos; en caso de imbatibilidad, la prima está asegurada.

domingo, 5 de abril de 2026

El ocho de Suzuka

He tardado seis días para ver el Gran Premio de Japón, siendo uno de ellos festivo por motivo de la Semana Santa, cosa que admite dos lecturas, que no solo son compatibles, sino que ejemplifican mi opinión con respecto a la setentaycincoañera. Por un lado, se desprende que la Fórmula 1 ha ido perdiendo peldaños en mi móvil pirámide de prioridades -- como el xaval love bomber, que colma con muestras de profuso afecto a una pobre niña, que no sabe la que se le viene encima, justo antes de volver a dedicarse a apostar a «ambos marcan» en un Sporting de Gijón - Cultural Leonesa --. Por otro lado, ha existido un firme empeño en seguir viendo a coches de colores en el ocho de Suzuka -- ¿acaso mis repetidos esfuerzos por procurarme un buen futuro con ella no son la más genuina declaración de amor? --. No soporto hablar de la Fórmula 1 como si la nuestra fuera una relación amorosa, pero, sabiendo que mi deporte favorito es dotar de cualidades humanas a cosas totalmente inanimadas y, principalmente, por todas las anviscaes que me prepara constantemente, no puedo confundirla con una relación de amistad.

Cuando solo han pasado tres Grandes Premios, dos de mis cuatro favoritos ya se han celebrado; y los otros dos vendrán en los próximos tres fines de semana de carreras. Por tanto, el calendario atraviesa un buen momento para el dueño de este sucedáneo de portal web, a diferencia de lo que ocurrirá entre los meses de septiembre y diciembre. No me extraña que Suzuka haya sido la cuna de la reconciliación -- Reconciliación, Todo va bien --, durante tantas temporadas; y que el Gran Premio de Australia tenga en mí un efecto hipnótico, como el de Canadá o Mónaco, que llegarán entre mayo y junio. Del Gran Premio de China me salté toda la pantomima de la Sprint, habiendo visto libres y clasificación y más de la mitad de la carrera, y, después de la tercera, mantengo el punto de vista que me dejó la carrera inaugural: lo visto me recuerda extrañamente a años pasados, y ya aprendí a lidiar con eso; sin embargo, ahora me pregunto si mostraré la misma clemencia cuando no corran en mi puto circuito preferido.

Entre que desde 2016 no he visto una carrera con sonido y que el ocho de Suzuka es una maravilla que me trae muy buenos recuerdos -- salvo los de 2012 --, he podido disfrutar de un buen Gran Premio, en cuyo momento cumbre el animal de Leclerc paró el crono en 29.2 en la segunda sesión clasificatoria. El de Mónaco es un piloto que cada vez me cae mejor, quizás porque sus desilusiones con Ferrari son las mías con la Fórmula 1. Él y Piastri son dos chavales que merecen mi admiración -- Maximiliano, Carlos y Charly, Todo un honor, Piastri es un tio tranquilo --, que pueden motivar muchas veces mi alegría esta temporada y que fueron los dos mejores del pasado fin de semana. Y Antonelli es mi protegido en la cerrada lucha por el campeonato. Haciendo un esfuerzo para no prestar atención a lo lentos que son los coches, lamento que una persecución de quince vueltas desemboque en un adelantamiento que me recuerda a los que le hacía a mi primo en el Mario Kart, mientras me duele que la Fórmula 1 pueda tenerme absolutamente enamorado, solo tocando dos cosas: a. reventarlo todo hasta que no quede nada, b. dejar que cada quien haga el coche que mejor le parezca. Pero cambiar a una novia no solo es imposible, sino también un pozo de frustración.



viernes, 13 de marzo de 2026

De mayor a menor

Max Verstappen debe tener el DM echando fueguitos, y su representante la bandeja de entrada del correo llena de mensajes. A juzgar por el estado de ánimo del vigente campeón del mundo -- ah, no, perdona --... a juzgar por el estado de ánimo, y las declaraciones al concluir la sesión clasificatoria, del cuatro veces ganador de este campeonato, el putísimo CEO de la Indy Car debería haber abierto chat con MadMax para comentarle que en sus carreritas de coches sigue ganando el que más tarde frena y el que más rápido toma las curvas, aunque no descarto que el pedazo de yanqui ese ni sepa qué es la Fórmula 1. Jamás, como ahora, ha estado tan cerca de pirarse a otra categoría Max Verstappen, al que me lo imagino corriendo de camino a su habitación en el hotel, enchufando la PlayStation como un poseso, para echarse una carrera en el Asseto Corsa, como el fumador que casi no puede llegar a casa para encenderse un cigarro.

El de piloto de Fórmula 1 ha dejado de ser uno de los mejores trabajos del planeta, porque Verstappen no es la única voz crítica de la parrilla. Y verlos también ya no es una de las cosas más divertidas del planeta. Nunca he llevado un Fórmula 1, y nunca creo que lo vaya a hacer, pese a que a menudo me entretenga imaginando que sí, pero sí he visto muchos -- por la tele --: y los de este año me parecen lentos y, por tanto, sosos. El pasado fin de semana vi las carreras en completo silencio, y aún así a Lobato le dio tiempo para llamarme «loco y demente». He oído y leído declaraciones de implicados en Melbourne y de espectadores en su casa, pero mi visión es algo diferente a la arrastrada por la corriente. El Gran Premio me resultó extrañamente familiar, obviando el acervo de abandonos producto de fallos mecánicos, y la pausada velocidad de los coches. Además, absorbido el efecto del DRS, felizmente han vuelto las persecuciones de veinte vueltas, esperando un adelantamiento en el que, no obstante, me imaginaba una exhibición de megajulios del coche de Max.

Los recuerdos del año pasado se me confunden con los de este, desde 2014. Por otro lado, el pasado Gran Premio me parece un buen momento para plantarse. De mayor a menor, las pasiones que me despertaba la Fórmula 1 se han ido desvaneciendo, hasta que la temporada pasada, en plena fase de reconciliación, me aferré a las que seguían, aunque por poco, batiendo sus alas. El sonido de los motores es solo un quejido en comparación con lo que fue; y hace quince años hubiese ido a la Malvarrosa con un antifaz sobre los ojos, como hoy he disfrutado una Mascletà desde el número 4 del Carrer de les Barques. Como los adelantamientos se han retrasado a mitad de la recta, la competición solo se limita a ver los coches pasando rápido por las curvas; o ya no. Spa Francorchamps y Montmeló se van a repartir las próximas seis temporadas porque en Madrid han puesto una autopista entre dos muros de hormigón. Lo que veo cada vez me recuerda menos a mi infancia. Y esta temporada será la última de Fernando Alonso, porque para noviembre abrazará su tercer título mundial.