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domingo, 5 de abril de 2026

El ocho de Suzuka

He tardado seis días para ver el Gran Premio de Japón, siendo uno de ellos festivo por motivo de la Semana Santa, cosa que admite dos lecturas, que no solo son compatibles, sino que ejemplifican mi opinión con respecto a la setentaycincoañera. Por un lado, se desprende que la Fórmula 1 ha ido perdiendo peldaños en mi móvil pirámide de prioridades -- como el xaval love bomber, que colma con muestras de profuso afecto a una pobre niña, que no sabe la que se le viene encima, justo antes de volver a dedicarse a apostar a «ambos marcan» en un Sporting de Gijón - Cultural Leonesa --. Por otro lado, ha existido un firme empeño en seguir viendo a coches de colores en el ocho de Suzuka -- ¿acaso mis repetidos esfuerzos por procurarme un buen futuro con ella no son la más genuina declaración de amor? --. No soporto hablar de la Fórmula 1 como si la nuestra fuera una relación amorosa, pero, sabiendo que mi deporte favorito es dotar de cualidades humanas a cosas totalmente inanimadas y, principalmente, por todas las anviscaes que me prepara constantemente, no puedo confundirla con una relación de amistad.

Cuando solo han pasado tres Grandes Premios, dos de mis cuatro favoritos ya se han celebrado; y los otros dos vendrán en los próximos tres fines de semana de carreras. Por tanto, el calendario atraviesa un buen momento para el dueño de este sucedáneo de portal web, a diferencia de lo que ocurrirá entre los meses de septiembre y diciembre. No me extraña que Suzuka haya sido la cuna de la reconciliación -- Reconciliación, Todo va bien --, durante tantas temporadas; y que el Gran Premio de Australia tenga en mí un efecto hipnótico, como el de Canadá o Mónaco, que llegarán entre mayo y junio. Del Gran Premio de China me salté toda la pantomima de la Sprint, habiendo visto libres y clasificación y más de la mitad de la carrera, y, después de la tercera, mantengo el punto de vista que me dejó la carrera inaugural: lo visto me recuerda extrañamente a años pasados, y ya aprendí a lidiar con eso; sin embargo, ahora me pregunto si mostraré la misma clemencia cuando no corran en mi puto circuito preferido.

Entre que desde 2016 no he visto una carrera con sonido y que el ocho de Suzuka es una maravilla que me trae muy buenos recuerdos -- salvo los de 2012 --, he podido disfrutar de un buen Gran Premio, en cuyo momento cumbre el animal de Leclerc paró el crono en 29.2 en la segunda sesión clasificatoria. El de Mónaco es un piloto que cada vez me cae mejor, quizás porque sus desilusiones con Ferrari son las mías con la Fórmula 1. Él y Piastri son dos chavales que merecen mi admiración -- Maximiliano, Carlos y Charly, Todo un honor, Piastri es un tio tranquilo --, que pueden motivar muchas veces mi alegría esta temporada y que fueron los dos mejores del pasado fin de semana. Y Antonelli es mi protegido en la cerrada lucha por el campeonato. Haciendo un esfuerzo para no prestar atención a lo lentos que son los coches, lamento que una persecución de quince vueltas desemboque en un adelantamiento que me recuerda a los que le hacía a mi primo en el Mario Kart, mientras me duele que la Fórmula 1 pueda tenerme absolutamente enamorado, solo tocando dos cosas: a. reventarlo todo hasta que no quede nada, b. dejar que cada quien haga el coche que mejor le parezca. Pero cambiar a una novia no solo es imposible, sino también un pozo de frustración.



viernes, 13 de marzo de 2026

De mayor a menor

Max Verstappen debe tener el DM echando fueguitos, y su representante la bandeja de entrada del correo llena de mensajes. A juzgar por el estado de ánimo del vigente campeón del mundo -- ah, no, perdona --... a juzgar por el estado de ánimo, y las declaraciones al concluir la sesión clasificatoria, del cuatro veces ganador de este campeonato, el putísimo CEO de la Indy Car debería haber abierto chat con MadMax para comentarle que en sus carreritas de coches sigue ganando el que más tarde frena y el que más rápido toma las curvas, aunque no descarto que el pedazo de yanqui ese ni sepa qué es la Fórmula 1. Jamás, como ahora, ha estado tan cerca de pirarse a otra categoría Max Verstappen, al que me lo imagino corriendo de camino a su habitación en el hotel, enchufando la PlayStation como un poseso, para echarse una carrera en el Asseto Corsa, como el fumador que casi no puede llegar a casa para encenderse un cigarro.

El de piloto de Fórmula 1 ha dejado de ser uno de los mejores trabajos del planeta, porque Verstappen no es la única voz crítica de la parrilla. Y verlos también ya no es una de las cosas más divertidas del planeta. Nunca he llevado un Fórmula 1, y nunca creo que lo vaya a hacer, pese a que a menudo me entretenga imaginando que sí, pero sí he visto muchos -- por la tele --: y los de este año me parecen lentos y, por tanto, sosos. El pasado fin de semana vi las carreras en completo silencio, y aún así a Lobato le dio tiempo para llamarme «loco y demente». He oído y leído declaraciones de implicados en Melbourne y de espectadores en su casa, pero mi visión es algo diferente a la arrastrada por la corriente. El Gran Premio me resultó extrañamente familiar, obviando el acervo de abandonos producto de fallos mecánicos, y la pausada velocidad de los coches. Además, absorbido el efecto del DRS, felizmente han vuelto las persecuciones de veinte vueltas, esperando un adelantamiento en el que, no obstante, me imaginaba una exhibición de megajulios del coche de Max.

Los recuerdos del año pasado se me confunden con los de este, desde 2014. Por otro lado, el pasado Gran Premio me parece un buen momento para plantarse. De mayor a menor, las pasiones que me despertaba la Fórmula 1 se han ido desvaneciendo, hasta que la temporada pasada, en plena fase de reconciliación, me aferré a las que seguían, aunque por poco, batiendo sus alas. El sonido de los motores es solo un quejido en comparación con lo que fue; y hace quince años hubiese ido a la Malvarrosa con un antifaz sobre los ojos, como hoy he disfrutado una Mascletà desde el número 4 del Carrer de les Barques. Como los adelantamientos se han retrasado a mitad de la recta, la competición solo se limita a ver los coches pasando rápido por las curvas; o ya no. Spa Francorchamps y Montmeló se van a repartir las próximas seis temporadas porque en Madrid han puesto una autopista entre dos muros de hormigón. Lo que veo cada vez me recuerda menos a mi infancia. Y esta temporada será la última de Fernando Alonso, porque para noviembre abrazará su tercer título mundial.



lunes, 2 de marzo de 2026

Razonar

Argumentar es un lujo que el alonsismo no se puede permitir. Tras los entrenamientos de pretemporada, una serie de conclusiones han visto la luz: a los pilotos no les gustan estos coches, verlos pilotar es insufrible y, con respecto a lo que nos concierne, la maquinita que lleva Alonso es lenta y tiende a romperse. Nada que discutir hasta este punto. Razonar, sin embargo, que las pruebas de pretemporada no tienen ningún valor y que Aston Martin se va a estar escondiendo hasta la Q3 en Melbourne, o que en la segunda parte de la temporada Adrian Newey no sé qué, que 2027 va a ser el año y que en Barcelona llega un pack de mejoras de la muy puta de su madre es directamente mentir, y nada me toca más los huevos que me mientan. Por otro lado, vivir imaginando a El Nano levantando los brazos en lo alto del podio de Albert Park es cosa que se resume en una sola palabra: creer. A ningún alonsista, convencido del tricampeonato, le conviene enumerar las razones que alimentan su ilusión; tampoco las necesita. El argumento más poderoso solo puede doblarse ante la fe del creyente, ¿acaso una explicación de motivos sigue a creer en Dios?

En marzo de 2011, estando la estancia tenuemente iluminada, habiendo un poso de leche, otro de café y migas de galletas María repartidas por la mesa, vi la clasificación del Gran Premio de Australia, junto a mi padre, entre los estallidos de los petardos que, como ahora, reventaban a cada instante. La temporada anterior, por mucho que la diferencia de puntos maquillase las sensaciones, fue secuestrada por el equipo RedBull, que aventajaba a cualquier otro coche por un abismo, y no paraba de repetirse --¡qué sorpresa!-- que en 2011 sería la buena, que en Maranello no sé cuántos, que di Montezemolo no sé menos. Cuando, después de un año, Vettel cruzó la línea de meta y le metió un segundo y medio a Fernando Alonso, Antonio Lobato, que, como a mí, a otros tantos habría enganchado para madrugar un sábado, dijo: «Pues estamos peor que antes»; solo le faltó añadir: «¿Quieres saber cuánto vale tu coche?». Dejé de oír los cuentos de 2012 y de creer las palabras de un Lobato cualquiera, con solo un poco más de información que yo.

Este mismo sábado, durante la celebración del cumpleaños de un amigo, leí "Raceday everyday" en la camiseta blanca de uno de los invitados, cosa que me llevó a darle una buena xapa un poco después. El colega que hice es xoto, lleva dos finas líneas, naranjas y negras, tatuadas alrededor del brazo; una de las otras veces que coincidí con él en el casal de Arquitecto Lucini, con la persiana echada, pinchó una sesión de house tan buena que se la recuerdo cada misma vez que lo veo. Para él, que vio la primera victoria del automovilismo patrio en el Gran Premio de Hungría de 2003, Leclerc es un piloto del montón, le chifla Interlagos y Mónaco, y no quiere oir las habladurías de la segunda parte del año. Esa conversación avivó las ganas que tengo, que ya eran una falla ardiendo, para que empiece la temporada, y, mientras tanto, le hice testigo de mi fe irreversible en Fernando Alonso. Solo una última vez más, Nano: vamos a ganar el mundial.