domingo, 25 de octubre de 2026

El Regreso

He vuelto a ver los partidos del Levante. En mi imaginación, durante todo este tiempo, contemplaba dos maneras de volver: o bien gracias a un alarde de sentimiento, trabajando el pecho a base de palmadas, porque el Levante es mi vida, y no hay cosa más grande que el Levante jugando al fútbol; o bien, y esta fue surgiendo con el paso de los meses, porque el fútbol en directo, y el Levante en directo, es un momento incomparable con respecto a dormir lo necesario, hacer la cena con calma, o llegar absurdamente pronto a trabajar al día siguiente. No le conviene a mi levantinismo -- esa relación entre el aficionado y su equipo, que cada quien se dedica a inflar y exagerar a la mínima que se presenta la opción, y que en Mestalla es un comportamiento enfermizo -- reconocer haber vuelto por lo segundo: porque ir a Orriols me resultaba un plan tentadoramente entretenido. Había una tercera opción, a la que jamás le di mucho crédito, que era no volver más.

La Decisión la tomé conduciendo hacia Crevillente -- empate a dos con goles de Chus y Sabino --, mientras escuchaba a Carlos Ayats narrar la desesperanzadora primera parte contra el Barça de Flick, que es una arrolladora. Un día, este mismo verano, me apeteció escuchar las ruedas de prensa de Luis Castro, el partido inaugural contra el Espanyol lo seguí en la radio, y recuerdo el tiro de Brugui al larguero en Pamplona como si lo hubiese visto; el viaje a Crevillente, en un escenario cada vez más propicio al Regreso, me recordó a aquella etapa entre 2022 y 2024 en la que me dediqué con pertinacia a seguir a les barres blaugranes por el litoral mediterráneo. Todo en conjunto, provocó sorprenderme un miércoles organizando el programa de descanso y sueño para ir a ver un Levante - Athletic Club; no es difícil imaginar la cara de circunstancias que se me quedó al asomar la cabeza entre las cortinas, después de una siesta reparadora de cuarto horas, y ver, a cántaros, agua caer del cielo.

Pasó cerca de un mes hasta la siguiente oportunidad contra el Sevilla, el día de la hispanidad, cuya tarde la dediqué a dormir para compaginar el fútbol con mi horario laboral, pero mereció la pena. Lo mismo se puede decir del partido aplazado contra el Athletic Club, ese que me tuvo mirando a través de la tormenta unos instantes. En estos dos últimos, el Levante ha jugado contra once tíos más rápidos, más fuertes y mejor dotados técnicamente -- Yousouff Fofana --, entonces, ¿cómo pueden haber ganado un partido y empatado otro? La respuesta es más simple de lo que cabría esperar: porque jugamos con el puto corazón. Luis Castro ha conseguido que un equipo de imberbes y jugadores con moderadas condiciones futbolísticas tenga alma, como medida para sobrevivir a treinta y ocho partidos en la mayor élite del fútbol campeón del mundo. El Levante no solo es un equipo que necesita meter tres goles para meter un gol, sino que es capaz de meterlos, si es necesario. Un equipo que junta seis hombres en la portería rival, y que luego reúne a los once para defender la suya, que no da un balón por perdido; con una clara estrategia en torno a la que organizarse, y una fe incorregible en conseguir la victoria, que me hace Regresar palpitando levantinismo.



lunes, 12 de octubre de 2026

Una cuestión de mindset

Es un efecto cada vez más fácil de señalar que el formato sprint, lejos de circunscribirse a la carrerita del sábado y la mini-qualy del viernes, también perjudica a todo lo demás. En esta casa se ha defendido a las carreras aburridas, como las de ayer, hasta límites difícilmente razonables porque, allende el atractivo de la espera de una persecución o una estrategia de tres cuartos de hora, la parsimoniosa sucesión de vueltas del domingo solo era la parte final de una historia que empezaba el viernes por la tarde con el reclamo de quién ganará, y también de quién hará decimotercero, por supuesto. El Gran Premio de Canadá, y esa pelea suya entre Antonelli y Russell, tomada prestada de una época anterior, solo pudo saberme a poco, porque las pruebecitas del formato sprint no me dejaron darle contexto. Tampoco ayuda que el Gran Premio de Singapur, que por urbano y nocturno, rezumaba progreso y modernidad en su estreno en 2008, ahora ya haya perdido el encanto y sus curvas se me confundan con las de cualquier otro circuito incluido en el calendario desde entonces -- Como director de arte --.

Lance Stroll, que es lento y diana de las burlas, pero por el que por él me compadezco porque seguramente esté obligado por su padre a ser piloto, tiene la extraña capacidad de entretener apacibles tardes de domingo con su sola participación en el Gran Premio. Sus intervenciones merecen mi más genuina curiosidad: el hijo del dueño del equipo puede estar todo el fin de semana con tiempos discretos y una cuota de pantalla por poco nula hasta que, en el segundo tercio de la carrera, llega su momento y hace lo suyo -- que es apartar el coche a un lado de la pista, generalmente --, y entonces todo cambia. El de ayer, como parte de una extensa secuencia, reemplaza a su abandono en el Gran Premio de Italia, hace un mes -- Aburrimiento y exhibición --, como su último golpe de efecto. En cambio, el intento de Franco Colapinto, que no es tan experto como Lance en estos ámbitos, mientras desenchufaba la máquina en una de las escapatorias del circuito, solo provocó un régimen de banderas amarillas de quince segundos y un par de paradas en boxes sin mucha historia.

Con Stroll saliendo del cockpit, y después de cerca de una hora dando forma, sin ningún género de éxito, a rígidas sillas de madera, apetece provocar un cambio de mindset para sobrellevar el aburrimiento. Entre otros beneficios, ver una carrera de Fórmula 1 en compañía permite motivarse sin motivos. Más cuando Leclerc, arrasando con blandos, arrancó las pegatinas del coche de Hamilton; «como gane, me tiro a la piscina»: y dejé el bañador sobre la silla cuando MadMax tuvo una salida de pista, por mucho que estuviera a quince segundos. También se celebró cuando, en el primer sector, el Ferrari restó noventa y cuatro milésimas a su diferencia con Verstappen. Los cambios de mindset, por forzados y poco duraderos, solo sirven durante una o dos tardes, durante quince o veinte minutos, pero te quitan las ganas de reírle las gracias a Liberty Media al día siguiente por la mañana. Entre Grandes Premios al sprint y circuitos que parecen un chicle al que se les ha ido el sabor, la temporada que viene o bien tendré inventarme muchas veces que Leclerc puede ganar, o bien solo veré las seis carreras que ya he marcado y para el resto me procuraré una buena compañía.



domingo, 27 de septiembre de 2026

DualShock 3

La victoria de España anoche en Wembley es el argumento más reciente de que esta Selección es el mejor equipo que jamás he visto jugar a fútbol, a pesar que hasta los diez y seis solo viese al Levante y acabe de volver de Torrevieja, colonia inglesa. Mientras el FIFA busca ser un juego cada vez más parecido a la realidad, la Selección Española despliega un juego cada vez más parecido al de la PlayStation. Y anoche recordé aquellos veranos de preadolescente, y aquel Modo Carrera con Juanlu, Barkero y Koné, en el que, al subir el nivel a Clase Mundial, la puta máquina: sabía a dónde iba a dar el pase; si no la pasaba, me la quitaba; y, al final, solo podía correr por la banda y centrar al área esperando un gol. Al ver la alineación en la pantalla, Paco Polit, un tío serio, aunque con un indiscutible aspecto de xoto, calló el tibio comentario de sus colaboradores para repetir: «Quin goig!, quin goig!»; fue toda una experiencia seguir un partido de la Selección narrado en valenciano.

Yo me encontraba, entonces, en un estado de éxtasis similar, que se superó al ver a Lamine Yamal correr detrás de la pelota como un condenado a robar el balón, que luego acabó depositando en las redes rivales. Ferran, un tipo listo y ágil sobre el terreno de juego, no le acompañan las aptitudes técnicas para chutar a gol, por muy tranquilo que se obligue a estar, como en su segundo mano a mano fallado. Por otro lado, Jude Bellingham, que, de complementarse con Ferran, saldría el futbolista perfecto, goza de una fortaleza física y de un nivel técnico privilegiados, pero se abruma con la esfericidad de la pelota, y no sabe qué hacer cuando la tiene, por eso siempre corre, hasta que considera que está lo suficientemente cerca de la potería, y chuta. El primer gol inglés, originado por un saque de esquina español desastroso, tuvo como eje central una portentosa carrera de Bellingham y un pase a Gordon difícil de fallar. El mismo Bellingham, con el partido ya remontado, fingió ser objeto falta dentro del área, como ya hizo minutos antes, y, cuando el árbitro revocó su primera decisión a instancias del asistente, no tuvo ningún pudor en celebrarlo; tremenda bala esquivaste, Aitana.

Todas las diferentes maneras que existen de jugar a fútbol se pueden clasificar en dos grandes familias: ganar por lo físico o ganar por lo táctico; y no hay dos países como Inglaterra y España que más representen lo uno y más odien lo otro. Ganar gracias a tener la pelota, que muy en esencia es lo que hace España, resulta tentadoramente fácil en los campos de entrenamiento de San Jorge, como bien pudo saber Tuchel. Anoche España terminó las posesiones rivales sin ni si quiera rozar a ningún jugador inglés, simplemente minando el terreno de trampas tácticas, como si fuera un partido de baloncesto, en el que el contacto físico está sancionado; cuando Baena anotó el gol del empate, O'Reilly se la pasó a uno del otro equipo porque, como yo jugando al FIFA 12, no tenía otra opción. Y el gol de Oyarzabal, una vaselina fenomenal, ligera como una pluma, tranquila como es él, cuya repetición en cámara lenta me recordó a la celebración del gol de Morata en ese mismo estadio, en esa misma potería, solo fue el último tanto porque Hary Kane se resbaló al lanzar el penalti que había fingido Bellingham.