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lunes, 6 de julio de 2026

Un pulso

Buenas tardes,

Quedan dos horas para que España juegue los Octavos de Final de la Copa del Mundo de Fútbol contra Portugal y confieso sin ningún pudor que estoy muerto de miedo porque creo que vamos a perder. No me ayuda en absoluto leer la convocatoria de la Seleção das Quinas, plagada de estrellas; un compendio de nombres y apellidos que asustan, cuya media del FIFA, o valor en Transfermarkt, no me hace falta conocer para asegurarme de que estos tíos son muy buenos. Aunque no se la haya tomado tan en serio como a Argentina, a Francia, o a nosotros mismos, Portugal forma parte del reducido grupo de selecciones favoritas, desde antes que empezase el mundial; eso, especialmente desde antes de que empezase el mundial, antes de que el mundo del fútbol le viese un juego romo y cobarde que, hasta el partido de Croacia, en la inmediata fase anterior, no empezó a engancharse.

El partido de la eliminación de Modric, Perisic y Baturina, ese mismo que clasificó a nuestro rival de hoy, ha sido el único del torneo que he puesto en la tele por motu propio, para verlo solo, y fue a fin de calmar este miedo, que ya entonces era acuciante. Sin embargo, contra Austria, hace mucho menos de una semana, tampoco necesité a un acervo de jugones, ni enfrentarnos a una selección con ciertas opciones de levantar ese lingote de oro muy bien tallado a mediados del corriente mes para ver pasar el vértigo de irnos a casa. El sentimiento que tuve de que hoy es el fin, merendando una pizza clamorosa en las horas previas al partido contra Austria, es perfectamente comparable al actual, sin que esté acompañado por un homenaje gastronómico semejante -- creo que debo cenar antes de que empiece todo --. Digamos que, pese a que no hay eliminación dulce, todavía no estoy preparado para dejar de jugar este mundial; no, al menos, tan pronto.

Por otro lado, estoy enfrentado con un fuerte sentimiento. Este miedo no está solo porque no puedo evitar sentirme totalmente arrasado por la ilusión de ganar el mundial. Tengo miedo de perder esta noche, y solo me puedo imaginar que perdemos, pero estoy convencido de bordarnos la segunda estrella. Creo que es compatible. Un pesimismo galopante, azuzado por un rival de enjundia, frente a la poderosísima fe y su hermana la desbordante ilusión. Lo único que guardo como certeza es que el recuerdo de lo que pase ahora será eterno, ya como el envolvente sabor amargo de la tragedia, ya como un cauto capítulo del camino que nos lleva a ver a Rodri besando el trofeo dentro de dos semanas.

Un saludo.



Creo que Ferrari tiene el mejor coche

«Y para ello -- decía -- debo asumir dos conjeturas». Por un lado, valiéndome de sensaciones, sin anotar victorias, podios, puntos o el duelo directo en sesiones clasificatorias, Russell fue más rápido que Hamilton durante las tres temporadas de forzada convivencia bajo la férrea tutela de Toto Wolff; ahora, habiendo cruzado el umbral del garaje de Mercedes para pilotar un Ferrari, Hamilton supera a su antiguo compañero de equipo con holgada regularidad, cosa que ayuda a entenderse aceptando que Maranello tiene mejor coche. Por otro lado, que Antonelli demuestre, allá donde lo lleve la Fórmula 1, ser el líder de la categoría al volante del segundo coche mejor preparado se explica al establecer que este adolescente es un super clase, cosa que estoy valorando concienzudamente desde que me cautivó el gusto con su victoria superlativa en las calles del Principado de Mónaco, contradictoriamente, la última de su ininterrumpida secuencia de cinco, que ocupa todo su incipiente palmarés.

Una bandada de motas rutilantes, de una intensa incandescencia dorada, flotan entre suaves ondas, breves y delicadas, como veleros de tela blanca, dejando un paisaje irrepetible, que dura lo que un instante; su silbido sordo, a penas un rumor que se disipa solo un poco más allá, comparte el lugar con los ecos de una conversación sencilla, intrascendente. Como dos individuos, cada uno a cada lado de una esquina, esperándose mutuamente, que no se ven, tampoco se oyen, pero se intuyen al dar la vuelta, no hay conversación que llene más el ánimo y prodigue con tanto afán el esparcimiento como aquellas que no tienen fin, en las que no hay manera de dar con el resultado correcto; y a más simple, mejor. El sol es una picadura tenue que seca pequeñas gotas posadas sobre la piel y, al dejar caer los párpados, vuelve la vista en un agradable y uniforme color amarillo, mientras se erige como una evidencia que no hay época que pliegue al domingo de verano, que no hay momento más propicio para entregarse a la levedad del deporte.

En el circuito de Silverstone, otro símbolo inquebrantable del periodo estival, Leclerc abrazó con fuerza la primera posición, gracias a una salida exuberante, que trajo consigo, al otro lado de la pantalla, un emocionante zarandeo en el que huesos y músculos eran vagamente contenidos por la piel, en el que el alma deslumbrante salía despedida del pobre cuerpo. Antonelli, que dedicó un cuarto de hora largo a dejar a atrás a Hamilton, y solo pudo arañar la superficie de la pétrea resistencia de Leclerc en la distancia, fue una mancha a cada poco más definida en la estela del Ferrari del de Mónaco, ahora sí, al equipar neumáticos con menor desgaste, hasta que una parte de su chasis dijo basta, a una docena de vueltas para el final. Leclerc, que pudo saborear el triunfo tras la capitulación de baby fenómeno, cruzó la bandera a cuadros gritando una frase que suena mejor en castellano que en inglés: «los tiempos duros nunca duran, los tipos duros duran siempre, blubudublu», que fue la parte central de un domingo de julio académico, con buena compañía, con Haaland y Schjelderup bordando el fútbol, Inglaterra resistiendo -- como yo -- hasta pasadas las cinco de la mañana, y, me sigue sorprendiendo, sin ver la Fórmula 1 en soledad.



martes, 23 de junio de 2026

Dos tipos de victoria

El fútbol, ¿qué duda cabe?, es un juego de detalles acompañado de consecuencias desproporcionadas, como el cuatro a cero del domingo por la tarde. No he estado muy atento a ninguno de estos dos partidos, que me recuerdan a un amistoso internacional en el Enrique Roca de Murcia, pero me duelen como si fueran parte de la fase final de la Copa del Mundo; sin embargo, la primera victoria de España en este mundial llegó jugando un fútbol muy similar al del lunes pasado, al menos durante el cuarto de hora largo que duró aquello, hasta que metimos tres, y entonces pasó a ser una pachanga que ninguno de los dos quería jugar. Negar que España también habría arrasado sin brillo a Cabo Verde si el tiro de Ferran al travesaño hubiera botado dentro de la portería es comparable a no admitir que el segundo y el tercer gol solo pudieron ser hijos del primero, que si el pase hubiera ido más fuerte o Lamine tarda en tirar el desmarque, conseguir el gol en la siguiente jugada hubiese sido cada vez más difícil.

Digamos que hay dos tipos de victoria -- there are two kinds of victories, decía ayer por la mañana --: las que son una alegría y las que son un alivio -- the ones that bring happiness and the ones that bring calm instead --. La reciente victoria de la Selección Española de Fútbol, como parte de un partido de seis días y veinte minutos, colmó de alivio al Reino español, siendo la única razón de nuestra alegría el no haber perdido. Lejos de que la victoria contra Arabia Saudí nos inunde de ilusión, este alivio nos deja en una posición interesante, pese a que preferiría vivir con la primera sensación. Así, el recuerdo de no haber metido gol contra Cabo Verde tiene dos posibles impactos: el de traer fantasmas del pasado cuando, en Cuartos de Final, Granit Xhaka practique ejercicios de calistenia con el larguero o, como yo creo, que nadie deba convencer a ningún Pedri de los peligros que entraña jugar sabiendo que «ya se ganará», ahogando la opción de ser eliminados por suficiencia.

Por otro lado, Oyarzabal es un tio tranquilo -- como Piastri --, que forma parte de la esperanza. Ayuda al compañero, respeta al rival, no protesta al árbitro, y se parece a Miroslav Klose si juega con Plvs Vltra bordado sobre el pecho. Cada verano que pasa se le suman dos millones a la oferta que hace el Athletic Club por él, pero que rechaza solo porque es de la Real; a diferencia de otros, se está ganando, ya retirado, salir en el videomarcador de un estadio cualquiera y recibir una ovación. A tenor de un equipo donde los jóvenes son una plaga, y sabiendo que lleva una década en la élite, sin haber llegado a los treinta, encabeza, junto a otros, una Selección en la que su conducta es ejemplo, salvo para un par que tienen un quico detrás de la frente. Un equipo que en lugar de intimidar y machacar al compañero para ganarse la titularidad, emplea la testosterona en jugar a fútbol, no bajar los brazos y ser valientes cuando otros, con más güevos, serían cobardes. Un valeroso grupo de chavales, todos de mi edad, con ganas de comerse el mundo, y también el mundial.