Páginas

martes, 16 de junio de 2026

Una CocaCola

No levanto cabeza, xavales. Esta tarde, una mujer caminaba hacía a mí hablando por teléfono: «Bueno, vale, ¡estate tranquilo!», mientras yo me preguntaba si se trataba de otro españolito to rallao. El final del partido de ayer de la Selección Española de Fútbol me dejó aplastado, como una lata de CocaCola vacía, que ha rodado calle abajo, hasta que alguien la ha pisado. Hacía tiempo que el fútbol no me dejaba así, habida cuenta de un último verano victorioso y la complicada fase que atravieso con respecto a les barres blaugranes. Media hora después, solo, con la casa en silencio, pasé de la cocina y el hambre, y me fui directamente a la cama por pura pena. Todavía hoy, al cerrar los ojos, veo a unos pobres hombres españoles, agobiadísimos, dándose pases en la zona frontal del área; ayer por la tarde me dormí imaginando que uno de esos pases dejaba a Oyarzabal solo delante del portero, que Gavi cogía la pelota y corría hacia la portería, que nada había ocurrido como recordaba.

España lleva tres mundiales seguidos jugando el mismo partido, y, como contra Marruecos, y antes contra Rusia, cualquiera hubiera empatado contra nosotros. Ayer Cabo Verde no se organizó en base a las aptitudes futbolísticas de sus jugadores -- como sí hizo Australia a primera hora de la mañana del domingo --, sino que solamente se dedicaron a ocupar un espacio dentro del campo. La Selección Española ha conseguido, de manera reciente, superar partidos en los que el gol era una urgencia, o en los que el rival se ha plegado sobre sí mismo esperando ser rescatado por el pitido final. Pero ayer, pasados cinco minutos, alguien debió pensar, como yo hice: «¿Cómo cojones no hemos metido gol todavía?»; supongo que otro alguien se acordaría de haber visto -- otros de haber jugado -- el partido contra Marruecos; y luego no se cómo todo se convirtió en un ejercicio contrarreloj para ver quién llegaba antes: si el último minuto o el primer gol (de España) -- Tota pedra fa paret --.

Si bien los partidos contra Rusia y Marruecos acabaron en eliminación y el de ayer no, el sentimiento es muy parecido. En otras palabras, Morata tirándose de rodillas mientras celebraba el gol contra Italia con tres cientos españoles detrás desbordando el alma por el cuerpo es uno de los momentos de mayor españolidad de mi existencia, pese a que fuese la antesala de una derrota. Afortunadamente, España sigue compitiendo en este torneo; esa es la única parte positiva de todo esto. El razonamiento que sigue a que el empate de Uruguay ha reducido la fase de grupos a solo dos partidos, me sienta igual que recordar el tiro al larguero de Ferran ayer. Aunque peor es contentarse con que en 2010 perdimos contra Suiza, que Argentina y Arabia Saudí no sé qué, o que el Atlético de Madrid ha sido subcampeón de la Copa del Rey. El creyente no necesita milagros para oponerse a la incredulidad, mucho menos supersticiones. Vamos a ganar el mundial, y eso es algo en lo que creo, a pesar de no cenar, dormir durante once horas, llevar una camisa sin planchar y no querer saber nada de la Selección hasta el domingo.



domingo, 7 de junio de 2026

Un deber

Canadá

Mucho se ha hablado acerca de cómo la Fórmula 1 ha influido en mi carácter, pero muy poco de cómo mi carácter influye en mi relación con la Fórmula 1. Cuando el pasado sábado terminé de ver el Gran Premio de Canadá, sentí que le había robado al presente un momento de otra época. La persecución entre Russell y Antonelli en la Isla de Notre-Dame, aunque parecida, por la ridícula concatenación de errores, a la pachanga que me eché con mi hermano la víspera de unos exámenes finales de Bachiller, fue esperanzadora de ver una competición de más de dos vueltas, que eran las que se necesitaban para entrar en zona de DRS y rebasar al de delante, como si fuera una señal de tráfico. Al igual que el love bomber hace con su nueva novia, después de cada carrera, me cambio el fondo de pantalla del ordenador del trabajo, y, esta vez, cuando abría un Excel, sonreía al recordar viendo a Russell y Antonelli. Semanas atrás, en mitad de parón de abril, apagué la tele porque ver Gran Premio de Francia de 2007, y saber que nunca se repetiría, me estaba matando de pena.

Sin embargo, no solo una gran carrera estaba detrás de mi buen momento con la Fórmula 1. Los repetidos vítores -- «vamos a ganar el mundial» -- cuando a Alonso le dio por meter a esa furgoneta de reparto de Mercadona en sexta posición durante los entrenamientos libres fueron comparables con los golpes de celebración que propiné a la pobre mesa de este comedor cuando me percaté que a los mamarrachos de DAZN se les había olvidado vetar el sonido ambiente en la segunda salida de audio. Y todo por oír el sonido a perro afgano enfermo -- Alors on danse -- que hacen estos motores. El caso es que después de ver, y oír, pasar al Ferrari de Charles Leclerc por la última chicane del circuito, se me escapó un «joder», pese a que me pierda con los detalles del «overtake mode» y la exhibición de megajulios de Lewis Hamilton para pasar a Verstappen a cinco vueltas del final. Con la reconciliación recién firmada, creo que una época en la que estoy muy necesitado de cariño se ha abierto, sea del tipo de cariño que sea.

Mónaco

Este fin de semana, viendo a los cochecitos en el paseo marítimo de Montecarlo, he tenido que pasar un paño húmedo por la golpeada mesa de este comedor, para limpiar la baba, al igual que hice hace siete días, cuando Leclerc hacía eses en Canadá. No obstante, los muy cazurros de DAZN han metido a Lobato no solo en la salida de audio principal, sino también en la secundaria. Ayer, viendo al coche blanco y azul de Arvid Lindblad, estuve a punto de imaginar al motor BMW V10 del Williams de Mark Webber bajando marchas a la salida del túnel -- no me ha hecho ningún bien ver este vídeo --, casi lo conseguí; hoy, todavía con el sabor del caramelo de Montreal en la boca, me he negado a ver la carrera en silencio. Y he buscado alternativas. Después de teclear «BBC radio live» en cierto navegador web, dos voces, la de Damon Hill y otra que entendía bastante bien, salían por los altavoces de la tele eslovaca que me regaló mi hermano, hasta que se han cumplido las tres de la tarde, ha empezado la vuelta de formación, y se ha interrumpido la retransmisión, obligándoseme a estar en UK para oír la radio a esa hora -- ¿se puede ser más soberbio? --.

Esta temporada en la Fórmula 1 se está librando la batalla más antigua de la historia de este deporte, y también la más veces repetida -- ¿acabará este sucedáneo de portal web por ser algo serio? --: la pérfida Albión contra el resto del mundo, que generalmente ha sido Ferrari, y esa mania tan suya, salvo con el fichaje de Hamilton, que fue lo más raro que he visto en mi vida, de no fichar a nadie que no sepa decir «bona sera»; Motor Valley contra la idea de que pilotos, ingenieros y mecánicos deberían ser de lugares que estén a más de 20 minutos en coche de distancia. El campeonato de este año se decidirá entre los dos pilotos de Mercedes: un indudablemente británico de ojos saltones y el segundo tío más mediterráneo del paddock -- detrás de Leclerc --, que come boloñesa dos de cada cinco días. Como españolito de sangre caliente que soy, y estoy recordando la nanomanzana del Gran Premio de Hungría 2007, elegir el bando de Antonelli no es opinable, es un deber.

Antes de concluir la vuelta de reconocimiento, la RAI sonaba con fuerza en mi casa. Una tarde grande para Italia: cada cinco minutos conectaban con Parigi porque Flavio Cobolli era el cuarto italiano en jugar una final de Grand Slam en la era open. Antonelli iba a ganar el Gran Premio de Mónaco y los dos Ferrari subirían al podio, hasta que Stroll levantó el asfalto de la última curva, Ferrari tejió la pantomima con Leclerc -- que había reducido la diferencia con Hamilton para ser segundo, aprovechando sanción del inglés --, y acabó reventando el coche después de pisar el mismo trozo levantado que Stroll. Kimi, que lleva el nombre en honor a Räikkönen, es un «baby fenomeno», que hace nombrar a Alberto Ascari setenta años después; es la cara nueva de la Fórmula 1, y este fin de semana me ha hecho ver, por primera vez, lo talentoso que es; «un ragazzino che si diverte!», decían desde Italia, después de coger derrapando las dos últimas curvas del Gran Premio, y que «canta l'inno con la mano sul cuore, e un sorriso sul volto».



martes, 5 de mayo de 2026

Un bonito recuerdo

En esta casa sentimos devoción por generalizar, pese al razonable margen de error que siempre entraña; es más, no todas las generalizaciones de esta casa cuentan con la misma robustez, que depende de su margen de error, precisamente. Lo contrario sería abrazar la barbarie y el desgobierno, tan impropio en esta propiedad; sería un desprecio absurdo del conocimiento en favor de la ignorancia, un principio de valencianismo. Total para acabar diciendo que el día salió nublado; en esta casa también nos gustan los contrastes. Cuando el lector de pasados unos años se pase por este sucedáneo de portal web, la entrada que nos ocupa habrá cumplido su mayor cometido. Y cuando el entonces lector lea cuatro o cinco de mayo y se imagine una jornada de sol radiante -- como la que hoy hace --, que llama al verano a voces, con un molesto calor subiendo desde las plantas de los pies por unas medias siempre demasiado gruesas, y dos mejillas rojas, una a cada lado de la nariz, el entonces lector habrá confundido el desapacible día gris del sábado, bajo una gorra de nubes, a punto siempre de llover, que despertó la manida queja del resol, y su dolor de cabeza, entre el reducido respetable que formamos amigos, novias y ex-compañeros.

Recorrer Primado Reig por entre sus carriles destinados al tráfico, una actividad prácticamente inédita hasta hace un año, pero que repito con cierta asiduidad desde que buenos amigos pasaron a vivir en Profesor Tamarit Olmos, 16 y desde que los viernes tengo una cita con las matemáticas en Benimaclet, siempre ha sido una que ha puesto en alerta mi desarrolladísimo sentido de la precaución, fruto de un pesimismo galopante e incontrolable. A Mestalla no van mujeres; al fútbol van pocas, pero a Mestalla menos. Y, sí, cállate, pequeño xoto, que ya se que una vez te llevaste un ligue, que ya no te volvió a hablar, a la grada del mar -- o como coño la llaméis --, y que tu padre conoció a tu madre celebrando un gol de Mario Alberto Kempes. Cállate, porque a parte de xoto y pesado, eres ignorante. Primado Reig no es mi lugar favorito para llevar el coche, menos si un acervo de cabras, con el pelaje blanco y las pezuñas negras, se mueven motorizadas en dos y cuatro ruedas. Un recuerdo a Luque, a Cubo y a la media hora del fenomenal debut de ambos en Primera División.

Saber cuánto tiempo me habría llevado llegar a mi verdadero destino es cosa que solo la imaginación lo permite. (Acabo de comprar la entrada para el concierto de Carolina Durante del 26 de noviembre en Valencia.) Desde el pasado noviembre, con motivo del tercer aniversario del coche que nos estaba trasladando a la castellonense localidad de Villarreal, debía abonar una anualidad que subía hasta los 25€ para contar con navegación por GPS, cosa que no hice porque no le tengo miedo a perderme. No obstante, en una atinada y velocísima intervención de mi acompañante se me indicó, no tanto que el camino era el incorrecto, sino que el destino era otro. Una agradabilísima charla sobre fútbol, Arbeloa y Vinicius, el nombre de los estadios de fútbol y como Los Pajaritos fue piedra angular de una arraigada relación de amor entre dos amigos míos, en la que se incluyó un último tramo de rally, más por la profesionalidad del copiloto que por la modesta velocidad, terminó con una exhibición -- otra más -- aparcando el coche.

En el centro del campo y en el lateral izquierdo del Roda, dos veteranos destacan sobre un grupito de chavales imberbes, aniñados, con menos aires de superioridad que el resto de filiales de la categoría. Dos señores con cara y pelo de padre que tienen a sus hijos apuntados a refuerzo de matemáticas, pese a que la edad que pone en bdfutbol es ostensiblemente menor a la de su apariencia -- Borja y Alberto --. Pareciese que su rol en el equipo es el de ayudante del entrenador, dos tíos que evitan que la desesperación o la inapetencia se haga con el vestuario tras cinco partidos sin ganar, y también para quitarle el marrón de ser capitán a un veinteañero todavía acobardado. Pero esa idea, aunque coherente, se diluye rápido cuando ves el primer centro al área de Alberto; Borja reúne las condiciones del típico capitán con la lengua suelta, que jamás la lía porque no se juega ni una sola, hasta que el tiempo aprieta y saca brillo a su extenso repertorio de organizador de equipos, como si se estuviese dejando hasta ese momento.

La incipiente calvicie de Alberto ha despertado la queja de mis acompañantes que, lejos de alimentar su recreo, solo el amor -- y quizás la esperanza de ser recompensadas luego por haber ido a verlos jugar -- les ha empujado a pasar hora y media de un sábado en sendos asientos de plástico; sus respectivos gozan de una salud capilar todavía muy superior a la de sus veteranos rivales, mientras que con la mirada buscan a la mujer de Alberto, deseando no encontrar a nadie. La conversación, contestando para el cuello de la camisa, ha pasado a abarcar la reprobable actitud de la grada, que entre fervientes insultos y desagradables deseos, atizan a Berbegall, titular por primera vez en la temporada, después de que una lesión en julio, lanzando a portería con el entrenamiento acabado, lo dejara apartado del equipo; Alberto, en un, para mi sorpresa, deliberado acto antideportivo, le ha hecho ver que retrasaba un saque de banda para arañar segundos de juego, consiguiendo que familiares y amistades entren al trapo, como barriobajeros.

A esas alturas de partido, el Club Deportivo Soneja ya ganaba cero a uno, marcador que mantuvo intacto hasta el final. Víctor Julià es un jugador díscolo, casi desobediente, casi indisciplinado, que en toda una temporada ha bajado a defender las mismas veces que mi padre ha bajado la basura en todo su matrimonio. Dicen de él que ganó veinte euros en una tragaperras, de camino a un partido en Alicante; semanas después, como no le apetecía repetir el viaje, pese a las luces tintineantes y los sonidos lucrativos de la esquinada maquinita, forzó la quinta amarilla, protestando al árbitro, durante el saque de puerta previo al pitido final -- precisamente contra el Roda --. Es zurdo, pero no le gusta jugar en la izquierda: su jugada favorita es fumársela y soltar un zambombazo desde donde mejor le venga. Tiene la conducta de una estrella, que es lo más fácil de imitar, pero su juego solo le da para brillar en Tercera División, y rendir en una categoría por encima. Si bien su mayor virtud no es el oportunismo goleador, el sábado logró el tanto de la victoria, haciendo pagar el error del portero, por puro instinto, destacándose como máximo artillero del equipo, aunque con el doble de oportunidades que Juan Carlos, que llegó a mediados de enero.

Las circunstancias del partido, a saber, una permanencia matemáticamente conseguida y a dos fines de semana de las vacaciones, dieron lugar a ciertas novedades en la alineación. Juan Pablo, bajo palos, sumó los primeros minutos de la temporada; dejando a Juanvi -- un películas -- y a Chanza -- con un divertido tatuaje de Rayo McQueen -- en el banquillo. La participación de Javi Torres en el equipo ha sido inadvertida, entre capazos de pases a las bandas, aunque, al principio, parecía aportar variedad a la holgada bronca y moderada visión de juego de Tarre y Pana. Iker, que jugó el sábado de interior, me sigue pareciendo el mejor del equipo, por encima de que para señalar su último gran partido tenga que volver hasta diciembre. A la primera titularidad de Berbegall, se le sumó la segunda aparición en el once inicial de Jordi que, no igualando su rendimiento ante el filial del Levante, hizo surgir los motivos de tantas suplencias repetidas. La temporada de Rulo, y su cuerpo no pensado para el fútbol, es una pregunta, la pregunta de qué hubiera sido si; pero la gran pregunta de la temporada es Pau, y su cuerpo pensado para el fútbol, que abandonó la nave después de año nuevo, diez días antes de anotar un doblete en El Arco de Soneja.

Pasada la media hora de juego, y con el gol de Julià dominando el partido, el motivo por el que este fin de semana cumpliré treinta de los treinta y cuatro partidos de una temporada de Tercera División cayó lesionado, en un esforzado intento por evitar que un disparo rival alcanzara su portería. Una vez alcanzada cierta estabilidad económica como para que vaciar el depósito de gasolina cada fin de semana no sea cosa irresponsable, se pueden citar varias razones por las que haber recorrido Valencia entera cada siete días, pero todas dependen de una sola; efectivamente me gusta el fútbol, me encanta dedicar un día entero a ver un partido -- un recuerdo a aquel domingo en Crevillente --, y mi situación con el Levante es complicada; pero nada de esto tiene crédito por sí solo. Imagínate que tu amigo es cantante, y no escuchas sus canciones, imagínate que tu amigo es actor, y no ves sus películas, imagínate que tu amigo tiene un sucedáneo de portal web, y no lees sus entradas -- ... --; ahora imagínate que tu amigo juega en un equipo de fútbol, y juegan bien, ¿cómo cojones no voy a ver al equipo de mi colega?

Con el tobillo doliendo por sí solo, las protestas son airadas desde la línea de fondo. En mi localidad, advierto que no va poder continuar; los gestos no me dan ninguna esperanza. Pero, renqueante, reingresa al terreno de juego. Poco después, se señala un córner a favor, que sube a rematar pensando, más que nunca, en la carrera de después. «El gol del cojo», aviso desde la grada, mientras recuerdo a Raúl González Blanco jugando en La Romareda con el Real Madrid. Parece ser, y soy consciente de ello, que la última oportunidad de marcar en la temporada va a ocurrir ahora. El balón sale desde la esquina en dirección al área y el desmarque, cojeando, ha obtenido el efecto esperado, pues le ha ganado la posición a su defensor. Durante una fracción de segundo, permanece suspendido en el aire. El giro de cabeza es perfecto, a la altura de Primera División, pero cuando ocurre la pelota ya había pasado y solo puede rozarla más o menos. Minutos después llega el descanso, momento en el que indica a un miembro del cuerpo técnico que no puede seguir, con un elocuente gesto con las manos; en caso de imbatibilidad, la prima está asegurada.