La de este fin de semana ha sido una carrera de homenaje para la Fórmula 1, si bien no por su brillantez y desaforado entretenimiento, sí por cumplir con sus usos y costumbres, por los que he profesado ferviente devoción hacia la setentaycincoañera, aún cuando lo nuestro pendía de un hilo. Es un gusto muy satisfactorio poder señalar a la pantalla y asegurar que eso es Fórmula 1. Cada quince días, desde primavera hasta verano, he estado viendo carreras como las del domingo, y en todas ha competido Fernando Alonso, salvo en dos temporadas; El Nano ya forma parte de la Fórmula 1 como lo hace la bandera de cuadros o un pit stop de Ferrari. Las buenas carreras no tienen secretos -- y por eso, al acabar este Gran Premio, tengo la misma sensación que cuando acabé el del año pasado: que lo voy a echar de menos en invierno --: un circuito formidable, pocos adelantamientos pero buenos, y alguien que a mitad carrera piensa: «¿Y si solo paro una vez?». Lo único malo es que el agosto que viene no se repetirá, porque hay que hacer sitio a otros circuitos peores.
Muy pocos son quienes saben cuántas más oportunidades me quedan, pero yo sigo manteniendo la fe, en cada domingo de Gran Premio, de ver una victoria de Alonso, aunque la razón me diga que mis opciones son remotas; y así lo gritaba dentro del casco, abordo de Camila. El resultado de la revolución técnica en el motor Honda del Aston Martin de Fernando Alonso fue un desesperanzador decimoctavo puesto en clasificación. Pero en la primera vuelta, Verstappen, hermanísimo de El Nano, sobrestimó la adherencia de la última curva y estampó su monoplaza; Bortoletto, representado de El Nano, hizo algo muy parecido. Luego, a Bearman, que ya no sé si estaba delante o detrás de él, se le paró el coche. Y cuando moví la vista a la clasificación, el asturiano más rápido del planeta ya iba decimotercero. Le pegó una pasada de locos a Albon o a Carletes -- no lo sé, no lo pusieron en pantalla grande -- y cuando me quise dar cuenta iba octavo, por haber administrado el deterioro de sus neumáticos durante casi la mitad de la carrera. Ninguno, salvo Hulkenberg, salió delante de Alonso tras sus segundas paradas en boxes, y, marcando consecutivamente su mejor vuelta hasta la última, retuvo a Gasly, y su remodelado Alpine, a más de un segundo de distancia tras el paso por línea de meta.
Alonso pilota perdiendo un poco en cada vuelta para luego tener una gran ventaja en la estrategia desde antes de su segundo mundial en Interlagos -- Brasil 2006, del tirón --. Habiendo cumplido cuarenta y cinco el mes pasado, su vigencia es tan patente que el domingo mejoró la mejor carrera de tres cuartas partes de la parrilla. Pero ha pedido una renovación multimillonaria -- que me suena a provocar su retirada indirectamente --; en Spa-Francorchamps, acabó el Gran Premio haciendo unos derrapes que me recordó que su despedida estaba cerca; en Barcelona, dijo que sería su última vez allí, Oriol Puigdemont escribió que contaba los días para su marcha y, delante de los micros, machacó al coche. Si cierro los ojos, me imagino a El Nano levantando los brazos en lo alto del podio de Monza -- en dos semanas --, pero comentándola nada más acabar me di cuenta que ya era una opción muy probable el haber visto la última gran carrera de Fernando Alonso. Melancolía, ven a mí y no me dejes solo, con fuerza abrázame y no te separes de mí hasta que caiga dormido.
martes, 25 de agosto de 2026
martes, 28 de julio de 2026
He oído el silencio
Estos días que siguieron a la victoria en la semifinales contra Francia, he tenido un sueño recurrente, cuya imagen me ha perseguido, ya despierto, consagrado a las tranquilas y muy holgadas obligaciones de la vida de vacaciones, poniendo a prueba mi concentración. Imaginando que esto es un capítulo más de la obra onírica de Freud -- En otra época --, como si ahora formase parte de su consulta, en un estadio abarrotado, bajo un sol escandaloso, yo, como si fuera un recogepelotas, apostado a pocos metros del banderín del córner izquierdo más cercano -- ese mismo en el que Iniesta celebró el gol de todos --, veía como Ferran corría hacía a mí, con los brazos formando una cruz, y me gritaba: «¡He oído el silencio!». La imagen onírica, que ya es solo un recuerdo ocre sin a penas movimiento, por motivos obvios es una confección del irreductible deseo en el que ganábamos el mundial, pero también, de manera más escondida, es un símbolo de lo convencido que estaba de que se cumpliera.
Dos noches antes de la final, en los momentos previos a una pachanga desenfadada de fútbol sala en las pistas de los Jesuitas, recibí el saludo y el abrazo de una amiga, recientemente incorporada a la disciplina del primer equipo del Levante Unión Deportiva, que, nada más despegarse de mí, me preguntó si estaba ilusionado por la que se nos venía encima el domingo; «convencido» le contesté, su muestra de aprobación fue total. Nunca he necesitado razones para creer en una segunda estrella, pero siempre he podido encontrarlas. La primera fue en la final de Champions de 2025 al ver a Fabián desplegando un fútbol encomiable, y la última fue este mismo viernes cuando, arrebatado por las virtudes tácticas de un partidillo en el último sótano del balompié español, pensé en qué no sucedería en la cima del deporte. España es ese país en el que si sales a la calle conduciendo un balón es más fácil que un niño te tiré una línea de pase a que, después de dar continuidad a la jugada con un control orientado, te diga cuánto da siete por ocho -- que dedico las tardes a enseñar matemáticas --; en el que los mediocentros de Tercera División, a tres velocidades menos y sin su prodigio técnico, quieren jugar como Rodri, y sus entrenadores, como España.
El domingo sonreí cuando, a las diez de la mañana, me di cuenta que tendría el tiempo justo para llegar al partido con algo de antelación; te debo una Fórmula 1. Ya en el lugar en el que fuimos campeones, antes de que el balón rodara, abundé acerca de mi convencimiento con un amigo de mi hermano, que era la primera vez que lo veía, y que quizás solo lo vea ese día. Ese mismo amigo, que me notó desesperado tras una ocasión fallada al muy poco de empezar, perfumó con unas pocas palabras sabias: «¿Qué hemos hablado?»; «Tienes razón: es solo una cuestión de tiempo», se rio, y no sé por qué. Esta final ha sido de los partidos que más he disfrutado en mi vida, por la importancia del resultado y por lo absolutamente tranquilo que estuve. Habiendo cumplido el tiempo, viendo la repetición a cámara lenta de la falta de Lamine Yamal, me invadió una pegajosa satisfacción por simplemente poder recordar para siempre esa exhibición, que ya nos pertenecía. Cuando Ferran salió al campo, con la imagen del sueño apareciendo ante mis ojos, apunté: «Como meta Ferran, me desnudo». Cuando media hora después, el balón volaba de derecha a izquierda, anuncié: «Pues ya está». El momento (soñado) había llegado.
Dos noches antes de la final, en los momentos previos a una pachanga desenfadada de fútbol sala en las pistas de los Jesuitas, recibí el saludo y el abrazo de una amiga, recientemente incorporada a la disciplina del primer equipo del Levante Unión Deportiva, que, nada más despegarse de mí, me preguntó si estaba ilusionado por la que se nos venía encima el domingo; «convencido» le contesté, su muestra de aprobación fue total. Nunca he necesitado razones para creer en una segunda estrella, pero siempre he podido encontrarlas. La primera fue en la final de Champions de 2025 al ver a Fabián desplegando un fútbol encomiable, y la última fue este mismo viernes cuando, arrebatado por las virtudes tácticas de un partidillo en el último sótano del balompié español, pensé en qué no sucedería en la cima del deporte. España es ese país en el que si sales a la calle conduciendo un balón es más fácil que un niño te tiré una línea de pase a que, después de dar continuidad a la jugada con un control orientado, te diga cuánto da siete por ocho -- que dedico las tardes a enseñar matemáticas --; en el que los mediocentros de Tercera División, a tres velocidades menos y sin su prodigio técnico, quieren jugar como Rodri, y sus entrenadores, como España.
El domingo sonreí cuando, a las diez de la mañana, me di cuenta que tendría el tiempo justo para llegar al partido con algo de antelación; te debo una Fórmula 1. Ya en el lugar en el que fuimos campeones, antes de que el balón rodara, abundé acerca de mi convencimiento con un amigo de mi hermano, que era la primera vez que lo veía, y que quizás solo lo vea ese día. Ese mismo amigo, que me notó desesperado tras una ocasión fallada al muy poco de empezar, perfumó con unas pocas palabras sabias: «¿Qué hemos hablado?»; «Tienes razón: es solo una cuestión de tiempo», se rio, y no sé por qué. Esta final ha sido de los partidos que más he disfrutado en mi vida, por la importancia del resultado y por lo absolutamente tranquilo que estuve. Habiendo cumplido el tiempo, viendo la repetición a cámara lenta de la falta de Lamine Yamal, me invadió una pegajosa satisfacción por simplemente poder recordar para siempre esa exhibición, que ya nos pertenecía. Cuando Ferran salió al campo, con la imagen del sueño apareciendo ante mis ojos, apunté: «Como meta Ferran, me desnudo». Cuando media hora después, el balón volaba de derecha a izquierda, anuncié: «Pues ya está». El momento (soñado) había llegado.
martes, 21 de julio de 2026
En otra época
El viernes por la mañana me desperté mientras estaba acabando un sueño. La alarma sonó cuando, yendo en un taxi, al que yo me había subido de improviso, en dirección al circuito de Spa-Francorchamps, le estaba explicando a Leclerc, que, habiendo ganado ya varias carreras en su trayectoria, su siguiente paso debía ser llevarse dos victorias consecutivas; añadí: «queremos ganar este fin de semana», mientras hacía tozudos intentos, no únicamente por hacerle entender mi castellano, sino que el uso del «nosotros» implicaba que, como un aficionado más de Leclerc, sentía sus victorias también como mías. Cuando la vigilia arrastró su poderosísima cualidad razonadora hasta que volvió al vívido sueño en una inconexa secuencia de imágenes a fogonazos -- espero que Sigmund Freud se sienta orgulloso de mí después de cautivar mi total interés a finales del verano pasado -- no solo caí en la cuenta que Leclerc ya había ganado dos carreras consecutivas, sino que fueron su primera y segunda en la Fórmula 1.
Freud también decía que los sueños no son sino una realización de los deseos, de hecho esta es la idea central de su trabajo, y de éste, querido Sigmund, es mucho más sencillo distinguir su deseo de los que tú exponías. Mi afición por Charles Leclerc, un piloto al que ya admiraba en su temporada de debut en Sauber, e incluso cuando compartió garaje con Carletes, ha explotado esta temporada, en la que la Fórmula 1 se ha organizado para que los tres coches más rápidos -- con permiso de RedBull -- los lleven tres pilotos ingleses; y empieza a no serme casualidad que sus tres compañeros me caigan tan bien: Piastri es un tío tranquilo, que quizás por eso admiro tanto, y Verstappen -- rival de todo lo inglés -- ha cubierto todo el arco argumental de villano a héroe, desde sus primeras carreras hasta descubrirse como un tío honesto. Pero es que además, Leclerc, junto con Antonelli, es toda una revelación de sentimientos, unas ganas desbordantes de ganar y una pasión incontrolable por llevar un Fórmula 1.
Saliendo desde la cuarta posición, Leclerc, que lleva toda la vida viendo las olas del Mediterráneo desde el balcón de su apartamento de lujo de Mónaco, se puso segundo antes de la frenada de Les Combes. Desde ahí, beneficiado por primera vez en su carrera por un Safety Car, subió a la primera plaza. Que Leclerc sea un pupas es algo que valoro al mismo nivel que su mediterraneidad, hasta el punto que, detrás de cualquier mínima victoria para el automovilismo patrio, su primer mundial con Ferrari será lo que más feliz me haga. Quedaban doce vueltas y, justo que como le había explicado el viernes por la mañana en el viaje en taxi, iba primero. Pero Antonelli, que tiene a media Italia preguntándose cómo está corriendo para Mercedes, y no para ellos, cumplió lo que se le negó en Silverstone, y, tal y como vino, lo adelantó y se fue. Si ahora me gusta la Fórmula 1 es más por lo que yo he hecho por ella, que por lo que ella ha hecho por mí. En otra época, habríamos tenido unas últimas vueltas memorables.
Freud también decía que los sueños no son sino una realización de los deseos, de hecho esta es la idea central de su trabajo, y de éste, querido Sigmund, es mucho más sencillo distinguir su deseo de los que tú exponías. Mi afición por Charles Leclerc, un piloto al que ya admiraba en su temporada de debut en Sauber, e incluso cuando compartió garaje con Carletes, ha explotado esta temporada, en la que la Fórmula 1 se ha organizado para que los tres coches más rápidos -- con permiso de RedBull -- los lleven tres pilotos ingleses; y empieza a no serme casualidad que sus tres compañeros me caigan tan bien: Piastri es un tío tranquilo, que quizás por eso admiro tanto, y Verstappen -- rival de todo lo inglés -- ha cubierto todo el arco argumental de villano a héroe, desde sus primeras carreras hasta descubrirse como un tío honesto. Pero es que además, Leclerc, junto con Antonelli, es toda una revelación de sentimientos, unas ganas desbordantes de ganar y una pasión incontrolable por llevar un Fórmula 1.
Saliendo desde la cuarta posición, Leclerc, que lleva toda la vida viendo las olas del Mediterráneo desde el balcón de su apartamento de lujo de Mónaco, se puso segundo antes de la frenada de Les Combes. Desde ahí, beneficiado por primera vez en su carrera por un Safety Car, subió a la primera plaza. Que Leclerc sea un pupas es algo que valoro al mismo nivel que su mediterraneidad, hasta el punto que, detrás de cualquier mínima victoria para el automovilismo patrio, su primer mundial con Ferrari será lo que más feliz me haga. Quedaban doce vueltas y, justo que como le había explicado el viernes por la mañana en el viaje en taxi, iba primero. Pero Antonelli, que tiene a media Italia preguntándose cómo está corriendo para Mercedes, y no para ellos, cumplió lo que se le negó en Silverstone, y, tal y como vino, lo adelantó y se fue. Si ahora me gusta la Fórmula 1 es más por lo que yo he hecho por ella, que por lo que ella ha hecho por mí. En otra época, habríamos tenido unas últimas vueltas memorables.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)


