Cuando solo han pasado tres Grandes Premios, dos de mis cuatro favoritos ya se han celebrado; y los otros dos vendrán en los próximos tres fines de semana de carreras. Por tanto, el calendario atraviesa un buen momento para el dueño de este sucedáneo de portal web, a diferencia de lo que ocurrirá entre los meses de septiembre y diciembre. No me extraña que Suzuka haya sido la cuna de la reconciliación -- Reconciliación, Todo va bien --, durante tantas temporadas; y que el Gran Premio de Australia tenga en mí un efecto hipnótico, como el de Canadá o Mónaco, que llegarán entre mayo y junio. Del Gran Premio de China me salté toda la pantomima de la Sprint, habiendo visto libres y clasificación y más de la mitad de la carrera, y, después de la tercera, mantengo el punto de vista que me dejó la carrera inaugural: lo visto me recuerda extrañamente a años pasados, y ya aprendí a lidiar con eso; sin embargo, ahora me pregunto si mostraré la misma clemencia cuando no corran en mi puto circuito preferido.
Entre que desde 2016 no he visto una carrera con sonido y que el ocho de Suzuka es una maravilla que me trae muy buenos recuerdos -- salvo los de 2012 --, he podido disfrutar de un buen Gran Premio, en cuyo momento cumbre el animal de Leclerc paró el crono en 29.2 en la segunda sesión clasificatoria. El de Mónaco es un piloto que cada vez me cae mejor, quizás porque sus desilusiones con Ferrari son las mías con la Fórmula 1. Él y Piastri son dos chavales que merecen mi admiración -- Maximiliano, Carlos y Charly, Todo un honor, Piastri es un tio tranquilo --, que pueden motivar muchas veces mi alegría esta temporada y que fueron los dos mejores del pasado fin de semana. Y Antonelli es mi protegido en la cerrada lucha por el campeonato. Haciendo un esfuerzo para no prestar atención a lo lentos que son los coches, lamento que una persecución de quince vueltas desemboque en un adelantamiento que me recuerda a los que le hacía a mi primo en el Mario Kart, mientras me duele que la Fórmula 1 pueda tenerme absolutamente enamorado, solo tocando dos cosas: a. reventarlo todo hasta que no quede nada, b. dejar que cada quien haga el coche que mejor le parezca. Pero cambiar a una novia no solo es


