martes, 3 de noviembre de 2026

Sin ver acabar la carrera

Es sabido por el avezado lector de este sucedáneo de portal web que en las últimas temporadas he renunciado a ver todas las carreras del calendario, sin perderme ninguna, como quien pega los cromos del Levante en el álbum de la liga hasta completarlo -- Tenemos que hablar o Doble calendario --. Sin embargo, aunque también motivado por el cada vez más profundo letargo en el que han sumido a la Fórmula 1 desde 2014, la del domingo pertenece a un muy reducido grupo de carreras. Al ver al frágil Cadillac del pobre Bottas deslizarse hasta chocar con las barreras, porque a no sé quien no le había apetecido cavar el alquitrán y tender dos palmos de grava, decidí apagar la tele sin verla acabar. Habiéndose instalado el régimen de bandera roja, que obliga al espectador a ver media hora de imágenes de los boxes, -- efectivamente -- como en la crono, ni la carrera, ni el domingo por la noche, ni la Fórmula 1, y su enfermiza necesidad de aprobación por parte de todo el mundo en redes sociales, acompañaban.

En el Gran Premio de Europa de 2008, en ese mismo en el que, entre lágrimas desconsoladas le expliqué a mi madre, muy insistente ella, que no se podía cambiar un alerón trasero, me fui a la cama a llorar, después de la primera vuelta, como producto de una intervención intergaláctica de Kazuki Nakajima. Años después, en Suzuka, una no menos intergaláctica intervención, también en la primera vuelta, pero obra de Kimi Räikkönen, me dejó poseído y mirando un punto fijo -- creo que jamás superaré que Alonso no ganase el campeonato de 2012 --. Por otro lado, seguramente haya abandonado, como si fuera un Aston Martin, a pocas vueltas del final, una carrera que lideraba Hamilton, delante de Rosberg o Bottas, porque tenía un compromiso justo después muy mal agendado. Y, por último, confieso ocultando mi rubor que en la vuelta 27 del Gran Premio de Hungría de 2013 abracé a Morfeo a la hora de la siesta. Pero peor me parece quedar para ver una carrera, y no verla acabar.

Y eso que la del domingo fue la que certificó el campeonato de Kimi Antonelli, el más joven de la historia del deporte. Dos noches atrás, se convirtió en cosa inamovible, pero Kimi es campeón desde antes que los puntos lo garantizasen. La primera vez que supe que questo ragazzino ganaría el mundial fue durante su exhibición en el Principado -- Un deber --, y, en el podio de Monza, con toda Italia cantando el himno y llevando la gorra de Hamilton o Leclerc, ninguno hubiera negado posar sobre su cabeza la corona de campeón -- Aburrimiento y exhibición --. A falta de cuatro pruebas para que se cierre el chiringo, Antonelli podría dedicarse a tomar el sol en Honolulu y no perdería el título; margen solo antes conseguido por Schumacher -- dos veces --, Vettel y Verstappen. En un 2026 mucho más igualado de lo que quizás se recuerde, entre Ferrari, McLaren, RedBull y ahora Ferrari, otra vez, se han repartido el mejor coche de la parrilla, haciendo que Mercedes no lo tenga desde junio, pero lo que sí ha tenido ha sido a un fenómeno con un pilotaje superlativo.



domingo, 25 de octubre de 2026

El Regreso

He vuelto a ver los partidos del Levante. En mi imaginación, durante todo este tiempo, contemplaba dos maneras de volver: o bien gracias a un alarde de sentimiento, trabajando el pecho a base de palmadas, porque el Levante es mi vida, y no hay cosa más grande que el Levante jugando al fútbol; o bien, y esta fue surgiendo con el paso de los meses, porque el fútbol en directo, y el Levante en directo, es un momento incomparable con respecto a dormir lo necesario, hacer la cena con calma, o llegar absurdamente pronto a trabajar al día siguiente. No le conviene a mi levantinismo -- esa relación entre el aficionado y su equipo, que cada quien se dedica a inflar y exagerar a la mínima que se presenta la opción, y que en Mestalla es un comportamiento enfermizo -- reconocer haber vuelto por lo segundo: porque ir a Orriols me resultaba un plan tentadoramente entretenido. Había una tercera opción, a la que jamás le di mucho crédito, que era no volver más.

La Decisión la tomé conduciendo hacia Crevillente -- empate a dos con goles de Chus y Sabino --, mientras escuchaba a Carlos Ayats narrar la desesperanzadora primera parte contra el Barça de Flick, que es una arrolladora. Un día, este mismo verano, me apeteció escuchar las ruedas de prensa de Luis Castro, el partido inaugural contra el Espanyol lo seguí en la radio, y recuerdo el tiro de Brugui al larguero en Pamplona como si lo hubiese visto; el viaje a Crevillente, en un escenario cada vez más propicio al Regreso, me recordó a aquella etapa entre 2022 y 2024 en la que me dediqué con pertinacia a seguir a les barres blaugranes por el litoral mediterráneo. Todo en conjunto, provocó sorprenderme un miércoles organizando el programa de descanso y sueño para ir a ver un Levante - Athletic Club; no es difícil imaginar la cara de circunstancias que se me quedó al asomar la cabeza entre las cortinas, después de una siesta reparadora de cuarto horas, y ver, a cántaros, agua caer del cielo.

Pasó cerca de un mes hasta la siguiente oportunidad contra el Sevilla, el día de la hispanidad, cuya tarde la dediqué a dormir para compaginar el fútbol con mi horario laboral, pero mereció la pena. Lo mismo se puede decir del partido aplazado contra el Athletic Club, ese que me tuvo mirando a través de la tormenta unos instantes. En estos dos últimos, el Levante ha jugado contra once tíos más rápidos, más fuertes y mejor dotados técnicamente -- Yousouff Fofana --, entonces, ¿cómo pueden haber ganado un partido y empatado otro? La respuesta es más simple de lo que cabría esperar: porque jugamos con el puto corazón. Luis Castro ha conseguido que un equipo de imberbes y jugadores con moderadas condiciones futbolísticas tenga alma, como medida para sobrevivir a treinta y ocho partidos en la mayor élite del fútbol campeón del mundo. El Levante no solo es un equipo que necesita meter tres goles para meter un gol, sino que es capaz de meterlos, si es necesario. Un equipo que junta seis hombres en la portería rival, y que luego reúne a los once para defender la suya, que no da un balón por perdido; con una clara estrategia en torno a la que organizarse, y una fe incorregible en conseguir la victoria, que me hace Regresar palpitando levantinismo.



lunes, 12 de octubre de 2026

Una cuestión de mindset

Es un efecto cada vez más fácil de señalar que el formato sprint, lejos de circunscribirse a la carrerita del sábado y la mini-qualy del viernes, también perjudica a todo lo demás. En esta casa se ha defendido a las carreras aburridas, como las de ayer, hasta límites difícilmente razonables porque, allende el atractivo de la espera de una persecución o una estrategia de tres cuartos de hora, la parsimoniosa sucesión de vueltas del domingo solo era la parte final de una historia que empezaba el viernes por la tarde con el reclamo de quién ganará, y también de quién hará decimotercero, por supuesto. El Gran Premio de Canadá, y esa pelea suya entre Antonelli y Russell, tomada prestada de una época anterior, solo pudo saberme a poco, porque las pruebecitas del formato sprint no me dejaron darle contexto. Tampoco ayuda que el Gran Premio de Singapur, que por urbano y nocturno, rezumaba progreso y modernidad en su estreno en 2008, ahora ya haya perdido el encanto y sus curvas se me confundan con las de cualquier otro circuito incluido en el calendario desde entonces -- Como director de arte --.

Lance Stroll, que es lento y diana de las burlas, pero por el que por él me compadezco porque seguramente esté obligado por su padre a ser piloto, tiene la extraña capacidad de entretener apacibles tardes de domingo con su sola participación en el Gran Premio. Sus intervenciones merecen mi más genuina curiosidad: el hijo del dueño del equipo puede estar todo el fin de semana con tiempos discretos y una cuota de pantalla por poco nula hasta que, en el segundo tercio de la carrera, llega su momento y hace lo suyo -- que es apartar el coche a un lado de la pista, generalmente --, y entonces todo cambia. El de ayer, como parte de una extensa secuencia, reemplaza a su abandono en el Gran Premio de Italia, hace un mes -- Aburrimiento y exhibición --, como su último golpe de efecto. En cambio, el intento de Franco Colapinto, que no es tan experto como Lance en estos ámbitos, mientras desenchufaba la máquina en una de las escapatorias del circuito, solo provocó un régimen de banderas amarillas de quince segundos y un par de paradas en boxes sin mucha historia.

Con Stroll saliendo del cockpit, y después de cerca de una hora dando forma, sin ningún género de éxito, a rígidas sillas de madera, apetece provocar un cambio de mindset para sobrellevar el aburrimiento. Entre otros beneficios, ver una carrera de Fórmula 1 en compañía permite motivarse sin motivos. Más cuando Leclerc, arrasando con blandos, arrancó las pegatinas del coche de Hamilton; «como gane, me tiro a la piscina»: y dejé el bañador sobre la silla cuando MadMax tuvo una salida de pista, por mucho que estuviera a quince segundos. También se celebró cuando, en el primer sector, el Ferrari restó noventa y cuatro milésimas a su diferencia con Verstappen. Los cambios de mindset, por forzados y poco duraderos, solo sirven durante una o dos tardes, durante quince o veinte minutos, pero te quitan las ganas de reírle las gracias a Liberty Media al día siguiente por la mañana. Entre Grandes Premios al sprint y circuitos que parecen un chicle al que se les ha ido el sabor, la temporada que viene o bien tendré inventarme muchas veces que Leclerc puede ganar, o bien solo veré las seis carreras que ya he marcado y para el resto me procuraré una buena compañía.