En el Gran Premio de Europa de 2008, en ese mismo en el que, entre lágrimas desconsoladas le expliqué a mi madre, muy insistente ella, que no se podía cambiar un alerón trasero, me fui a la cama a llorar, después de la primera vuelta, como producto de una intervención intergaláctica de Kazuki Nakajima. Años después, en Suzuka, una no menos intergaláctica intervención, también en la primera vuelta, pero obra de Kimi Räikkönen, me dejó poseído y mirando un punto fijo -- creo que jamás superaré que Alonso no ganase el campeonato de 2012 --. Por otro lado, seguramente haya abandonado, como si fuera un Aston Martin, a pocas vueltas del final, una carrera que lideraba Hamilton, delante de Rosberg o Bottas, porque tenía un compromiso justo después muy mal agendado. Y, por último, confieso ocultando mi rubor que en la vuelta 27 del Gran Premio de Hungría de 2013 abracé a Morfeo a la hora de la siesta. Pero peor me parece quedar para ver una carrera, y no verla acabar.
Y eso que la del domingo fue la que certificó el campeonato de Kimi Antonelli, el más joven de la historia del deporte. Dos noches atrás, se convirtió en cosa inamovible, pero Kimi es campeón desde antes que los puntos lo garantizasen. La primera vez que supe que questo ragazzino ganaría el mundial fue durante su exhibición en el Principado -- Un deber --, y, en el podio de Monza, con toda Italia cantando el himno y llevando la gorra de Hamilton o Leclerc, ninguno hubiera negado posar sobre su cabeza la corona de campeón -- Aburrimiento y exhibición --. A falta de cuatro pruebas para que se cierre el chiringo, Antonelli podría dedicarse a tomar el sol en Honolulu y no perdería el título; margen solo antes conseguido por Schumacher -- dos veces --, Vettel y Verstappen. En un 2026 mucho más igualado de lo que quizás se recuerde, entre Ferrari, McLaren, RedBull y ahora Ferrari, otra vez, se han repartido el mejor coche de la parrilla, haciendo que Mercedes no lo tenga desde junio, pero lo que sí ha tenido ha sido a un fenómeno con un pilotaje superlativo.


