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martes, 23 de junio de 2026

Dos tipos de victoria

El fútbol, ¿qué duda cabe?, es un juego de detalles acompañado de consecuencias desproporcionadas, como el cuatro a cero del domingo por la tarde. No he estado muy atento a ninguno de estos dos partidos, que me recuerdan a un amistoso internacional en el Enrique Roca de Murcia, pero me duelen como si fueran parte de la fase final de la Copa del Mundo; sin embargo, la primera victoria de España en este mundial llegó jugando un fútbol muy similar al del lunes pasado, al menos durante el cuarto de hora largo que duró aquello, hasta que metimos tres, y entonces pasó a ser una pachanga que ninguno de los dos quería jugar. Negar que España también habría arrasado sin brillo a Cabo Verde si el tiro de Ferran al travesaño hubiera botado dentro de la portería es comparable a no admitir que el segundo y el tercer gol solo pudieron ser hijos del primero, que si el pase hubiera ido más fuerte o Lamine tarda en tirar el desmarque, conseguir el gol en la siguiente jugada hubiese sido cada vez más difícil.

Digamos que hay dos tipos de victoria -- there are two kinds of victories, decía ayer por la mañana --: las que son una alegría y las que son un alivio -- the ones that bring happiness and the ones that bring calm instead --. La reciente victoria de la Selección Española de Fútbol, como parte de un partido de seis días y veinte minutos, colmó de alivio al Reino español, siendo la única razón de nuestra alegría el no haber perdido. Lejos de que la victoria contra Arabia Saudí nos inunde de ilusión, este alivio nos deja en una posición interesante, pese a que preferiría vivir con la primera sensación. Así, el recuerdo de no haber metido gol contra Cabo Verde tiene dos posibles impactos: el de traer fantasmas del pasado cuando, en Cuartos de Final, Granit Xhaka practique ejercicios de calistenia con el larguero o, como yo creo, que nadie deba convencer a ningún Pedri de los peligros que entraña jugar sabiendo que «ya se ganará», ahogando la opción de ser eliminados por suficiencia.

Por otro lado, Oyarzabal es un tio tranquilo -- como Piastri --, que forma parte de la esperanza. Ayuda al compañero, respeta al rival, no protesta al árbitro, y se parece a Miroslav Klose si juega con Plvs Vltra bordado sobre el pecho. Cada verano que pasa se le suman dos millones a la oferta que hace el Athletic Club por él, pero que rechaza solo porque es de la Real; a diferencia de otros, se está ganando, ya retirado, salir en el videomarcador de un estadio cualquiera y recibir una ovación. A tenor de un equipo donde los jóvenes son una plaga, y sabiendo que lleva una década en la élite, sin haber llegado a los treinta, encabeza, junto a otros, una Selección en la que su conducta es ejemplo, salvo para un par que tienen un quico detrás de la frente. Un equipo que en lugar de intimidar y machacar al compañero para ganarse la titularidad, emplea la testosterona en jugar a fútbol, no bajar los brazos y ser valientes cuando otros, con más güevos, serían cobardes. Un valeroso grupo de chavales, todos de mi edad, con ganas de comerse el mundo, y también el mundial.



martes, 16 de junio de 2026

Una CocaCola

No levanto cabeza, xavales. Esta tarde, una mujer caminaba hacía a mí hablando por teléfono: «Bueno, vale, ¡estate tranquilo!», mientras yo me preguntaba si se trataba de otro españolito to rallao. El final del partido de ayer de la Selección Española de Fútbol me dejó aplastado, como una lata de CocaCola vacía, que ha rodado calle abajo, hasta que alguien la ha pisado. Hacía tiempo que el fútbol no me dejaba así, habida cuenta de un último verano victorioso y la complicada fase que atravieso con respecto a les barres blaugranes. Media hora después, solo, con la casa en silencio, pasé de la cocina y el hambre, y me fui directamente a la cama por pura pena. Todavía hoy, al cerrar los ojos, veo a unos pobres hombres españoles, agobiadísimos, dándose pases en la zona frontal del área; ayer por la tarde me dormí imaginando que uno de esos pases dejaba a Oyarzabal solo delante del portero, que Gavi cogía la pelota y corría hacia la portería, que nada había ocurrido como recordaba.

España lleva tres mundiales seguidos jugando el mismo partido, y, como contra Marruecos, y antes contra Rusia, cualquiera hubiera empatado contra nosotros. Ayer Cabo Verde no se organizó en base a las aptitudes futbolísticas de sus jugadores -- como sí hizo Australia a primera hora de la mañana del domingo --, sino que solamente se dedicaron a ocupar un espacio dentro del campo. La Selección Española ha conseguido, de manera reciente, superar partidos en los que el gol era una urgencia, o en los que el rival se ha plegado sobre sí mismo esperando ser rescatado por el pitido final. Pero ayer, pasados cinco minutos, alguien debió pensar, como yo hice: «¿Cómo cojones no hemos metido gol todavía?»; supongo que otro alguien se acordaría de haber visto -- otros de haber jugado -- el partido contra Marruecos; y luego no se cómo todo se convirtió en un ejercicio contrarreloj para ver qué llegaba antes: si el último minuto o el primer gol (de España) -- Tota pedra fa paret --.

Si bien los partidos contra Rusia y Marruecos acabaron en eliminación y el de ayer no, el sentimiento es muy parecido. En otras palabras, Morata tirándose de rodillas mientras celebraba el gol contra Italia con tres cientos españoles detrás desbordando el alma por el cuerpo es uno de los momentos de mayor españolidad de mi existencia, pese a que fuese la antesala de una derrota. Afortunadamente, España sigue compitiendo en este torneo; esa es la única parte positiva de todo esto. El razonamiento que sigue a que el empate de Uruguay ha reducido la fase de grupos a solo dos partidos, me sienta igual que recordar el tiro al larguero de Ferran ayer. Aunque peor es contentarse con que en 2010 perdimos contra Suiza, que Argentina y Arabia Saudí no sé qué, o que el Atlético de Madrid ha sido subcampeón de la Copa del Rey. El creyente no necesita milagros para oponerse a la incredulidad, mucho menos supersticiones. Vamos a ganar el mundial, y eso es algo en lo que creo, a pesar de no cenar, dormir durante once horas, llevar una camisa sin planchar y no querer saber nada de la Selección hasta el domingo.



domingo, 7 de junio de 2026

Un deber

Canadá

Mucho se ha hablado acerca de cómo la Fórmula 1 ha influido en mi carácter, pero muy poco de cómo mi carácter influye en mi relación con la Fórmula 1. Cuando el pasado sábado terminé de ver el Gran Premio de Canadá, sentí que le había robado al presente un momento de otra época. La persecución entre Russell y Antonelli en la Isla de Notre-Dame, aunque parecida, por la ridícula concatenación de errores, a la pachanga que me eché con mi hermano la víspera de unos exámenes finales de Bachiller, fue esperanzadora de ver una competición de más de dos vueltas, que eran las que se necesitaban para entrar en zona de DRS y rebasar al de delante, como si fuera una señal de tráfico. Al igual que el love bomber hace con su nueva novia, después de cada carrera, me cambio el fondo de pantalla del ordenador del trabajo, y, esta vez, cuando abría un Excel, sonreía al recordar viendo a Russell y Antonelli. Semanas atrás, en mitad de parón de abril, apagué la tele porque ver Gran Premio de Francia de 2007, y saber que nunca se repetiría, me estaba matando de pena.

Sin embargo, no solo una gran carrera estaba detrás de mi buen momento con la Fórmula 1. Los repetidos vítores -- «vamos a ganar el mundial» -- cuando a Alonso le dio por meter a esa furgoneta de reparto de Mercadona en sexta posición durante los entrenamientos libres fueron comparables con los golpes de celebración que propiné a la pobre mesa de este comedor cuando me percaté que a los mamarrachos de DAZN se les había olvidado vetar el sonido ambiente en la segunda salida de audio. Y todo por oír el sonido a perro afgano enfermo -- Alors on danse -- que hacen estos motores. El caso es que después de ver, y oír, pasar al Ferrari de Charles Leclerc por la última chicane del circuito, se me escapó un «joder», pese a que me pierda con los detalles del «overtake mode» y la exhibición de megajulios de Lewis Hamilton para pasar a Verstappen a cinco vueltas del final. Con la reconciliación recién firmada, creo que una época en la que estoy muy necesitado de cariño se ha abierto, sea del tipo de cariño que sea.

Mónaco

Este fin de semana, viendo a los cochecitos en el paseo marítimo de Montecarlo, he tenido que pasar un paño húmedo por la golpeada mesa de este comedor, para limpiar la baba, al igual que hice hace siete días, cuando Leclerc hacía eses en Canadá. No obstante, los muy cazurros de DAZN han metido a Lobato no solo en la salida de audio principal, sino también en la secundaria. Ayer, viendo al coche blanco y azul de Arvid Lindblad, estuve a punto de imaginar al motor BMW V10 del Williams de Mark Webber bajando marchas a la salida del túnel -- no me ha hecho ningún bien ver este vídeo --, casi lo conseguí; hoy, todavía con el sabor del caramelo de Montreal en la boca, me he negado a ver la carrera en silencio. Y he buscado alternativas. Después de teclear «BBC radio live» en cierto navegador web, dos voces, la de Damon Hill y otra que entendía bastante bien, salían por los altavoces de la tele eslovaca que me regaló mi hermano, hasta que se han cumplido las tres de la tarde, ha empezado la vuelta de formación, y se ha interrumpido la retransmisión, obligándoseme a estar en UK para oír la radio a esa hora -- ¿se puede ser más soberbio? --.

Esta temporada en la Fórmula 1 se está librando la batalla más antigua de la historia de este deporte, y también la más veces repetida -- ¿acabará este sucedáneo de portal web por ser algo serio? --: la pérfida Albión contra el resto del mundo, que generalmente ha sido Ferrari, y esa mania tan suya, salvo con el fichaje de Hamilton, que fue lo más raro que he visto en mi vida, de no fichar a nadie que no sepa decir «bona sera»; Motor Valley contra la idea de que pilotos, ingenieros y mecánicos deberían ser de lugares que estén a más de 20 minutos en coche de distancia. El campeonato de este año se decidirá entre los dos pilotos de Mercedes: un indudablemente británico de ojos saltones y el segundo tío más mediterráneo del paddock -- detrás de Leclerc --, que come boloñesa dos de cada cinco días. Como españolito de sangre caliente que soy, y estoy recordando la nanomanzana del Gran Premio de Hungría 2007, elegir el bando de Antonelli no es opinable, es un deber.

Antes de concluir la vuelta de reconocimiento, la RAI sonaba con fuerza en mi casa. Una tarde grande para Italia: cada cinco minutos conectaban con Parigi porque Flavio Cobolli era el cuarto italiano en jugar una final de Grand Slam en la era open. Antonelli iba a ganar el Gran Premio de Mónaco y los dos Ferrari subirían al podio, hasta que Stroll levantó el asfalto de la última curva, Ferrari tejió la pantomima con Leclerc -- que había reducido la diferencia con Hamilton para ser segundo, aprovechando sanción del inglés --, y acabó reventando el coche después de pisar el mismo trozo levantado que Stroll. Kimi, que lleva el nombre en honor a Räikkönen, es un «baby fenomeno», que hace nombrar a Alberto Ascari setenta años después; es la cara nueva de la Fórmula 1, y este fin de semana me ha hecho ver, por primera vez, lo talentoso que es; «un ragazzino che si diverte!», decían desde Italia, después de coger derrapando las dos últimas curvas del Gran Premio, y que «canta l'inno con la mano sul cuore, e un sorriso sul volto».