Páginas

lunes, 6 de julio de 2026

Creo que Ferrari tiene el mejor coche

«Y para ello -- decía -- debo asumir dos conjeturas». Por un lado, valiéndome de sensaciones, sin anotar victorias, podios, puntos o el duelo directo en sesiones clasificatorias, Russell fue más rápido que Hamilton durante las tres temporadas de forzada convivencia bajo la férrea tutela de Toto Wolff; ahora, habiendo cruzado el umbral del garaje de Mercedes para pilotar un Ferrari, Hamilton supera a su antiguo compañero de equipo con holgada regularidad, cosa que ayuda a entenderse aceptando que Maranello tiene mejor coche. Por otro lado, que Antonelli demuestre, allá donde lo lleve la Fórmula 1, ser el líder de la categoría al volante del segundo coche mejor preparado se explica al establecer que este adolescente es un super clase, cosa que estoy valorando concienzudamente desde que me cautivó el gusto con su victoria superlativa en las calles del Principado de Mónaco, contradictoriamente, la última de su ininterrumpida secuencia de cinco, que ocupa todo su incipiente palmarés.

Una bandada de motas rutilantes, de una intensa incandescencia dorada, flotan entre suaves ondas, breves y delicadas, como veleros de tela blanca, dejando un paisaje irrepetible, que dura lo que un instante; su silbido sordo, a penas un rumor que se disipa solo un poco más allá, comparte el lugar con los ecos de una conversación sencilla, intrascendente. Como dos individuos, cada uno a cada lado de una esquina, esperándose mutuamente, que no se ven, tampoco se oyen, pero se intuyen al dar la vuelta, no hay conversación que llene más el ánimo y prodigue con tanto afán el esparcimiento como aquellas que no tienen fin, en las que no hay manera de dar con el resultado correcto; y a más simple, mejor. El sol es una picadura tenue que seca pequeñas gotas posadas sobre la piel y, al dejar caer los párpados, vuelve la vista en un agradable y uniforme color amarillo, mientras se erige como una evidencia que no hay época que pliegue al domingo de verano, que no hay momento más propicio para entregarse a la levedad del deporte.

En el circuito de Silverstone, otro símbolo inquebrantable del periodo estival, Leclerc abrazó con fuerza la primera posición, gracias a una salida exuberante, que trajo consigo, al otro lado de la pantalla, un emocionante zarandeo en el que huesos y músculos eran vagamente contenidos por la piel, en el que el alma deslumbrante salía despedida del pobre cuerpo. Antonelli, que dedicó un cuarto de hora largo a dejar a atrás a Hamilton, y solo pudo arañar la superficie de la pétrea resistencia de Leclerc en la distancia, fue una mancha a cada poco más definida en la estela del Ferrari del de Mónaco, ahora sí, al equipar neumáticos con menor desgaste, hasta que una parte de su chasis dijo basta, a una docena de vueltas para el final. Leclerc, que pudo saborear el triunfo tras la capitulación de baby fenómeno, cruzó la bandera a cuadros gritando una frase que suena mejor en castellano que en inglés: «los tiempos duros nunca duran, los tipos duros duran siempre, blubudublu», que fue la parte central de un domingo de julio académico, con buena compañía, con Haaland y Schjelderup bordando el fútbol, Inglaterra resistiendo -- como yo -- hasta pasadas las cinco de la mañana, y, me sigue sorprendiendo, sin ver la Fórmula 1 en soledad.



martes, 23 de junio de 2026

Dos tipos de victoria

El fútbol, ¿qué duda cabe?, es un juego de detalles acompañado de consecuencias desproporcionadas, como el cuatro a cero del domingo por la tarde. No he estado muy atento a ninguno de estos dos partidos, que me recuerdan a un amistoso internacional en el Enrique Roca de Murcia, pero me duelen como si fueran parte de la fase final de la Copa del Mundo; sin embargo, la primera victoria de España en este mundial llegó jugando un fútbol muy similar al del lunes pasado, al menos durante el cuarto de hora largo que duró aquello, hasta que metimos tres, y entonces pasó a ser una pachanga que ninguno de los dos quería jugar. Negar que España también habría arrasado sin brillo a Cabo Verde si el tiro de Ferran al travesaño hubiera botado dentro de la portería es comparable a no admitir que el segundo y el tercer gol solo pudieron ser hijos del primero, que si el pase hubiera ido más fuerte o Lamine tarda en tirar el desmarque, conseguir el gol en la siguiente jugada hubiese sido cada vez más difícil.

Digamos que hay dos tipos de victoria -- there are two kinds of victories, decía ayer por la mañana --: las que son una alegría y las que son un alivio -- the ones that bring happiness and the ones that bring calm instead --. La reciente victoria de la Selección Española de Fútbol, como parte de un partido de seis días y veinte minutos, colmó de alivio al Reino español, siendo la única razón de nuestra alegría el no haber perdido. Lejos de que la victoria contra Arabia Saudí nos inunde de ilusión, este alivio nos deja en una posición interesante, pese a que preferiría vivir con la primera sensación. Así, el recuerdo de no haber metido gol contra Cabo Verde tiene dos posibles impactos: el de traer fantasmas del pasado cuando, en Cuartos de Final, Granit Xhaka practique ejercicios de calistenia con el larguero o, como yo creo, que nadie deba convencer a ningún Pedri de los peligros que entraña jugar sabiendo que «ya se ganará», ahogando la opción de ser eliminados por suficiencia.

Por otro lado, Oyarzabal es un tio tranquilo -- como Piastri --, que forma parte de la esperanza. Ayuda al compañero, respeta al rival, no protesta al árbitro, y se parece a Miroslav Klose si juega con Plvs Vltra bordado sobre el pecho. Cada verano que pasa se le suman dos millones a la oferta que hace el Athletic Club por él, pero que rechaza solo porque es de la Real; a diferencia de otros, se está ganando, ya retirado, salir en el videomarcador de un estadio cualquiera y recibir una ovación. A tenor de un equipo donde los jóvenes son una plaga, y sabiendo que lleva una década en la élite, sin haber llegado a los treinta, encabeza, junto a otros, una Selección en la que su conducta es ejemplo, salvo para un par que tienen un quico detrás de la frente. Un equipo que en lugar de intimidar y machacar al compañero para ganarse la titularidad, emplea la testosterona en jugar a fútbol, no bajar los brazos y ser valientes cuando otros, con más güevos, serían cobardes. Un valeroso grupo de chavales, todos de mi edad, con ganas de comerse el mundo, y también el mundial.



martes, 16 de junio de 2026

Una CocaCola

No levanto cabeza, xavales. Esta tarde, una mujer caminaba hacía a mí hablando por teléfono: «Bueno, vale, ¡estate tranquilo!», mientras yo me preguntaba si se trataba de otro españolito to rallao. El final del partido de ayer de la Selección Española de Fútbol me dejó aplastado, como una lata de CocaCola vacía, que ha rodado calle abajo, hasta que alguien la ha pisado. Hacía tiempo que el fútbol no me dejaba así, habida cuenta de un último verano victorioso y la complicada fase que atravieso con respecto a les barres blaugranes. Media hora después, solo, con la casa en silencio, pasé de la cocina y el hambre, y me fui directamente a la cama por pura pena. Todavía hoy, al cerrar los ojos, veo a unos pobres hombres españoles, agobiadísimos, dándose pases en la zona frontal del área; ayer por la tarde me dormí imaginando que uno de esos pases dejaba a Oyarzabal solo delante del portero, que Gavi cogía la pelota y corría hacia la portería, que nada había ocurrido como recordaba.

España lleva tres mundiales seguidos jugando el mismo partido, y, como contra Marruecos, y antes contra Rusia, cualquiera hubiera empatado contra nosotros. Ayer Cabo Verde no se organizó en base a las aptitudes futbolísticas de sus jugadores -- como sí hizo Australia a primera hora de la mañana del domingo --, sino que solamente se dedicaron a ocupar un espacio dentro del campo. La Selección Española ha conseguido, de manera reciente, superar partidos en los que el gol era una urgencia, o en los que el rival se ha plegado sobre sí mismo esperando ser rescatado por el pitido final. Pero ayer, pasados cinco minutos, alguien debió pensar, como yo hice: «¿Cómo cojones no hemos metido gol todavía?»; supongo que otro alguien se acordaría de haber visto -- otros de haber jugado -- el partido contra Marruecos; y luego no se cómo todo se convirtió en un ejercicio contrarreloj para ver qué llegaba antes: si el último minuto o el primer gol (de España) -- Tota pedra fa paret --.

Si bien los partidos contra Rusia y Marruecos acabaron en eliminación y el de ayer no, el sentimiento es muy parecido. En otras palabras, Morata tirándose de rodillas mientras celebraba el gol contra Italia con tres cientos españoles detrás desbordando el alma por el cuerpo es uno de los momentos de mayor españolidad de mi existencia, pese a que fuese la antesala de una derrota. Afortunadamente, España sigue compitiendo en este torneo; esa es la única parte positiva de todo esto. El razonamiento que sigue a que el empate de Uruguay ha reducido la fase de grupos a solo dos partidos, me sienta igual que recordar el tiro al larguero de Ferran ayer. Aunque peor es contentarse con que en 2010 perdimos contra Suiza, que Argentina y Arabia Saudí no sé qué, o que el Atlético de Madrid ha sido subcampeón de la Copa del Rey. El creyente no necesita milagros para oponerse a la incredulidad, mucho menos supersticiones. Vamos a ganar el mundial, y eso es algo en lo que creo, a pesar de no cenar, dormir durante once horas, llevar una camisa sin planchar y no querer saber nada de la Selección hasta el domingo.