Recorrer Primado Reig por entre sus carriles destinados al tráfico, una actividad prácticamente inédita hasta hace un año, pero que repito con cierta asiduidad desde que buenos amigos pasaron a vivir en Profesor Tamarit Olmos, 16 y desde que los viernes tengo una cita con las matemáticas en Benimaclet, siempre ha sido una que ha puesto en alerta mi desarrolladísimo sentido de la precaución, fruto de un pesimismo galopante e incontrolable. A Mestalla no van mujeres; al fútbol van pocas, pero a Mestalla menos. Y, sí, cállate, pequeño xoto, que ya se que una vez te llevaste un ligue, que ya no te volvió a hablar, a la grada del mar -- o como coño la llaméis --, y que tu padre conoció a tu madre celebrando un gol de Mario Alberto Kempes. Cállate, porque a parte de xoto y pesado, eres ignorante. Primado Reig no es mi lugar favorito para llevar el coche, menos si un acervo de cabras, con el pelaje blanco y las pezuñas negras, se mueven motorizadas en dos y cuatro ruedas. Un recuerdo a Luque, a Cubo y a la media hora del fenomenal debut de ambos en Primera División.
Saber cuánto tiempo me habría llevado llegar a mi verdadero destino es cosa que solo la imaginación lo permite. (Acabo de comprar la entrada para el concierto de Carolina Durante del 26 de noviembre en Valencia.) Desde el pasado noviembre, con motivo del tercer aniversario del coche que nos estaba trasladando a la castellonense localidad de Villarreal, debía abonar una anualidad que subía hasta los 25€ para contar con navegación por GPS, cosa que no hice porque no le tengo miedo a perderme. No obstante, en una atinada y velocísima intervención de mi acompañante se me indicó, no tanto que el camino era el incorrecto, sino que el destino era otro. Una agradabilísima charla sobre fútbol, Arbeloa y Vinicius, el nombre de los estadios de fútbol y como Los Pajaritos fue piedra angular de una arraigada relación de amor entre dos amigos míos, en la que se incluyó un último tramo de rally, más por la profesionalidad del copiloto que por la modesta velocidad, terminó con una exhibición -- otra más -- aparcando el coche.
En el centro del campo y en el lateral izquierdo del Roda, dos veteranos destacan sobre un grupito de chavales imberbes, aniñados, con menos aires de superioridad que el resto de filiales de la categoría. Dos señores con cara y pelo de padre que tienen a sus hijos apuntados a refuerzo de matemáticas, pese a que la edad que pone en bdfutbol es ostensiblemente menor a la de su apariencia -- Borja y Alberto --. Pareciese que su rol en el equipo es el de ayudante del entrenador, dos tíos que evitan que la desesperación o la inapetencia se haga con el vestuario tras cinco partidos sin ganar, y también para quitarle el marrón de ser capitán a un veinteañero todavía acobardado. Pero esa idea, aunque coherente, se diluye rápido cuando ves el primer centro al área de Alberto; Borja reúne las condiciones del típico capitán con la lengua suelta, que jamás la lía porque no se juega ni una sola, hasta que el tiempo aprieta y saca brillo a su extenso repertorio de organizador de equipos, como si se estuviese dejando hasta ese momento.
La incipiente calvicie de Alberto ha despertado la queja de mis acompañantes que, lejos de alimentar su recreo, solo el amor -- y quizás la esperanza de ser recompensadas luego por haber ido a verlos jugar -- les ha empujado a pasar hora y media de un sábado en sendos asientos de plástico; sus respectivos gozan de una salud capilar todavía muy superior a la de sus veteranos rivales, mientras que con la mirada
A esas alturas de partido, el Club Deportivo Soneja ya ganaba cero a uno, marcador que mantuvo intacto hasta el final. Víctor Julià es un jugador díscolo, casi desobediente, casi indisciplinado, que en toda una temporada ha bajado a defender las mismas veces que mi padre ha bajado la basura en todo su matrimonio. Dicen de él que ganó veinte euros en una tragaperras, de camino a un partido en Alicante; semanas después, como no le apetecía repetir el viaje, pese a las luces tintineantes y los sonidos lucrativos de la esquinada maquinita, forzó la quinta amarilla, protestando al árbitro, durante el saque de puerta previo al pitido final -- precisamente contra el Roda --. Es zurdo, pero no le gusta jugar en la izquierda: su jugada favorita es fumársela y soltar un zambombazo desde donde mejor le venga. Tiene la conducta de una estrella, que es lo más fácil de imitar, pero su juego solo le da para brillar en Tercera División, y rendir en una categoría por encima. Si bien su mayor virtud no es el oportunismo goleador, el sábado logró el tanto de la victoria, haciendo pagar el error del portero, por puro instinto, destacándose como máximo artillero del equipo, aunque con el doble de oportunidades que Juan Carlos, que llegó a mediados de enero.
Las circunstancias del partido, a saber, una permanencia matemáticamente conseguida y a dos fines de semana de las vacaciones, dieron lugar a ciertas novedades en la alineación. Juan Pablo, bajo palos, sumó los primeros minutos de la temporada; dejando a Juanvi -- un películas -- y a Chanza -- con un divertido tatuaje de Rayo McQueen -- en el banquillo. La participación de Javi Torres en el equipo ha sido inadvertida, entre capazos de pases a las bandas, aunque, al principio, parecía aportar variedad a la holgada bronca y moderada visión de juego de Tarre y Pana. Iker, que jugó el sábado de interior, me sigue pareciendo el mejor del equipo, por encima de que para señalar su último gran partido tenga que volver hasta diciembre. A la primera titularidad de Berbegall, se le sumó la segunda aparición en el once inicial de Jordi que, no igualando su rendimiento ante el filial del Levante, hizo surgir los motivos de tantas suplencias repetidas. La temporada de Rulo, y su cuerpo no pensado para el fútbol, es una pregunta, la pregunta de qué hubiera sido si; pero la gran pregunta de la temporada es Pau, y su cuerpo pensado para el fútbol, que abandonó la nave después de año nuevo, diez días antes de anotar un doblete en El Arco de Soneja.
Pasada la media hora de juego, y con el gol de Julià dominando el partido, el motivo por el que este fin de semana cumpliré treinta de los treinta y cuatro partidos de una temporada de Tercera División cayó lesionado, en un esforzado intento por evitar que un disparo rival alcanzara su portería. Una vez alcanzada cierta estabilidad económica como para que vaciar el depósito de gasolina cada fin de semana no sea cosa irresponsable, se pueden citar varias razones por las que haber recorrido Valencia entera cada siete días, pero todas dependen de una sola; efectivamente me gusta el fútbol, me encanta dedicar un día entero a ver un partido -- un recuerdo a aquel domingo en Crevillente --, y mi situación con el Levante es complicada; pero nada de esto tiene crédito por sí solo. Imagínate que tu amigo es cantante, y no escuchas sus canciones, imagínate que tu amigo es actor, y no ves sus películas, imagínate que tu amigo tiene un sucedáneo de portal web, y no lees sus entradas -- ... --; ahora imagínate que tu amigo juega en un equipo de fútbol, y juegan bien, ¿cómo cojones no voy a ver al equipo de mi colega?
Con el tobillo doliendo por sí solo, las protestas son airadas desde la línea de fondo. En mi localidad, advierto que no va poder continuar; los gestos no me dan ninguna esperanza. Pero, renqueante, reingresa al terreno de juego. Poco después, se señala un córner a favor, que sube a rematar pensando, más que nunca, en la carrera de después. «El gol del cojo», aviso desde la grada, mientras recuerdo a Raúl González Blanco jugando en La Romareda con el Real Madrid. Parece ser, y soy consciente de ello, que la última oportunidad de marcar en la temporada va a ocurrir ahora. El balón sale desde la esquina en dirección al área y el desmarque, cojeando, ha obtenido el efecto esperado, pues le ha ganado la posición a su defensor. Durante una fracción de segundo, permanece suspendido en el aire. El giro de cabeza es perfecto, a la altura de Primera División, pero cuando ocurre la pelota ya había pasado y solo puede rozarla más o menos. Minutos después llega el descanso, momento en el que indica a un miembro del cuerpo técnico que no puede seguir, con un elocuente gesto con las manos; en caso de imbatibilidad, la prima está asegurada.

