lunes, 12 de octubre de 2026

Una cuestión de mindset

Es un efecto cada vez más fácil de señalar que el formato sprint, lejos de circunscribirse a la carrerita del sábado y la mini-qualy del viernes, también perjudica a todo lo demás. En esta casa se ha defendido a las carreras aburridas, como las de ayer, hasta límites difícilmente razonables porque, allende el atractivo de la espera de una persecución o una estrategia de tres cuartos de hora, la parsimoniosa sucesión de vueltas del domingo solo era la parte final de una historia que empezaba el viernes por la tarde con el reclamo de quién ganará, y también de quién hará decimotercero, por supuesto. El Gran Premio de Canadá, y esa pelea suya entre Antonelli y Russell, tomada prestada de una época anterior, solo pudo saberme a poco, porque las pruebecitas del formato sprint no me dejaron darle contexto. Tampoco ayuda que el Gran Premio de Singapur, que por urbano y nocturno, rezumaba progreso y modernidad en su estreno en 2008, ahora ya haya perdido el encanto y sus curvas se me confundan con las de cualquier otro circuito incluido en el calendario desde entonces -- Como director de arte --.

Lance Stroll, que es lento y diana de las burlas, pero por el que por él me compadezco porque seguramente esté obligado por su padre a ser piloto, tiene la extraña capacidad de entretener apacibles tardes de domingo con su sola participación en el Gran Premio. Sus intervenciones merecen mi más genuina curiosidad: el hijo del dueño del equipo puede estar todo el fin de semana con tiempos discretos y una cuota de pantalla por poco nula hasta que, en el segundo tercio de la carrera, llega su momento y hace lo suyo -- que es apartar el coche a un lado de la pista, generalmente --, y entonces todo cambia. El de ayer, como parte de una extensa secuencia, reemplaza a su abandono en el Gran Premio de Italia, hace un mes -- Aburrimiento y exhibición --, como su último golpe de efecto. En cambio, el intento de Franco Colapinto, que no es tan experto como Lance en estos ámbitos, mientras desenchufaba la máquina en una de las escapatorias del circuito, solo provocó un régimen de banderas amarillas de quince segundos y un par de paradas en boxes sin mucha historia.

Con Stroll saliendo del cockpit, y después de cerca de una hora dando forma, sin ningún género de éxito, a rígidas sillas de madera, apetece provocar un cambio de mindset para sobrellevar el aburrimiento. Entre otros beneficios, ver una carrera de Fórmula 1 en compañía permite motivarse sin motivos. Más cuando Leclerc, arrasando con blandos, arrancó las pegatinas del coche de Hamilton; «como gane, me tiro a la piscina»: y dejé el bañador sobre la silla cuando MadMax tuvo una salida de pista, por mucho que estuviera a quince segundos. También se celebró cuando, en el primer sector, el Ferrari restó noventa y cuatro milésimas a su diferencia con Verstappen. Los cambios de mindset, por forzados y poco duraderos, solo sirven durante una o dos tardes, durante quince o veinte minutos, pero te quitan las ganas de reírle las gracias a Liberty Media al día siguiente por la mañana. Entre Grandes Premios al sprint y circuitos que parecen un chicle al que se les ha ido el sabor, la temporada que viene o bien tendré inventarme muchas veces que Leclerc puede ganar, o bien solo veré las seis carreras que ya he marcado y para el resto me procuraré una buena compañía.



domingo, 27 de septiembre de 2026

DualShock 3

La victoria de España anoche en Wembley es el argumento más reciente de que esta Selección es el mejor equipo que jamás he visto jugar a fútbol, a pesar que hasta los diez y seis solo viese al Levante y acabe de volver de Torrevieja, colonia inglesa. Mientras el FIFA busca ser un juego cada vez más parecido a la realidad, la Selección Española despliega un juego cada vez más parecido al de la PlayStation. Y anoche recordé aquellos veranos de preadolescente, y aquel Modo Carrera con Juanlu, Barkero y Koné, en el que, al subir el nivel a Clase Mundial, la puta máquina: sabía a dónde iba a dar el pase; si no la pasaba, me la quitaba; y, al final, solo podía correr por la banda y centrar al área esperando un gol. Al ver la alineación en la pantalla, Paco Polit, un tío serio, aunque con un indiscutible aspecto de xoto, calló el tibio comentario de sus colaboradores para repetir: «Quin goig!, quin goig!»; fue toda una experiencia seguir un partido de la Selección narrado en valenciano.

Yo me encontraba, entonces, en un estado de éxtasis similar, que se superó al ver a Lamine Yamal correr detrás de la pelota como un condenado a robar el balón, que luego acabó depositando en las redes rivales. Ferran, un tipo listo y ágil sobre el terreno de juego, no le acompañan las aptitudes técnicas para chutar a gol, por muy tranquilo que se obligue a estar, como en su segundo mano a mano fallado. Por otro lado, Jude Bellingham, que, de complementarse con Ferran, saldría el futbolista perfecto, goza de una fortaleza física y de un nivel técnico privilegiados, pero se abruma con la esfericidad de la pelota, y no sabe qué hacer cuando la tiene, por eso siempre corre, hasta que considera que está lo suficientemente cerca de la potería, y chuta. El primer gol inglés, originado por un saque de esquina español desastroso, tuvo como eje central una portentosa carrera de Bellingham y un pase a Gordon difícil de fallar. El mismo Bellingham, con el partido ya remontado, fingió ser objeto falta dentro del área, como ya hizo minutos antes, y, cuando el árbitro revocó su primera decisión a instancias del asistente, no tuvo ningún pudor en celebrarlo; tremenda bala esquivaste, Aitana.

Todas las diferentes maneras que existen de jugar a fútbol se pueden clasificar en dos grandes familias: ganar por lo físico o ganar por lo táctico; y no hay dos países como Inglaterra y España que más representen lo uno y más odien lo otro. Ganar gracias a tener la pelota, que muy en esencia es lo que hace España, resulta tentadoramente fácil en los campos de entrenamiento de San Jorge, como bien pudo saber Tuchel. Anoche España terminó las posesiones rivales sin ni si quiera rozar a ningún jugador inglés, simplemente minando el terreno de trampas tácticas, como si fuera un partido de baloncesto, en el que el contacto físico está sancionado; cuando Baena anotó el gol del empate, O'Reilly se la pasó a uno del otro equipo porque, como yo jugando al FIFA 12, no tenía otra opción. Y el gol de Oyarzabal, una vaselina fenomenal, ligera como una pluma, tranquila como es él, cuya repetición en cámara lenta me recordó a la celebración del gol de Morata en ese mismo estadio, en esa misma potería, solo fue el último tanto porque Hary Kane se resbaló al lanzar el penalti que había fingido Bellingham.



sábado, 12 de septiembre de 2026

Aburrimiento y exhibición

La carrera del Gran Premio de Italia, del pasado domingo, fueron dos carreras en una, separadas por la parada en boxes de Antonelli. En la primera de las dos partes, hubo muchos adelantamientos -- y ninguno bueno --, hasta que el seguidor promedio a los cochecitos de colores con pegatinas dejó de sentirse cautivado por la lucha por la victoria porque el averiguar si Russell seguiría primero al acabar aquella vuelta o la de dentro de diez ya no tenía ninguna importancia. Entre medias, caí en la tentación de comparar éste con el Gran Premio de Canadá, y esa mutua persecución entre los Mercedes, tomada prestada de una época anterior, pero pronto me percaté que lo retransmitido en Monza, más que a una carrera, se parecía a un vídeo grabado por Pegasus, difundido por la Policía, en el que un conductor, que excede el límite de velocidad, va adelantando. Hubo una vez que ni a Lobato -- vi la primera parte acompañado -- le dio para gritar que aquello era lo mejor que le había pasado en la vida, después de cuando supo cuánto valía su coche.

Aunque salía último a causa del programa de gestión de los recambios del motor, baby fenomeno tardó diez y ocho vueltas en alcanzar la primera posición, antes de que las baterías de los cojones empezaran a hacer de las suyas, y los Mercedes pasaran a ser simples vasos de un trilero. Verstappen, en tercera posición, ya tenía los pies a remojo y los pantalones arremangados, y esperaba paciente; Mercedes lo vio y mandó a sus pupilos dejar de pasarse absurdamente, en un instante en el que a Russell le tocaba ir primero. Antonelli protestó porque su equipo le había condenado a ser segundo. Al mismo tiempo, Lance Stroll -- me gustaría recopilar de cuántos domingos aburridos nos ha salvado este tío -- abandonó su Aston Martin en un margen de la pista. Durante ese momento, las cuentas salían, y el tiempo perdido por una parada adicional, que ahora era menor, podía ser compensado al equipar mejores neumáticos: bienvenidos a la Fórmula 1; que pena que para entonces, mi acompañante, que estaba viendo su primera carrera, ya estuviese planchado en el sofá.

Kimi, que diez días antes había cumplido veinte años, es un chaval que va a conseguir de aquí a uno o dos meses librar a Italia -- no hay país en el planeta al que más le guste la Fórmula 1 -- de tener que nombrar a Alberto Ascari como su último ganador, setenta años después; mientras que, con carreras como la de Montecarlo, este junio, o la de Monza, este fin de semana, consigue que se le nombre junto a Senna, allende su indudable aspecto físico. Mientras Leclerc había reventado el coche contra los neumáticos, una vez más, y Hamilton vagaba a la deriva, maltrecho por la estrategia, y sin hacer un adelantamiento desde 2018, media Italia se preguntaba como come cazzo questo ragazzino no corría para Ferrari, al ver a Antonelli recuperar todo el tiempo perdido de la parada. Con Russell rogando clemencia y Monza a punto de reventar, Antonelli se salió de pista adelantando para ganar; baby fenomeno, te quiero, yo también me hubiera puesto nervioso -- aunque te habría matado yendo por la grava --. Faltaban tres vueltas: volvió a pista, y lo volvió a pasar.