domingo, 27 de septiembre de 2026

DualShock 3

La victoria de España anoche en Wembley es el argumento más reciente de que esta Selección es el mejor equipo que jamás he visto jugar a fútbol, a pesar que hasta los diez y seis solo viese al Levante y acabe de volver de Torrevieja, colonia inglesa. Mientras el FIFA busca ser un juego cada vez más parecido a la realidad, la Selección Española despliega un juego cada vez más parecido al de la PlayStation. Y anoche recordé aquellos veranos de preadolescente, y aquel Modo Carrera con Juanlu, Barkero y Koné, en el que, al subir el nivel a Clase Mundial, la puta máquina: sabía a dónde iba a dar el pase; si no la pasaba, me la quitaba; y, al final, solo podía correr por la banda y centrar al área esperando un gol. Al ver la alineación en la pantalla, Paco Polit, un tío serio, aunque con un indiscutible aspecto de xoto, calló el tibio comentario de sus colaboradores para repetir: «Quin goig!, quin goig!»; fue toda una experiencia seguir un partido de la Selección narrado en valenciano.

Yo me encontraba, entonces, en un estado de éxtasis similar, que se superó al ver a Lamine Yamal correr detrás de la pelota como un condenado a robar el balón, que luego acabó depositando en las redes rivales. Ferran, un tipo listo y ágil sobre el terreno de juego, no le acompañan las aptitudes técnicas para chutar a gol, por muy tranquilo que se obligue a estar, como en su segundo mano a mano fallado. Por otro lado, Jude Bellingham, que, de complementarse con Ferran, saldría el futbolista perfecto, goza de una fortaleza física y de un nivel técnico privilegiados, pero se abruma con la esfericidad de la pelota, y no sabe qué hacer cuando la tiene, por eso siempre corre, hasta que considera que está lo suficientemente cerca de la potería, y chuta. El primer gol inglés, originado por un saque de esquina español desastroso, tuvo como eje central una portentosa carrera de Bellingham y un pase a Gordon difícil de fallar. El mismo Bellingham, con el partido ya remontado, fingió ser objeto falta dentro del área, como ya hizo minutos antes, y, cuando el árbitro revocó su primera decisión a instancias del asistente, no tuvo ningún pudor en celebrarlo; tremenda bala esquivaste, Aitana.

Todas las diferentes maneras que existen de jugar a fútbol se pueden clasificar en dos grandes familias: ganar por lo físico o ganar por lo táctico; y no hay dos países como Inglaterra y España que más representen lo uno y más odien lo otro. Ganar gracias a tener la pelota, que muy en esencia es lo que hace España, resulta tentadoramente fácil en los campos de entrenamiento de San Jorge, como bien pudo saber Tuchel. Anoche España terminó las posesiones rivales sin ni si quiera rozar a ningún jugador inglés, simplemente minando el terreno de trampas tácticas, como si fuera un partido de baloncesto, en el que el contacto físico está sancionado; cuando Baena anotó el gol del empate, O'Reilly se la pasó a uno del otro equipo porque, como yo jugando al FIFA 12, no tenía otra opción. Y el gol de Oyarzabal, una vaselina fenomenal, ligera como una pluma, tranquila como es él, cuya repetición en cámara lenta me recordó a la celebración del gol de Morata en ese mismo estadio, en esa misma potería, solo fue el último tanto porque Hary Kane se resbaló al lanzar el penalti que había fingido Bellingham.



sábado, 12 de septiembre de 2026

Aburrimiento y exhibición

La carrera del Gran Premio de Italia, del pasado domingo, fueron dos carreras en una, separadas por la parada en boxes de Antonelli. En la primera de las dos partes, hubo muchos adelantamientos -- y ninguno bueno --, hasta que el seguidor promedio a los cochecitos de colores con pegatinas dejó de sentirse cautivado por la lucha por la victoria porque el averiguar si Russell seguiría primero al acabar aquella vuelta o la de dentro de diez ya no tenía ninguna importancia. Entre medias, caí en la tentación de comparar éste con el Gran Premio de Canadá, y esa mutua persecución entre los Mercedes, tomada prestada de una época anterior, pero pronto me percaté que lo retransmitido en Monza, más que a una carrera, se parecía a un vídeo grabado por Pegasus, difundido por la Policía, en el que un conductor, que excede el límite de velocidad, va adelantando. Hubo una vez que ni a Lobato -- vi la primera parte acompañado -- le dio para gritar que aquello era lo mejor que le había pasado en la vida, después de cuando supo cuánto valía su coche.

Aunque salía último a causa del programa de gestión de los recambios del motor, baby fenomeno tardó diez y ocho vueltas en alcanzar la primera posición, antes de que las baterías de los cojones empezaran a hacer de las suyas, y los Mercedes pasaran a ser simples vasos de un trilero. Verstappen, en tercera posición, ya tenía los pies a remojo y los pantalones arremangados, y esperaba paciente; Mercedes lo vio y mandó a sus pupilos dejar de pasarse absurdamente, en un instante en el que a Russell le tocaba ir primero. Antonelli protestó porque su equipo le había condenado a ser segundo. Al mismo tiempo, Lance Stroll -- me gustaría recopilar de cuántos domingos aburridos nos ha salvado este tío -- abandonó su Aston Martin en un margen de la pista. Durante ese momento, las cuentas salían, y el tiempo perdido por una parada adicional, que ahora era menor, podía ser compensado al equipar mejores neumáticos: bienvenidos a la Fórmula 1; que pena que para entonces, mi acompañante, que estaba viendo su primera carrera, ya estuviese planchado en el sofá.

Kimi, que diez días antes había cumplido veinte años, es un chaval que va a conseguir de aquí a uno o dos meses librar a Italia -- no hay país en el planeta al que más le guste la Fórmula 1 -- de tener que nombrar a Alberto Ascari como su último ganador, setenta años después; mientras que, con carreras como la de Montecarlo, este junio, o la de Monza, este fin de semana, consigue que se le nombre junto a Senna, allende su indudable aspecto físico. Mientras Leclerc había reventado el coche contra los neumáticos, una vez más, y Hamilton vagaba a la deriva, maltrecho por la estrategia, y sin hacer un adelantamiento desde 2018, media Italia se preguntaba como come cazzo questo ragazzino no corría para Ferrari, al ver a Antonelli recuperar todo el tiempo perdido de la parada. Con Russell rogando clemencia y Monza a punto de reventar, Antonelli se salió de pista adelantando para ganar; baby fenomeno, te quiero, yo también me hubiera puesto nervioso -- aunque te habría matado yendo por la grava --. Faltaban tres vueltas: volvió a pista, y lo volvió a pasar.



martes, 25 de agosto de 2026

La última gran carrera

La de este fin de semana ha sido una carrera de homenaje para la Fórmula 1, si bien no por su brillantez y desaforado entretenimiento, sí por cumplir con sus usos y costumbres, por los que he profesado ferviente devoción hacia la setentaycincoañera, aún cuando lo nuestro pendía de un hilo. Es un gusto muy satisfactorio poder señalar a la pantalla y asegurar que eso es Fórmula 1. Cada quince días, desde primavera hasta verano, he estado viendo carreras como las del domingo, y en todas ha competido Fernando Alonso, salvo en dos temporadas; El Nano ya forma parte de la Fórmula 1 como lo hace la bandera de cuadros o un pit stop de Ferrari. Las buenas carreras no tienen secretos -- y por eso, al acabar este Gran Premio, tengo la misma sensación que cuando acabé el del año pasado: que lo voy a echar de menos en invierno --: un circuito formidable, pocos adelantamientos pero buenos, y alguien que a mitad carrera piensa: «¿Y si solo paro una vez?». Lo único malo es que el agosto que viene no se repetirá, porque hay que hacer sitio a otros circuitos peores.

Muy pocos son quienes saben cuántas más oportunidades me quedan, pero yo sigo manteniendo la fe, en cada domingo de Gran Premio, de ver una victoria de Alonso, aunque la razón me diga que mis opciones son remotas; y así lo gritaba dentro del casco, abordo de Camila. El resultado de la revolución técnica en el motor Honda del Aston Martin de Fernando Alonso fue un desesperanzador decimoctavo puesto en clasificación. Pero en la primera vuelta, Verstappen, hermanísimo de El Nano, sobrestimó la adherencia de la última curva y estampó su monoplaza; Bortoletto, representado de El Nano, hizo algo muy parecido. Luego, a Bearman, que ya no sé si estaba delante o detrás de él, se le paró el coche. Y cuando moví la vista a la clasificación, el asturiano más rápido del planeta ya iba decimotercero. Le pegó una pasada de locos a Albon o a Carletes -- no lo sé, no lo pusieron en pantalla grande -- y cuando me quise dar cuenta iba octavo, por haber administrado el deterioro de sus neumáticos durante casi la mitad de la carrera. Ninguno, salvo Hulkenberg, salió delante de Alonso tras sus segundas paradas en boxes, y, marcando consecutivamente su mejor vuelta hasta la última, retuvo a Gasly, y su remodelado Alpine, a más de un segundo de distancia tras el paso por línea de meta.

Alonso pilota perdiendo un poco en cada vuelta para luego tener una gran ventaja en la estrategia desde antes de su segundo mundial en Interlagos -- Brasil 2006, del tirón --. Habiendo cumplido cuarenta y cinco el mes pasado, su vigencia es tan patente que el domingo mejoró la mejor carrera de tres cuartas partes de la parrilla. Pero ha pedido una renovación multimillonaria -- que me suena a provocar su retirada indirectamente --; en Spa-Francorchamps, acabó el Gran Premio haciendo unos derrapes que me recordó que su despedida estaba cerca; en Barcelona, dijo que sería su última vez allí, Oriol Puigdemont escribió que contaba los días para su marcha y, delante de los micros, machacó al coche. Si cierro los ojos, me imagino a El Nano levantando los brazos en lo alto del podio de Monza -- en dos semanas --, pero comentándola nada más acabar me di cuenta que ya era una opción muy probable el haber visto la última gran carrera de Fernando Alonso. Melancolía, ven a mí y no me dejes solo, con fuerza abrázame y no te separes de mí hasta que caiga dormido.