Hace siete días, en la Ciudad de México, se estaba viviendo una carrera de Fórmula 1 académica. Al desmadre en la salida, como debe ser -- las procesiones y las filas de dos para semana santa --, le siguió un momento «derbi de demolición», en el que Verstappen y Hamilton prefirieron dar una vuelta al circuito por donde mejor les parecía, para mayor regocijo y divertimento del espectador promedio a los coches caros con pegatinas. Mientras tanto, de repente, Bearman, sin nadie saber cómo, se cuela tercero, y no lo pueden pasar; y justo por detrás Piastri necesita adelantar porque su primer título mundial se le estaba cayendo como quien conserva agua entre sus manos. Además, y esto es lo mínimo que se debe exigir en cualquier fin de semana, tres cuartas partes de la parrilla pensó que lo mejor era hacer dos paradas, pero el resto dijo: «¿Y si solo hago una?». A diez vueltas del final, se mascaba la hecatombe mientras Verstappen pegaba grandes mordiscos al segundo puesto y Piastri, después de una carrera olfateando diferentes cajas de cambios, estaba a punto de salvar el fin de semana terminando cuarto. Todo se va a decidir en la última vuelta, sin embargo, como el trueno que cae del cielo, se despliega el Virtual Safety Car, a causa de un incidente que ni sale, y los pilotos concluyen la carrera a lento ritmo pausado. A qué mala hora, hace años, mi padre, henchido de ilusión, dejó puesta una carrera de Fórmula 1 con la esperanza de que su hijo pequeño sintiera simpatía por los coches rápidos de colores que salían en la tele. ¿Qué hago viendo esto si, en realidad, no me gusta?
Desde entonces, desde el domingo pasado, los recuerdos de mi relación con la Fórmula 1 han ido recorriendo mi mente, una y otra vez, como Oliver Bearman dando setenta y una vueltas al Autodromo de los Hermanos Rodríguez; como si girasen dentro de un carrete y la luz proyectara mi memoria sobre una sábana blanca extendida. Se ve un anuncio de Telecinco, en tonos negros y naranjas, promocionando el Gran Premio de Bélgica en el circuito de «Spa Farcrochans», tal y como repetí incansablemente durante esa semana. Después aparece mi primer recuerdo: un podio intergaláctico de Kimi Räikkönen, que salía último, en el desierto de Sakhir; aunque también recuerdo, meses antes, ver romperse su suspensión en Nürburgring mientras iba primero en la última vuelta; y la botella de RedBull tan guay que tenía con el nudo en la pajita de plástico azul. El carrete sigue girando mostrando las manitas y los pajaritos de Alonso cuando ganaba con Renault, el rato a llorar que me eché con su abandono en la primera vuelta de la primera carrera en el Valencia Street Circuit y la mirada perdida en los Grandes Premios de Bélgica en 2010 y 2012. También el asombro que me causó el primer Gran Premio nocturno en Singapur o la tira interminable de coches subiendo por las eses de Suzuka o madrugar para ver a El Nano ganar al pie del Monte Fuji.
Y todo esto sucede hoy que se cumplen diez y siete años del Gran Premio de Brasil de 2008, una carrera que resume mi infancia en una hora y media. La sábana blanca ahora mismo refleja el adelantamiento de Kubica, y el de Vettel -- un chaval, entonces, con menos edad de la que yo tengo ahora --. «Vuelve a llover en Interlagos», recuerdo como si quien lo dijera estuviera a mi mismo lado. Parece que Hamilton va a perder el campeonato: Alonso y Räikkönen acaban segundo y tercero, respectivamente, cuarto pasa Vettel y nadie en mi casa se dio cuenta que Hamilton había adelantado a Glock. Las lágrimas de Massa, en el podio, fueron las mías, desconsoladas, frente a la tele. Todo en el mismo día en el que me di cuenta que nunca más iba a volver a tener siete años. Resulta imposible explicar la historia de mi vida, sin nombrar a la Fórmula 1 en el primer minuto -- aunque seguramente se pueda conseguir hablando muy despacio. Querida setentaycincoañera, a falta del último Gran Premio, en el circuito de Interlagos, precisamente, esta ha sido la temporada de nuestra reconciliación. Bendito momento aquel en el que mi padre, henchido de ilusión, dejó puesta una carrera de Fórmula 1 con la esperanza de que su hijo pequeño sintiera simpatía por los coches rápidos de colores que salían en la tele, y veinte años después quedara para ver un Gran Premio en México.

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