lunes, 12 de octubre de 2026

Una cuestión de mindset

Es un efecto cada vez más fácil de señalar que el formato sprint, lejos de circunscribirse a la carrerita del sábado y la mini-qualy del viernes, también perjudica a todo lo demás. En esta casa se ha defendido a las carreras aburridas, como las de ayer, hasta límites difícilmente razonables porque, allende el atractivo de la espera de una persecución o una estrategia de tres cuartos de hora, la parsimoniosa sucesión de vueltas del domingo solo era la parte final de una historia que empezaba el viernes por la tarde con el reclamo de quién ganará, y también de quién hará decimotercero, por supuesto. El Gran Premio de Canadá, y esa pelea suya entre Antonelli y Russell, tomada prestada de una época anterior, solo pudo saberme a poco, porque las pruebecitas del formato sprint no me dejaron darle contexto. Tampoco ayuda que el Gran Premio de Singapur, que por urbano y nocturno, rezumaba progreso y modernidad en su estreno en 2008, ahora ya haya perdido el encanto y sus curvas se me confundan con las de cualquier otro circuito incluido en el calendario desde entonces -- Como director de arte --.

Lance Stroll, que es lento y diana de las burlas, pero por el que por él me compadezco porque seguramente esté obligado por su padre a ser piloto, tiene la extraña capacidad de entretener apacibles tardes de domingo con su sola participación en el Gran Premio. Sus intervenciones merecen mi más genuina curiosidad: el hijo del dueño del equipo puede estar todo el fin de semana con tiempos discretos y una cuota de pantalla por poco nula hasta que, en el segundo tercio de la carrera, llega su momento y hace lo suyo -- que es apartar el coche a un lado de la pista, generalmente --, y entonces todo cambia. El de ayer, como parte de una extensa secuencia, reemplaza a su abandono en el Gran Premio de Italia, hace un mes -- Aburrimiento y exhibición --, como su último golpe de efecto. En cambio, el intento de Franco Colapinto, que no es tan experto como Lance en estos ámbitos, mientras desenchufaba la máquina en una de las escapatorias del circuito, solo provocó un régimen de banderas amarillas de quince segundos y un par de paradas en boxes sin mucha historia.

Con Stroll saliendo del cockpit, y después de cerca de una hora dando forma, sin ningún género de éxito, a rígidas sillas de madera, apetece provocar un cambio de mindset para sobrellevar el aburrimiento. Entre otros beneficios, ver una carrera de Fórmula 1 en compañía permite motivarse sin motivos. Más cuando Leclerc, arrasando con blandos, arrancó las pegatinas del coche de Hamilton; «como gane, me tiro a la piscina»: y dejé el bañador sobre la silla cuando MadMax tuvo una salida de pista, por mucho que estuviera a quince segundos. También se celebró cuando, en el primer sector, el Ferrari restó noventa y cuatro milésimas a su diferencia con Verstappen. Los cambios de mindset, por forzados y poco duraderos, solo sirven durante una o dos tardes, durante quince o veinte minutos, pero te quitan las ganas de reírle las gracias a Liberty Media al día siguiente por la mañana. Entre Grandes Premios al sprint y circuitos que parecen un chicle al que se les ha ido el sabor, la temporada que viene o bien tendré inventarme muchas veces que Leclerc puede ganar, o bien solo veré las seis carreras que ya he marcado y para el resto me procuraré una buena compañía.



domingo, 27 de septiembre de 2026

DualShock 3

La victoria de España anoche en Wembley es el argumento más reciente de que esta Selección es el mejor equipo que jamás he visto jugar a fútbol, a pesar que hasta los diez y seis solo viese al Levante y acabe de volver de Torrevieja, colonia inglesa. Mientras el FIFA busca ser un juego cada vez más parecido a la realidad, la Selección Española despliega un juego cada vez más parecido al de la PlayStation. Y anoche recordé aquellos veranos de preadolescente, y aquel Modo Carrera con Juanlu, Barkero y Koné, en el que, al subir el nivel a Clase Mundial, la puta máquina: sabía a dónde iba a dar el pase; si no la pasaba, me la quitaba; y, al final, solo podía correr por la banda y centrar al área esperando un gol. Al ver la alineación en la pantalla, Paco Polit, un tío serio, aunque con un indiscutible aspecto de xoto, calló el tibio comentario de sus colaboradores para repetir: «Quin goig!, quin goig!»; fue toda una experiencia seguir un partido de la Selección narrado en valenciano.

Yo me encontraba, entonces, en un estado de éxtasis similar, que se superó al ver a Lamine Yamal correr detrás de la pelota como un condenado a robar el balón, que luego acabó depositando en las redes rivales. Ferran, un tipo listo y ágil sobre el terreno de juego, no le acompañan las aptitudes técnicas para chutar a gol, por muy tranquilo que se obligue a estar, como en su segundo mano a mano fallado. Por otro lado, Jude Bellingham, que, de complementarse con Ferran, saldría el futbolista perfecto, goza de una fortaleza física y de un nivel técnico privilegiados, pero se abruma con la esfericidad de la pelota, y no sabe qué hacer cuando la tiene, por eso siempre corre, hasta que considera que está lo suficientemente cerca de la potería, y chuta. El primer gol inglés, originado por un saque de esquina español desastroso, tuvo como eje central una portentosa carrera de Bellingham y un pase a Gordon difícil de fallar. El mismo Bellingham, con el partido ya remontado, fingió ser objeto falta dentro del área, como ya hizo minutos antes, y, cuando el árbitro revocó su primera decisión a instancias del asistente, no tuvo ningún pudor en celebrarlo; tremenda bala esquivaste, Aitana.

Todas las diferentes maneras que existen de jugar a fútbol se pueden clasificar en dos grandes familias: ganar por lo físico o ganar por lo táctico; y no hay dos países como Inglaterra y España que más representen lo uno y más odien lo otro. Ganar gracias a tener la pelota, que muy en esencia es lo que hace España, resulta tentadoramente fácil en los campos de entrenamiento de San Jorge, como bien pudo saber Tuchel. Anoche España terminó las posesiones rivales sin ni si quiera rozar a ningún jugador inglés, simplemente minando el terreno de trampas tácticas, como si fuera un partido de baloncesto, en el que el contacto físico está sancionado; cuando Baena anotó el gol del empate, O'Reilly se la pasó a uno del otro equipo porque, como yo jugando al FIFA 12, no tenía otra opción. Y el gol de Oyarzabal, una vaselina fenomenal, ligera como una pluma, tranquila como es él, cuya repetición en cámara lenta me recordó a la celebración del gol de Morata en ese mismo estadio, en esa misma potería, solo fue el último tanto porque Hary Kane se resbaló al lanzar el penalti que había fingido Bellingham.



sábado, 12 de septiembre de 2026

Aburrimiento y exhibición

La carrera del Gran Premio de Italia, del pasado domingo, fueron dos carreras en una, separadas por la parada en boxes de Antonelli. En la primera de las dos partes, hubo muchos adelantamientos -- y ninguno bueno --, hasta que el seguidor promedio a los cochecitos de colores con pegatinas dejó de sentirse cautivado por la lucha por la victoria porque el averiguar si Russell seguiría primero al acabar aquella vuelta o la de dentro de diez ya no tenía ninguna importancia. Entre medias, caí en la tentación de comparar éste con el Gran Premio de Canadá, y esa mutua persecución entre los Mercedes, tomada prestada de una época anterior, pero pronto me percaté que lo retransmitido en Monza, más que a una carrera, se parecía a un vídeo grabado por Pegasus, difundido por la Policía, en el que un conductor, que excede el límite de velocidad, va adelantando. Hubo una vez que ni a Lobato -- vi la primera parte acompañado -- le dio para gritar que aquello era lo mejor que le había pasado en la vida, después de cuando supo cuánto valía su coche.

Aunque salía último a causa del programa de gestión de los recambios del motor, baby fenomeno tardó diez y ocho vueltas en alcanzar la primera posición, antes de que las baterías de los cojones empezaran a hacer de las suyas, y los Mercedes pasaran a ser simples vasos de un trilero. Verstappen, en tercera posición, ya tenía los pies a remojo y los pantalones arremangados, y esperaba paciente; Mercedes lo vio y mandó a sus pupilos dejar de pasarse absurdamente, en un instante en el que a Russell le tocaba ir primero. Antonelli protestó porque su equipo le había condenado a ser segundo. Al mismo tiempo, Lance Stroll -- me gustaría recopilar de cuántos domingos aburridos nos ha salvado este tío -- abandonó su Aston Martin en un margen de la pista. Durante ese momento, las cuentas salían, y el tiempo perdido por una parada adicional, que ahora era menor, podía ser compensado al equipar mejores neumáticos: bienvenidos a la Fórmula 1; que pena que para entonces, mi acompañante, que estaba viendo su primera carrera, ya estuviese planchado en el sofá.

Kimi, que diez días antes había cumplido veinte años, es un chaval que va a conseguir de aquí a uno o dos meses librar a Italia -- no hay país en el planeta al que más le guste la Fórmula 1 -- de tener que nombrar a Alberto Ascari como su último ganador, setenta años después; mientras que, con carreras como la de Montecarlo, este junio, o la de Monza, este fin de semana, consigue que se le nombre junto a Senna, allende su indudable aspecto físico. Mientras Leclerc había reventado el coche contra los neumáticos, una vez más, y Hamilton vagaba a la deriva, maltrecho por la estrategia, y sin hacer un adelantamiento desde 2018, media Italia se preguntaba como come cazzo questo ragazzino no corría para Ferrari, al ver a Antonelli recuperar todo el tiempo perdido de la parada. Con Russell rogando clemencia y Monza a punto de reventar, Antonelli se salió de pista adelantando para ganar; baby fenomeno, te quiero, yo también me hubiera puesto nervioso -- aunque te habría matado yendo por la grava --. Faltaban tres vueltas: volvió a pista, y lo volvió a pasar.



martes, 25 de agosto de 2026

La última gran carrera

La de este fin de semana ha sido una carrera de homenaje para la Fórmula 1, si bien no por su brillantez y desaforado entretenimiento, sí por cumplir con sus usos y costumbres, por los que he profesado ferviente devoción hacia la setentaycincoañera, aún cuando lo nuestro pendía de un hilo. Es un gusto muy satisfactorio poder señalar a la pantalla y asegurar que eso es Fórmula 1. Cada quince días, desde primavera hasta verano, he estado viendo carreras como las del domingo, y en todas ha competido Fernando Alonso, salvo en dos temporadas; El Nano ya forma parte de la Fórmula 1 como lo hace la bandera de cuadros o un pit stop de Ferrari. Las buenas carreras no tienen secretos -- y por eso, al acabar este Gran Premio, tengo la misma sensación que cuando acabé el del año pasado: que lo voy a echar de menos en invierno --: un circuito formidable, pocos adelantamientos pero buenos, y alguien que a mitad carrera piensa: «¿Y si solo paro una vez?». Lo único malo es que el agosto que viene no se repetirá, porque hay que hacer sitio a otros circuitos peores.

Muy pocos son quienes saben cuántas más oportunidades me quedan, pero yo sigo manteniendo la fe, en cada domingo de Gran Premio, de ver una victoria de Alonso, aunque la razón me diga que mis opciones son remotas; y así lo gritaba dentro del casco, abordo de Camila. El resultado de la revolución técnica en el motor Honda del Aston Martin de Fernando Alonso fue un desesperanzador decimoctavo puesto en clasificación. Pero en la primera vuelta, Verstappen, hermanísimo de El Nano, sobrestimó la adherencia de la última curva y estampó su monoplaza; Bortoletto, representado de El Nano, hizo algo muy parecido. Luego, a Bearman, que ya no sé si estaba delante o detrás de él, se le paró el coche. Y cuando moví la vista a la clasificación, el asturiano más rápido del planeta ya iba decimotercero. Le pegó una pasada de locos a Albon o a Carletes -- no lo sé, no lo pusieron en pantalla grande -- y cuando me quise dar cuenta iba octavo, por haber administrado el deterioro de sus neumáticos durante casi la mitad de la carrera. Ninguno, salvo Hulkenberg, salió delante de Alonso tras sus segundas paradas en boxes, y, marcando consecutivamente su mejor vuelta hasta la última, retuvo a Gasly, y su remodelado Alpine, a más de un segundo de distancia tras el paso por línea de meta.

Alonso pilota perdiendo un poco en cada vuelta para luego tener una gran ventaja en la estrategia desde antes de su segundo mundial en Interlagos -- Brasil 2006, del tirón --. Habiendo cumplido cuarenta y cinco el mes pasado, su vigencia es tan patente que el domingo mejoró la mejor carrera de tres cuartas partes de la parrilla. Pero ha pedido una renovación multimillonaria -- que me suena a provocar su retirada indirectamente --; en Spa-Francorchamps, acabó el Gran Premio haciendo unos derrapes que me recordó que su despedida estaba cerca; en Barcelona, dijo que sería su última vez allí, Oriol Puigdemont escribió que contaba los días para su marcha y, delante de los micros, machacó al coche. Si cierro los ojos, me imagino a El Nano levantando los brazos en lo alto del podio de Monza -- en dos semanas --, pero comentándola nada más acabar me di cuenta que ya era una opción muy probable el haber visto la última gran carrera de Fernando Alonso. Melancolía, ven a mí y no me dejes solo, con fuerza abrázame y no te separes de mí hasta que caiga dormido.



martes, 28 de julio de 2026

He oído el silencio

Estos días que siguieron a la victoria en la semifinales contra Francia, he tenido un sueño recurrente, cuya imagen me ha perseguido, ya despierto, consagrado a las tranquilas y muy holgadas obligaciones de la vida de vacaciones, poniendo a prueba mi concentración. Imaginando que esto es un capítulo más de la obra onírica de Freud -- En otra época --, como si ahora formase parte de su consulta, en un estadio abarrotado, bajo un sol escandaloso, yo, como si fuera un recogepelotas, apostado a pocos metros del banderín del córner izquierdo más cercano -- ese mismo en el que Iniesta celebró el gol de todos --, veía como Ferran corría hacía a mí, con los brazos formando una cruz, y me gritaba: «¡He oído el silencio!». La imagen onírica, que ya es solo un recuerdo ocre sin a penas movimiento, por motivos obvios es una confección del irreductible deseo en el que ganábamos el mundial, pero también, de manera más escondida, es un símbolo de lo convencido que estaba de que se cumpliera.

Dos noches antes de la final, en los momentos previos a una pachanga desenfadada de fútbol sala en las pistas de los Jesuitas, recibí el saludo y el abrazo de una amiga, recientemente incorporada a la disciplina del primer equipo del Levante Unión Deportiva, que, nada más despegarse de mí, me preguntó si estaba ilusionado por la que se nos venía encima el domingo; «convencido» le contesté, su muestra de aprobación fue total. Nunca he necesitado razones para creer en una segunda estrella, pero siempre he podido encontrarlas. La primera fue en la final de Champions de 2025 al ver a Fabián desplegando un fútbol encomiable, y la última fue este mismo viernes cuando, arrebatado por las virtudes tácticas de un partidillo en el último sótano del balompié español, pensé en qué no sucedería en la cima del deporte. España es ese país en el que si sales a la calle conduciendo un balón es más fácil que un niño te tiré una línea de pase a que, después de dar continuidad a la jugada con un control orientado, te diga cuánto da siete por ocho -- que dedico las tardes a enseñar matemáticas --; en el que los mediocentros de Tercera División, a tres velocidades menos y sin su prodigio técnico, quieren jugar como Rodri, y sus entrenadores, como España.

El domingo sonreí cuando, a las diez de la mañana, me di cuenta que tendría el tiempo justo para llegar al partido con algo de antelación; te debo una Fórmula 1. Ya en el lugar en el que fuimos campeones, antes de que el balón rodara, abundé acerca de mi convencimiento con un amigo de mi hermano, que era la primera vez que lo veía, y que quizás solo lo vea ese día. Ese mismo amigo, que me notó desesperado tras una ocasión fallada al muy poco de empezar, perfumó con unas pocas palabras sabias: «¿Qué hemos hablado?»; «Tienes razón: es solo una cuestión de tiempo», se rio, y no sé por qué. Esta final ha sido de los partidos que más he disfrutado en mi vida, por la importancia del resultado y por lo absolutamente tranquilo que estuve. Habiendo cumplido el tiempo, viendo la repetición a cámara lenta de la falta de Lamine Yamal, me invadió una pegajosa satisfacción por simplemente poder recordar para siempre esa exhibición, que ya nos pertenecía. Cuando Ferran salió al campo, con la imagen del sueño apareciendo ante mis ojos, apunté: «Como meta Ferran, me desnudo». Cuando media hora después, el balón volaba de derecha a izquierda, anuncié: «Pues ya está». El momento (soñado) había llegado.


martes, 21 de julio de 2026

En otra época

El viernes por la mañana me desperté mientras estaba acabando un sueño. La alarma sonó cuando, yendo en un taxi, al que yo me había subido de improviso, en dirección al circuito de Spa-Francorchamps, le estaba explicando a Leclerc, que, habiendo ganado ya varias carreras en su trayectoria, su siguiente paso debía ser llevarse dos victorias consecutivas; añadí: «queremos ganar este fin de semana», mientras hacía tozudos intentos, no únicamente por hacerle entender mi castellano, sino que el uso del «nosotros» implicaba que, como un aficionado más de Leclerc, sentía sus victorias también como mías. Cuando la vigilia arrastró su poderosísima cualidad razonadora hasta que volvió al vívido sueño en una inconexa secuencia de imágenes a fogonazos -- espero que Sigmund Freud se sienta orgulloso de mí después de cautivar mi total interés a finales del verano pasado -- no solo caí en la cuenta que Leclerc ya había ganado dos carreras consecutivas, sino que fueron su primera y segunda en la Fórmula 1.

Freud también decía que los sueños no son sino una realización de los deseos, de hecho esta es la idea central de su trabajo, y de éste, querido Sigmund, es mucho más sencillo distinguir su deseo de los que tú exponías. Mi afición por Charles Leclerc, un piloto al que ya admiraba en su temporada de debut en Sauber, e incluso cuando compartió garaje con Carletes, ha explotado esta temporada, en la que la Fórmula 1 se ha organizado para que los tres coches más rápidos -- con permiso de RedBull -- los lleven tres pilotos ingleses; y empieza a no serme casualidad que sus tres compañeros me caigan tan bien: Piastri es un tío tranquilo, que quizás por eso admiro tanto, y Verstappen -- rival de todo lo inglés -- ha cubierto todo el arco argumental de villano a héroe, desde sus primeras carreras hasta descubrirse como un tío honesto. Pero es que además, Leclerc, junto con Antonelli, es toda una revelación de sentimientos, unas ganas desbordantes de ganar y una pasión incontrolable por llevar un Fórmula 1.

Saliendo desde la cuarta posición, Leclerc, que lleva toda la vida viendo las olas del Mediterráneo desde el balcón de su apartamento de lujo de Mónaco, se puso segundo antes de la frenada de Les Combes. Desde ahí, beneficiado por primera vez en su carrera por un Safety Car, subió a la primera plaza. Que Leclerc sea un pupas es algo que valoro al mismo nivel que su mediterraneidad, hasta el punto que, detrás de cualquier mínima victoria para el automovilismo patrio, su primer mundial con Ferrari será lo que más feliz me haga. Quedaban doce vueltas y, justo que como le había explicado el viernes por la mañana en el viaje en taxi, iba primero. Pero Antonelli, que tiene a media Italia preguntándose cómo está corriendo para Mercedes, y no para ellos, cumplió lo que se le negó en Silverstone, y, tal y como vino, lo adelantó y se fue. Si ahora me gusta la Fórmula 1 es más por lo que yo he hecho por ella, que por lo que ella ha hecho por mí. En otra época, habríamos tenido unas últimas vueltas memorables.



lunes, 6 de julio de 2026

Un pulso

Buenas tardes,

Quedan dos horas para que España juegue los Octavos de Final de la Copa del Mundo de Fútbol contra Portugal y confieso sin ningún pudor que estoy muerto de miedo porque creo que vamos a perder. No me ayuda en absoluto leer la convocatoria de la Seleção das Quinas, plagada de estrellas; un compendio de nombres y apellidos que asustan, cuya media del FIFA, o valor en Transfermarkt, no me hace falta conocer para asegurarme de que estos tíos son muy buenos. Aunque no se la haya tomado tan en serio como a Argentina, a Francia, o a nosotros mismos, Portugal forma parte del reducido grupo de selecciones favoritas, desde antes que empezase el mundial; eso, especialmente desde antes de que empezase el mundial, antes de que el mundo del fútbol le viese un juego romo y cobarde que, hasta el partido de Croacia, en la inmediata fase anterior, no empezó a engancharse.

El partido de la eliminación de Modric, Perisic y Baturina, ese mismo que clasificó a nuestro rival de hoy, ha sido el único del torneo que he puesto en la tele por motu propio, para verlo solo, y fue a fin de calmar este miedo, que ya entonces era acuciante. Sin embargo, contra Austria, hace mucho menos de una semana, tampoco necesité a un acervo de jugones, ni enfrentarnos a una selección con ciertas opciones de levantar ese lingote de oro muy bien tallado a mediados del corriente mes para ver pasar el vértigo de irnos a casa. El sentimiento que tuve de que hoy es el fin, merendando una pizza clamorosa en las horas previas al partido contra Austria, es perfectamente comparable al actual, sin que esté acompañado por un homenaje gastronómico semejante -- creo que debo cenar antes de que empiece todo --. Digamos que, pese a que no hay eliminación dulce, todavía no estoy preparado para dejar de jugar este mundial; no, al menos, tan pronto.

Por otro lado, estoy enfrentado con un fuerte sentimiento. Este miedo no está solo porque no puedo evitar sentirme totalmente arrasado por la ilusión de ganar el mundial. Tengo miedo de perder esta noche, y solo me puedo imaginar que perdemos, pero estoy convencido de bordarnos la segunda estrella. Creo que es compatible. Un pesimismo galopante, azuzado por un rival de enjundia, frente a la poderosísima fe y su hermana la desbordante ilusión. Lo único que guardo como certeza es que el recuerdo de lo que pase ahora será eterno, ya como el envolvente sabor amargo de la tragedia, ya como un cauto capítulo del camino que nos lleva a ver a Rodri besando el trofeo dentro de dos semanas.

Un saludo.



Creo que Ferrari tiene el mejor coche

«Y para ello -- decía -- debo asumir dos conjeturas». Por un lado, valiéndome de sensaciones, sin anotar victorias, podios, puntos o el duelo directo en sesiones clasificatorias, Russell fue más rápido que Hamilton durante las tres temporadas de forzada convivencia bajo la férrea tutela de Toto Wolff; ahora, habiendo cruzado el umbral del garaje de Mercedes para pilotar un Ferrari, Hamilton supera a su antiguo compañero de equipo con holgada regularidad, cosa que ayuda a entenderse aceptando que Maranello tiene mejor coche. Por otro lado, que Antonelli demuestre, allá donde lo lleve la Fórmula 1, ser el líder de la categoría al volante del segundo coche mejor preparado se explica al establecer que este adolescente es un super clase, cosa que estoy valorando concienzudamente desde que me cautivó el gusto con su victoria superlativa en las calles del Principado de Mónaco, contradictoriamente, la última de su ininterrumpida secuencia de cinco, que ocupa todo su incipiente palmarés.

Una bandada de motas rutilantes, de una intensa incandescencia dorada, flotan entre suaves ondas, breves y delicadas, como veleros de tela blanca, dejando un paisaje irrepetible, que dura lo que un instante; su silbido sordo, a penas un rumor que se disipa solo un poco más allá, comparte el lugar con los ecos de una conversación sencilla, intrascendente. Como dos individuos, cada uno a cada lado de una esquina, esperándose mutuamente, que no se ven, tampoco se oyen, pero se intuyen al dar la vuelta, no hay conversación que llene más el ánimo y prodigue con tanto afán el esparcimiento como aquellas que no tienen fin, en las que no hay manera de dar con el resultado correcto; y a más simple, mejor. El sol es una picadura tenue que seca pequeñas gotas posadas sobre la piel y, al dejar caer los párpados, vuelve la vista en un agradable y uniforme color amarillo, mientras se erige como una evidencia que no hay época que pliegue al domingo de verano, que no hay momento más propicio para entregarse a la levedad del deporte.

En el circuito de Silverstone, otro símbolo inquebrantable del periodo estival, Leclerc abrazó con fuerza la primera posición, gracias a una salida exuberante, que trajo consigo, al otro lado de la pantalla, un emocionante zarandeo en el que huesos y músculos eran vagamente contenidos por la piel, en el que el alma deslumbrante salía despedida del pobre cuerpo. Antonelli, que dedicó un cuarto de hora largo a dejar a atrás a Hamilton, y solo pudo arañar la superficie de la pétrea resistencia de Leclerc en la distancia, fue una mancha a cada poco más definida en la estela del Ferrari del de Mónaco, ahora sí, al equipar neumáticos con menor desgaste, hasta que una parte de su chasis dijo basta, a una docena de vueltas para el final. Leclerc, que pudo saborear el triunfo tras la capitulación de baby fenómeno, cruzó la bandera a cuadros gritando una frase que suena mejor en castellano que en inglés: «los tiempos duros nunca duran, los tipos duros duran siempre, blubudublu», que fue la parte central de un domingo de julio académico, con buena compañía, con Haaland y Schjelderup bordando el fútbol, Inglaterra resistiendo -- como yo -- hasta pasadas las cinco de la mañana, y, me sigue sorprendiendo, sin ver la Fórmula 1 en soledad.



martes, 23 de junio de 2026

Dos tipos de victoria

El fútbol, ¿qué duda cabe?, es un juego de detalles acompañado de consecuencias desproporcionadas, como el cuatro a cero del domingo por la tarde. No he estado muy atento a ninguno de estos dos partidos, que me recuerdan a un amistoso internacional en el Enrique Roca de Murcia, pero me duelen como si fueran parte de la fase final de la Copa del Mundo; sin embargo, la primera victoria de España en este mundial llegó jugando un fútbol muy similar al del lunes pasado, al menos durante el cuarto de hora largo que duró aquello, hasta que metimos tres, y entonces pasó a ser una pachanga que ninguno de los dos quería jugar. Negar que España también habría arrasado sin brillo a Cabo Verde si el tiro de Ferran al travesaño hubiera botado dentro de la portería es comparable a no admitir que el segundo y el tercer gol solo pudieron ser hijos del primero, que si el pase hubiera ido más fuerte o Lamine tarda en tirar el desmarque, conseguir el gol en la siguiente jugada hubiese sido cada vez más difícil.

Digamos que hay dos tipos de victoria -- there are two kinds of victories, decía ayer por la mañana --: las que son una alegría y las que son un alivio -- the ones that bring happiness and the ones that bring calm instead --. La reciente victoria de la Selección Española de Fútbol, como parte de un partido de seis días y veinte minutos, colmó de alivio al Reino español, siendo la única razón de nuestra alegría el no haber perdido. Lejos de que la victoria contra Arabia Saudí nos inunde de ilusión, este alivio nos deja en una posición interesante, pese a que preferiría vivir con la primera sensación. Así, el recuerdo de no haber metido gol contra Cabo Verde tiene dos posibles impactos: el de traer fantasmas del pasado cuando, en Cuartos de Final, Granit Xhaka practique ejercicios de calistenia con el larguero o, como yo creo, que nadie deba convencer a ningún Pedri de los peligros que entraña jugar sabiendo que «ya se ganará», ahogando la opción de ser eliminados por suficiencia.

Por otro lado, Oyarzabal es un tio tranquilo -- como Piastri --, que forma parte de la esperanza. Ayuda al compañero, respeta al rival, no protesta al árbitro, y se parece a Miroslav Klose si juega con Plvs Vltra bordado sobre el pecho. Cada verano que pasa se le suman dos millones a la oferta que hace el Athletic Club por él, pero que rechaza solo porque es de la Real; a diferencia de otros, se está ganando, ya retirado, salir en el videomarcador de un estadio cualquiera y recibir una ovación. A tenor de un equipo donde los jóvenes son una plaga, y sabiendo que lleva una década en la élite, sin haber llegado a los treinta, encabeza, junto a otros, una Selección en la que su conducta es ejemplo, salvo para un par que tienen un quico detrás de la frente. Un equipo que en lugar de intimidar y machacar al compañero para ganarse la titularidad, emplea la testosterona en jugar a fútbol, no bajar los brazos y ser valientes cuando otros, con más güevos, serían cobardes. Un valeroso grupo de chavales, todos de mi edad, con ganas de comerse el mundo, y también el mundial.



martes, 16 de junio de 2026

Una CocaCola

No levanto cabeza, xavales. Esta tarde, una mujer caminaba hacía a mí hablando por teléfono: «Bueno, vale, ¡estate tranquilo!», mientras yo me preguntaba si se trataba de otro españolito to rallao. El final del partido de ayer de la Selección Española de Fútbol me dejó aplastado, como una lata de CocaCola vacía, que ha rodado calle abajo, hasta que alguien la ha pisado. Hacía tiempo que el fútbol no me dejaba así, habida cuenta de un último verano victorioso y la complicada fase que atravieso con respecto a les barres blaugranes. Media hora después, solo, con la casa en silencio, pasé de la cocina y el hambre, y me fui directamente a la cama por pura pena. Todavía hoy, al cerrar los ojos, veo a unos pobres hombres españoles, agobiadísimos, dándose pases en la zona frontal del área; ayer por la tarde me dormí imaginando que uno de esos pases dejaba a Oyarzabal solo delante del portero, que Gavi cogía la pelota y corría hacia la portería, que nada había ocurrido como recordaba.

España lleva tres mundiales seguidos jugando el mismo partido, y, como contra Marruecos, y antes contra Rusia, cualquiera hubiera empatado contra nosotros. Ayer Cabo Verde no se organizó en base a las aptitudes futbolísticas de sus jugadores -- como sí hizo Australia a primera hora de la mañana del domingo --, sino que solamente se dedicaron a ocupar un espacio dentro del campo. La Selección Española ha conseguido, de manera reciente, superar partidos en los que el gol era una urgencia, o en los que el rival se ha plegado sobre sí mismo esperando ser rescatado por el pitido final. Pero ayer, pasados cinco minutos, alguien debió pensar, como yo hice: «¿Cómo cojones no hemos metido gol todavía?»; supongo que otro alguien se acordaría de haber visto -- otros de haber jugado -- el partido contra Marruecos; y luego no se cómo todo se convirtió en un ejercicio contrarreloj para ver qué llegaba antes: si el último minuto o el primer gol (de España) -- Tota pedra fa paret --.

Si bien los partidos contra Rusia y Marruecos acabaron en eliminación y el de ayer no, el sentimiento es muy parecido. En otras palabras, Morata tirándose de rodillas mientras celebraba el gol contra Italia con tres cientos españoles detrás desbordando el alma por el cuerpo es uno de los momentos de mayor españolidad de mi existencia, pese a que fuese la antesala de una derrota. Afortunadamente, España sigue compitiendo en este torneo; esa es la única parte positiva de todo esto. El razonamiento que sigue a que el empate de Uruguay ha reducido la fase de grupos a solo dos partidos, me sienta igual que recordar el tiro al larguero de Ferran ayer. Aunque peor es contentarse con que en 2010 perdimos contra Suiza, que Argentina y Arabia Saudí no sé qué, o que el Atlético de Madrid ha sido subcampeón de la Copa del Rey. El creyente no necesita milagros para oponerse a la incredulidad, mucho menos supersticiones. Vamos a ganar el mundial, y eso es algo en lo que creo, a pesar de no cenar, dormir durante once horas, llevar una camisa sin planchar y no querer saber nada de la Selección hasta el domingo.



domingo, 7 de junio de 2026

Un deber

Canadá

Mucho se ha hablado acerca de cómo la Fórmula 1 ha influido en mi carácter, pero muy poco de cómo mi carácter influye en mi relación con la Fórmula 1. Cuando el pasado sábado terminé de ver el Gran Premio de Canadá, sentí que le había robado al presente un momento de otra época. La persecución entre Russell y Antonelli en la Isla de Notre-Dame, aunque parecida, por la ridícula concatenación de errores, a la pachanga que me eché con mi hermano la víspera de unos exámenes finales de Bachiller, fue esperanzadora de ver una competición de más de dos vueltas, que eran las que se necesitaban para entrar en zona de DRS y rebasar al de delante, como si fuera una señal de tráfico. Al igual que el love bomber hace con su nueva novia, después de cada carrera, me cambio el fondo de pantalla del ordenador del trabajo, y, esta vez, cuando abría un Excel, sonreía al recordar viendo a Russell y Antonelli. Semanas atrás, en mitad de parón de abril, apagué la tele porque ver Gran Premio de Francia de 2007, y saber que nunca se repetiría, me estaba matando de pena.

Sin embargo, no solo una gran carrera estaba detrás de mi buen momento con la Fórmula 1. Los repetidos vítores -- «vamos a ganar el mundial» -- cuando a Alonso le dio por meter a esa furgoneta de reparto de Mercadona en sexta posición durante los entrenamientos libres fueron comparables con los golpes de celebración que propiné a la pobre mesa de este comedor cuando me percaté que a los mamarrachos de DAZN se les había olvidado vetar el sonido ambiente en la segunda salida de audio. Y todo por oír el sonido a perro afgano enfermo -- Alors on danse -- que hacen estos motores. El caso es que después de ver, y oír, pasar al Ferrari de Charles Leclerc por la última chicane del circuito, se me escapó un «joder», pese a que me pierda con los detalles del «overtake mode» y la exhibición de megajulios de Lewis Hamilton para pasar a Verstappen a cinco vueltas del final. Con la reconciliación recién firmada, creo que una época en la que estoy muy necesitado de cariño se ha abierto, sea del tipo de cariño que sea.

Mónaco

Este fin de semana, viendo a los cochecitos en el paseo marítimo de Montecarlo, he tenido que pasar un paño húmedo por la golpeada mesa de este comedor, para limpiar la baba, al igual que hice hace siete días, cuando Leclerc hacía eses en Canadá. No obstante, los muy cazurros de DAZN han metido a Lobato no solo en la salida de audio principal, sino también en la secundaria. Ayer, viendo al coche blanco y azul de Arvid Lindblad, estuve a punto de imaginar al motor BMW V10 del Williams de Mark Webber bajando marchas a la salida del túnel -- no me ha hecho ningún bien ver este vídeo --, casi lo conseguí; hoy, todavía con el sabor del caramelo de Montreal en la boca, me he negado a ver la carrera en silencio. Y he buscado alternativas. Después de teclear «BBC radio live» en cierto navegador web, dos voces, la de Damon Hill y otra que entendía bastante bien, salían por los altavoces de la tele eslovaca que me regaló mi hermano, hasta que se han cumplido las tres de la tarde, ha empezado la vuelta de formación, y se ha interrumpido la retransmisión, obligándoseme a estar en UK para oír la radio a esa hora -- ¿se puede ser más soberbio? --.

Esta temporada en la Fórmula 1 se está librando la batalla más antigua de la historia de este deporte, y también la más veces repetida -- ¿acabará este sucedáneo de portal web por ser algo serio? --: la pérfida Albión contra el resto del mundo, que generalmente ha sido Ferrari, y esa mania tan suya, salvo con el fichaje de Hamilton, que fue lo más raro que he visto en mi vida, de no fichar a nadie que no sepa decir «bona sera»; Motor Valley contra la idea de que pilotos, ingenieros y mecánicos deberían ser de lugares que estén a más de 20 minutos en coche de distancia. El campeonato de este año se decidirá entre los dos pilotos de Mercedes: un indudablemente británico de ojos saltones y el segundo tío más mediterráneo del paddock -- detrás de Leclerc --, que come boloñesa dos de cada cinco días. Como españolito de sangre caliente que soy, y estoy recordando la nanomanzana del Gran Premio de Hungría 2007, elegir el bando de Antonelli no es opinable, es un deber.

Antes de concluir la vuelta de reconocimiento, la RAI sonaba con fuerza en mi casa. Una tarde grande para Italia: cada cinco minutos conectaban con Parigi porque Flavio Cobolli era el cuarto italiano en jugar una final de Grand Slam en la era open. Antonelli iba a ganar el Gran Premio de Mónaco y los dos Ferrari subirían al podio, hasta que Stroll levantó el asfalto de la última curva, Ferrari tejió la pantomima con Leclerc -- que había reducido la diferencia con Hamilton para ser segundo, aprovechando sanción del inglés --, y acabó reventando el coche después de pisar el mismo trozo levantado que Stroll. Kimi, que lleva el nombre en honor a Räikkönen, es un «baby fenomeno», que hace nombrar a Alberto Ascari setenta años después; es la cara nueva de la Fórmula 1, y este fin de semana me ha hecho ver, por primera vez, lo talentoso que es; «un ragazzino che si diverte!», decían desde Italia, después de coger derrapando las dos últimas curvas del Gran Premio, y que «canta l'inno con la mano sul cuore, e un sorriso sul volto».



martes, 5 de mayo de 2026

Un bonito recuerdo

En esta casa sentimos devoción por generalizar, pese al razonable margen de error que siempre entraña; es más, no todas las generalizaciones de esta casa cuentan con la misma robustez, que depende de su margen de error, precisamente. Lo contrario sería abrazar la barbarie y el desgobierno, tan impropio en esta propiedad; sería un desprecio absurdo del conocimiento en favor de la ignorancia, un principio de valencianismo. Total para acabar diciendo que el día salió nublado; en esta casa también nos gustan los contrastes. Cuando el lector de pasados unos años se pase por este sucedáneo de portal web, la entrada que nos ocupa habrá cumplido su mayor cometido. Y cuando el entonces lector lea cuatro o cinco de mayo y se imagine una jornada de sol radiante -- como la que hoy hace --, que llama al verano a voces, con un molesto calor subiendo desde las plantas de los pies por unas medias siempre demasiado gruesas, y dos mejillas rojas, una a cada lado de la nariz, el entonces lector habrá confundido el desapacible día gris del sábado, bajo una gorra de nubes, a punto siempre de llover, que despertó la manida queja del resol, y su dolor de cabeza, entre el reducido respetable que formamos amigos, novias y ex-compañeros.

Recorrer Primado Reig por entre sus carriles destinados al tráfico, una actividad prácticamente inédita hasta hace un año, pero que repito con cierta asiduidad desde que buenos amigos pasaron a vivir en Profesor Tamarit Olmos, 16 y desde que los viernes tengo una cita con las matemáticas en Benimaclet, siempre ha sido una que ha puesto en alerta mi desarrolladísimo sentido de la precaución, fruto de un pesimismo galopante e incontrolable. A Mestalla no van mujeres; al fútbol van pocas, pero a Mestalla menos. Y, sí, cállate, pequeño xoto, que ya se que una vez te llevaste un ligue, que ya no te volvió a hablar, a la grada del mar -- o como coño la llaméis --, y que tu padre conoció a tu madre celebrando un gol de Mario Alberto Kempes. Cállate, porque a parte de xoto y pesado, eres ignorante. Primado Reig no es mi lugar favorito para llevar el coche, menos si un acervo de cabras, con el pelaje blanco y las pezuñas negras, se mueven motorizadas en dos y cuatro ruedas. Un recuerdo a Luque, a Cubo y a la media hora del fenomenal debut de ambos en Primera División.

Saber cuánto tiempo me habría llevado llegar a mi verdadero destino es cosa que solo la imaginación lo permite. (Acabo de comprar la entrada para el concierto de Carolina Durante del 26 de noviembre en Valencia.) Desde el pasado noviembre, con motivo del tercer aniversario del coche que nos estaba trasladando a la castellonense localidad de Villarreal, debía abonar una anualidad que subía hasta los 25€ para contar con navegación por GPS, cosa que no hice porque no le tengo miedo a perderme. No obstante, en una atinada y velocísima intervención de mi acompañante se me indicó, no tanto que el camino era el incorrecto, sino que el destino era otro. Una agradabilísima charla sobre fútbol, Arbeloa y Vinicius, el nombre de los estadios de fútbol y como Los Pajaritos fue piedra angular de una arraigada relación de amor entre dos amigos míos, en la que se incluyó un último tramo de rally, más por la profesionalidad del copiloto que por la modesta velocidad, terminó con una exhibición -- otra más -- aparcando el coche.

En el centro del campo y en el lateral izquierdo del Roda, dos veteranos destacan sobre un grupito de chavales imberbes, aniñados, con menos aires de superioridad que el resto de filiales de la categoría. Dos señores con cara y pelo de padre que tienen a sus hijos apuntados a refuerzo de matemáticas, pese a que la edad que pone en bdfutbol es ostensiblemente menor a la de su apariencia -- Borja y Alberto --. Pareciese que su rol en el equipo es el de ayudante del entrenador, dos tíos que evitan que la desesperación o la inapetencia se haga con el vestuario tras cinco partidos sin ganar, y también para quitarle el marrón de ser capitán a un veinteañero todavía acobardado. Pero esa idea, aunque coherente, se diluye rápido cuando ves el primer centro al área de Alberto; Borja reúne las condiciones del típico capitán con la lengua suelta, que jamás la lía porque no se juega ni una sola, hasta que el tiempo aprieta y saca brillo a su extenso repertorio de organizador de equipos, como si se estuviese dejando hasta ese momento.

La incipiente calvicie de Alberto ha despertado la queja de mis acompañantes que, lejos de alimentar su recreo, solo el amor -- y quizás la esperanza de ser recompensadas luego por haber ido a verlos jugar -- les ha empujado a pasar hora y media de un sábado en sendos asientos de plástico; sus respectivos gozan de una salud capilar todavía muy superior a la de sus veteranos rivales, mientras que con la mirada buscan a la mujer de Alberto, deseando no encontrar a nadie. La conversación, contestando para el cuello de la camisa, ha pasado a abarcar la reprobable actitud de la grada, que entre fervientes insultos y desagradables deseos, atizan a Berbegall, titular por primera vez en la temporada, después de que una lesión en julio, lanzando a portería con el entrenamiento acabado, lo dejara apartado del equipo; Alberto, en un, para mi sorpresa, deliberado acto antideportivo, le ha hecho ver que retrasaba un saque de banda para arañar segundos de juego, consiguiendo que familiares y amistades entren al trapo, como barriobajeros.

A esas alturas de partido, el Club Deportivo Soneja ya ganaba cero a uno, marcador que mantuvo intacto hasta el final. Víctor Julià es un jugador díscolo, casi desobediente, casi indisciplinado, que en toda una temporada ha bajado a defender las mismas veces que mi padre ha bajado la basura en todo su matrimonio. Dicen de él que ganó veinte euros en una tragaperras, de camino a un partido en Alicante; semanas después, como no le apetecía repetir el viaje, pese a las luces tintineantes y los sonidos lucrativos de la esquinada maquinita, forzó la quinta amarilla, protestando al árbitro, durante el saque de puerta previo al pitido final -- precisamente contra el Roda --. Es zurdo, pero no le gusta jugar en la izquierda: su jugada favorita es fumársela y soltar un zambombazo desde donde mejor le venga. Tiene la conducta de una estrella, que es lo más fácil de imitar, pero su juego solo le da para brillar en Tercera División, y rendir en una categoría por encima. Si bien su mayor virtud no es el oportunismo goleador, el sábado logró el tanto de la victoria, haciendo pagar el error del portero, por puro instinto, destacándose como máximo artillero del equipo, aunque con el doble de oportunidades que Juan Carlos, que llegó a mediados de enero.

Las circunstancias del partido, a saber, una permanencia matemáticamente conseguida y a dos fines de semana de las vacaciones, dieron lugar a ciertas novedades en la alineación. Juan Pablo, bajo palos, sumó los primeros minutos de la temporada; dejando a Juanvi -- un películas -- y a Chanza -- con un divertido tatuaje de Rayo McQueen -- en el banquillo. La participación de Javi Torres en el equipo ha sido inadvertida, entre capazos de pases a las bandas, aunque, al principio, parecía aportar variedad a la holgada bronca y moderada visión de juego de Tarre y Pana. Iker, que jugó el sábado de interior, me sigue pareciendo el mejor del equipo, por encima de que para señalar su último gran partido tenga que volver hasta diciembre. A la primera titularidad de Berbegall, se le sumó la segunda aparición en el once inicial de Jordi que, no igualando su rendimiento ante el filial del Levante, hizo surgir los motivos de tantas suplencias repetidas. La temporada de Rulo, y su cuerpo no pensado para el fútbol, es una pregunta, la pregunta de qué hubiera sido si; pero la gran pregunta de la temporada es Pau, y su cuerpo pensado para el fútbol, que abandonó la nave después de año nuevo, diez días antes de anotar un doblete en El Arco de Soneja.

Pasada la media hora de juego, y con el gol de Julià dominando el partido, el motivo por el que este fin de semana cumpliré treinta de los treinta y cuatro partidos de una temporada de Tercera División cayó lesionado, en un esforzado intento por evitar que un disparo rival alcanzara su portería. Una vez alcanzada cierta estabilidad económica como para que vaciar el depósito de gasolina cada fin de semana no sea cosa irresponsable, se pueden citar varias razones por las que haber recorrido Valencia entera cada siete días, pero todas dependen de una sola; efectivamente me gusta el fútbol, me encanta dedicar un día entero a ver un partido -- un recuerdo a aquel domingo en Crevillente --, y mi situación con el Levante es complicada; pero nada de esto tiene crédito por sí solo. Imagínate que tu amigo es cantante, y no escuchas sus canciones, imagínate que tu amigo es actor, y no ves sus películas, imagínate que tu amigo tiene un sucedáneo de portal web, y no lees sus entradas -- ... --; ahora imagínate que tu amigo juega en un equipo de fútbol, y juegan bien, ¿cómo cojones no voy a ver al equipo de mi colega?

Con el tobillo doliendo por sí solo, las protestas son airadas desde la línea de fondo. En mi localidad, advierto que no va poder continuar; los gestos no me dan ninguna esperanza. Pero, renqueante, reingresa al terreno de juego. Poco después, se señala un córner a favor, que sube a rematar pensando, más que nunca, en la carrera de después. «El gol del cojo», aviso desde la grada, mientras recuerdo a Raúl González Blanco jugando en La Romareda con el Real Madrid. Parece ser, y soy consciente de ello, que la última oportunidad de marcar en la temporada va a ocurrir ahora. El balón sale desde la esquina en dirección al área y el desmarque, cojeando, ha obtenido el efecto esperado, pues le ha ganado la posición a su defensor. Durante una fracción de segundo, permanece suspendido en el aire. El giro de cabeza es perfecto, a la altura de Primera División, pero cuando ocurre la pelota ya había pasado y solo puede rozarla más o menos. Minutos después llega el descanso, momento en el que indica a un miembro del cuerpo técnico que no puede seguir, con un elocuente gesto con las manos; en caso de imbatibilidad, la prima está asegurada.

domingo, 5 de abril de 2026

El ocho de Suzuka

He tardado seis días para ver el Gran Premio de Japón, siendo uno de ellos festivo por motivo de la Semana Santa, cosa que admite dos lecturas, que no solo son compatibles, sino que ejemplifican mi opinión con respecto a la setentaycincoañera. Por un lado, se desprende que la Fórmula 1 ha ido perdiendo peldaños en mi móvil pirámide de prioridades -- como el xaval love bomber, que colma con muestras de profuso afecto a una pobre niña, que no sabe la que se le viene encima, justo antes de volver a dedicarse a apostar a «ambos marcan» en un Sporting de Gijón - Cultural Leonesa --. Por otro lado, ha existido un firme empeño en seguir viendo a coches de colores en el ocho de Suzuka -- ¿acaso mis repetidos esfuerzos por procurarme un buen futuro con ella no son la más genuina declaración de amor? --. No soporto hablar de la Fórmula 1 como si la nuestra fuera una relación amorosa, pero, sabiendo que mi deporte favorito es dotar de cualidades humanas a cosas totalmente inanimadas y, principalmente, por todas las anviscaes que me prepara constantemente, no puedo confundirla con una relación de amistad.

Cuando solo han pasado tres Grandes Premios, dos de mis cuatro favoritos ya se han celebrado; y los otros dos vendrán en los próximos tres fines de semana de carreras. Por tanto, el calendario atraviesa un buen momento para el dueño de este sucedáneo de portal web, a diferencia de lo que ocurrirá entre los meses de septiembre y diciembre. No me extraña que Suzuka haya sido la cuna de la reconciliación -- Reconciliación, Todo va bien --, durante tantas temporadas; y que el Gran Premio de Australia tenga en mí un efecto hipnótico, como el de Canadá o Mónaco, que llegarán entre mayo y junio. Del Gran Premio de China me salté toda la pantomima de la Sprint, habiendo visto libres y clasificación y más de la mitad de la carrera, y, después de la tercera, mantengo el punto de vista que me dejó la carrera inaugural: lo visto me recuerda extrañamente a años pasados, y ya aprendí a lidiar con eso; sin embargo, ahora me pregunto si mostraré la misma clemencia cuando no corran en mi puto circuito preferido.

Entre que desde 2016 no he visto una carrera con sonido y que el ocho de Suzuka es una maravilla que me trae muy buenos recuerdos -- salvo los de 2012 --, he podido disfrutar de un buen Gran Premio, en cuyo momento cumbre el animal de Leclerc paró el crono en 29.2 en la segunda sesión clasificatoria. El de Mónaco es un piloto que cada vez me cae mejor, quizás porque sus desilusiones con Ferrari son las mías con la Fórmula 1. Él y Piastri son dos chavales que merecen mi admiración -- Maximiliano, Carlos y Charly, Todo un honor, Piastri es un tio tranquilo --, que pueden motivar muchas veces mi alegría esta temporada y que fueron los dos mejores del pasado fin de semana. Y Antonelli es mi protegido en la cerrada lucha por el campeonato. Haciendo un esfuerzo para no prestar atención a lo lentos que son los coches, lamento que una persecución de quince vueltas desemboque en un adelantamiento que me recuerda a los que le hacía a mi primo en el Mario Kart, mientras me duele que la Fórmula 1 pueda tenerme absolutamente enamorado, solo tocando dos cosas: a. reventarlo todo hasta que no quede nada, b. dejar que cada quien haga el coche que mejor le parezca. Pero cambiar a una novia no solo es imposible, sino también un pozo de frustración.



viernes, 13 de marzo de 2026

De mayor a menor

Max Verstappen debe tener el DM echando fueguitos, y su representante la bandeja de entrada del correo llena de mensajes. A juzgar por el estado de ánimo del vigente campeón del mundo -- ah, no, perdona --... a juzgar por el estado de ánimo, y las declaraciones al concluir la sesión clasificatoria, del cuatro veces ganador de este campeonato, el putísimo CEO de la Indy Car debería haber abierto chat con MadMax para comentarle que en sus carreritas de coches sigue ganando el que más tarde frena y el que más rápido toma las curvas, aunque no descarto que el pedazo de yanqui ese ni sepa qué es la Fórmula 1. Jamás, como ahora, ha estado tan cerca de pirarse a otra categoría Max Verstappen, al que me lo imagino corriendo de camino a su habitación en el hotel, enchufando la PlayStation como un poseso, para echarse una carrera en el Asseto Corsa, como el fumador que casi no puede llegar a casa para encenderse un cigarro.

El de piloto de Fórmula 1 ha dejado de ser uno de los mejores trabajos del planeta, porque Verstappen no es la única voz crítica de la parrilla. Y verlos también ya no es una de las cosas más divertidas del planeta. Nunca he llevado un Fórmula 1, y nunca creo que lo vaya a hacer, pese a que a menudo me entretenga imaginando que sí, pero sí he visto muchos -- por la tele --: y los de este año me parecen lentos y, por tanto, sosos. El pasado fin de semana vi las carreras en completo silencio, y aún así a Lobato le dio tiempo para llamarme «loco y demente». He oído y leído declaraciones de implicados en Melbourne y de espectadores en su casa, pero mi visión es algo diferente a la arrastrada por la corriente. El Gran Premio me resultó extrañamente familiar, obviando el acervo de abandonos producto de fallos mecánicos, y la pausada velocidad de los coches. Además, absorbido el efecto del DRS, felizmente han vuelto las persecuciones de veinte vueltas, esperando un adelantamiento en el que, no obstante, me imaginaba una exhibición de megajulios del coche de Max.

Los recuerdos del año pasado se me confunden con los de este, desde 2014. Por otro lado, el pasado Gran Premio me parece un buen momento para plantarse. De mayor a menor, las pasiones que me despertaba la Fórmula 1 se han ido desvaneciendo, hasta que la temporada pasada, en plena fase de reconciliación, me aferré a las que seguían, aunque por poco, batiendo sus alas. El sonido de los motores es solo un quejido en comparación con lo que fue; y hace quince años hubiese ido a la Malvarrosa con un antifaz sobre los ojos, como hoy he disfrutado una Mascletà desde el número 4 del Carrer de les Barques. Como los adelantamientos se han retrasado a mitad de la recta, la competición solo se limita a ver los coches pasando rápido por las curvas; o ya no. Spa Francorchamps y Montmeló se van a repartir las próximas seis temporadas porque en Madrid han puesto una autopista entre dos muros de hormigón. Lo que veo cada vez me recuerda menos a mi infancia. Y esta temporada será la última de Fernando Alonso, porque para noviembre abrazará su tercer título mundial.



lunes, 2 de marzo de 2026

Razonar

Argumentar es un lujo que el alonsismo no se puede permitir. Tras los entrenamientos de pretemporada, una serie de conclusiones han visto la luz: a los pilotos no les gustan estos coches, verlos pilotar es insufrible y, con respecto a lo que nos concierne, la maquinita que lleva Alonso es lenta y tiende a romperse. Nada que discutir hasta este punto. Razonar, sin embargo, que las pruebas de pretemporada no tienen ningún valor y que Aston Martin se va a estar escondiendo hasta la Q3 en Melbourne, o que en la segunda parte de la temporada Adrian Newey no sé qué, que 2027 va a ser el año y que en Barcelona llega un pack de mejoras de la muy puta de su madre es directamente mentir, y nada me toca más los huevos que me mientan. Por otro lado, vivir imaginando a El Nano levantando los brazos en lo alto del podio de Albert Park es cosa que se resume en una sola palabra: creer. A ningún alonsista, convencido del tricampeonato, le conviene enumerar las razones que alimentan su ilusión; tampoco las necesita. El argumento más poderoso solo puede doblarse ante la fe del creyente, ¿acaso una explicación de motivos sigue a creer en Dios?

En marzo de 2011, estando la estancia tenuemente iluminada, habiendo un poso de leche, otro de café y migas de galletas María repartidas por la mesa, vi la clasificación del Gran Premio de Australia, junto a mi padre, entre los estallidos de los petardos que, como ahora, reventaban a cada instante. La temporada anterior, por mucho que la diferencia de puntos maquillase las sensaciones, fue secuestrada por el equipo RedBull, que aventajaba a cualquier otro coche por un abismo, y no paraba de repetirse --¡qué sorpresa!-- que en 2011 sería la buena, que en Maranello no sé cuántos, que di Montezemolo no sé menos. Cuando, después de un año, Vettel cruzó la línea de meta y le metió un segundo y medio a Fernando Alonso, Antonio Lobato, que, como a mí, a otros tantos habría enganchado para madrugar un sábado, dijo: «Pues estamos peor que antes»; solo le faltó añadir: «¿Quieres saber cuánto vale tu coche?». Dejé de oír los cuentos de 2012 y de creer las palabras de un Lobato cualquiera, con solo un poco más de información que yo.

Este mismo sábado, durante la celebración del cumpleaños de un amigo, leí "Raceday everyday" en la camiseta blanca de uno de los invitados, cosa que me llevó a darle una buena xapa un poco después. El colega que hice es xoto, lleva dos finas líneas, naranjas y negras, tatuadas alrededor del brazo; una de las otras veces que coincidí con él en el casal de Arquitecto Lucini, con la persiana echada, pinchó una sesión de house tan buena que se la recuerdo cada misma vez que lo veo. Para él, que vio la primera victoria del automovilismo patrio en el Gran Premio de Hungría de 2003, Leclerc es un piloto del montón, le chifla Interlagos y Mónaco, y no quiere oir las habladurías de la segunda parte del año. Esa conversación avivó las ganas que tengo, que ya eran una falla ardiendo, para que empiece la temporada, y, mientras tanto, le hice testigo de mi fe irreversible en Fernando Alonso. Solo una última vez más, Nano: vamos a ganar el mundial.