Páginas

domingo, 7 de junio de 2026

Un deber

Canadá

Mucho se ha hablado acerca de cómo la Fórmula 1 ha influido en mi carácter, pero muy poco de cómo mi carácter influye en mi relación con la Fórmula 1. Cuando el pasado sábado terminé de ver el Gran Premio de Canadá, sentí que le había robado al presente un momento de otra época. La persecución entre Russell y Antonelli en la Isla de Notre-Dame, aunque parecida, por la ridícula concatenación de errores, a la pachanga que me eché con mi hermano la víspera de unos exámenes finales de Bachiller, fue esperanzadora de ver una competición de más de dos vueltas, que eran las que se necesitaban para entrar en zona de DRS y rebasar al de delante, como si fuera una señal de tráfico. Al igual que el love bomber hace con su nueva novia, después de cada carrera, me cambio el fondo de pantalla del ordenador del trabajo, y, esta vez, cuando abría un Excel, sonreía al recordar viendo a Russell y Antonelli. Semanas atrás, en mitad de parón de abril, apagué la tele porque ver Gran Premio de Francia de 2007, y saber que nunca se repetiría, me estaba matando de pena.

Sin embargo, no solo una gran carrera estaba detrás de mi buen momento con la Fórmula 1. Los repetidos vítores -- «vamos a ganar el mundial» -- cuando a Alonso le dio por meter a esa furgoneta de reparto de Mercadona en sexta posición durante los entrenamientos libres fueron comparables con los golpes de celebración que propiné a la pobre mesa de este comedor cuando me percaté que a los mamarrachos de DAZN se les había olvidado vetar el sonido ambiente en la segunda salida de audio. Y todo por oír el sonido a perro afgano enfermo -- Alors on danse -- que hacen estos motores. El caso es que después de ver, y oír, pasar al Ferrari de Charles Leclerc por la última chicane del circuito, se me escapó un «joder», pese a que me pierda con los detalles del «overtake mode» y la exhibición de megajulios de Lewis Hamilton para pasar a Verstappen a cinco vueltas del final. Con la reconciliación recién firmada, creo que una época en la que estoy muy necesitado de cariño se ha abierto, sea del tipo de cariño que sea.

Mónaco

Este fin de semana, viendo a los cochecitos en el paseo marítimo de Montecarlo, he tenido que pasar un paño húmedo por la golpeada mesa de este comedor, para limpiar la baba, al igual que hice hace siete días, cuando Leclerc hacía eses en Canadá. No obstante, los muy cazurros de DAZN han metido a Lobato no solo en la salida de audio principal, sino también en la secundaria. Ayer, viendo al coche blanco y azul de Arvid Lindblad, estuve a punto de imaginar al motor BMW V10 del Williams de Mark Webber bajando marchas a la salida del túnel -- no me ha hecho ningún bien ver este vídeo --, casi lo conseguí; hoy, todavía con el sabor del caramelo de Montreal en la boca, me he negado a ver la carrera en silencio. Y he buscado alternativas. Después de teclear «BBC radio live» en cierto navegador web, dos voces, la de Damon Hill y otra que entendía bastante bien, salían por los altavoces de la tele eslovaca que me regaló mi hermano, hasta que se han cumplido las tres de la tarde, ha empezado la vuelta de formación, y se ha interrumpido la retransmisión, obligándoseme a estar en UK para oír la radio a esa hora -- ¿se puede ser más soberbio? --.

Esta temporada en la Fórmula 1 se está librando la batalla más antigua de la historia de este deporte, y también la más veces repetida -- ¿acabará este sucedáneo de portal web por ser algo serio? --: la pérfida Albión contra el resto del mundo, que generalmente ha sido Ferrari, y esa mania tan suya, salvo con el fichaje de Hamilton, que fue lo más raro que he visto en mi vida, de no fichar a nadie que no sepa decir «bona sera»; Motor Valley contra la idea de que pilotos, ingenieros y mecánicos deberían ser de lugares que estén a más de 20 minutos en coche de distancia. El campeonato de este año se decidirá entre los dos pilotos de Mercedes: un indudablemente británico de ojos saltones y el segundo tío más mediterráneo del paddock -- detrás de Leclerc --, que come boloñesa dos de cada cinco días. Como españolito de sangre caliente que soy, y estoy recordando la nanomanzana del Gran Premio de Hungría 2007, elegir el bando de Antonelli no es opinable, es un deber.

Antes de concluir la vuelta de reconocimiento, la RAI sonaba con fuerza en mi casa. Una tarde grande para Italia: cada cinco minutos conectaban con Parigi porque Flavio Cobolli era el cuarto italiano en jugar una final de Grand Slam en la era open. Antonelli iba a ganar el Gran Premio de Mónaco y los dos Ferrari subirían al podio, hasta que Stroll levantó el asfalto de la última curva, Ferrari tejió la pantomima con Leclerc -- que había reducido la diferencia con Hamilton para ser segundo, aprovechando sanción del inglés --, y acabó reventando el coche después de pisar el mismo trozo levantado que Stroll. Kimi, que lleva el nombre en honor a Räikkönen, es un «baby fenomeno», que hace nombrar a Alberto Ascari setenta años después; es la cara nueva de la Fórmula 1, y este fin de semana me ha hecho ver, por primera vez, lo talentoso que es; «un ragazzino che si diverte!», decían desde Italia, después de coger derrapando las dos últimas curvas del Gran Premio, y que «canta l'inno con la mano sul cuore, e un sorriso sul volto».



No hay comentarios:

Publicar un comentario