Corría, encorvado, Morales, quizá para adoptar una posición aerodinámica más efectiva, quizá para vigilar el cuero que estrechaba entre sus botas desde una visión unos centímetros próxima. La mecha había prendido y solo faltaba esperar a que explotara. La gradería alentaba con enérgicos aspavientos el grandioso galope del extremo granota que encaraba la portería con sólo una tímida e inconsecuente supervisión rival. El exquisito viaje del cuero por el denso aire, comprimido el Ciutat de València, convertía a Victor Camarasa en el asistente de una obra maestra. Deyverson recupero el esférico y el de Meliana dirigió por láser un balón que gritaba con fuerza, la raquítica palabra 'gol'. Arrancó la moto como la noche del derbi y a golpe de potencia, pisó área rival, esa terminal zona, dueña de numerosos quebraderos de cabeza para la sociedad granota. Soltó el paracaídas, dejó arrastrar el ancla por el verde pasto del Ciutat, para décimas de segundo después completar el regate con un túnel que el respetable ornamentó con una redonda vocal que en ocasiones expresa la encandilación del ser humano. Se encontraba solo, gran momento para sentirse sin compañía, solo ante el portero, que intentaba cubrir un rectángulo que superaba en innumerables veces las dimensiones de sus alargados brazos. No erró el trabajo más sencillo, el balón impacto contra el lateral de las mallas, dejando liberar toda la tensión de un partido que alcanzaba con las yemas de los dedos la hora y veinte minutos de juego. Nada esta hecho en la implacable Primera División, para bien y para mal, pero si al término de la temporada la entidad granota logra el objetivo, mucho le deberán a la suntuosa acción de José Luis Morales.
Se subestimaría el valor de los tres puntos, si no se recordara, en su justa medida, la situación agónica que vivía el Levante. Los blaugrana se acercaban aventuradamente al borde de un vertiginoso precipicio. Se debía y se debe estudiar, meditar y obrar cuidadosamente cada movimiento porque podía y puede resultar fatal. La derrota contra rivales directos y mala fortuna en el último partido había dejado la moral granota a dos metros bajo tierra. El partido contra el Rayo, penúltimo clasificado, resultaba vital. Un desliz en una noche tan comprometida podía tener consecuencias catastróficas, descolgarse es poco. Pero en el momento en el que más lo necesitaba, del partido y, tal vez, de la temporada el Levante vio puerta.
Descendía el encuentro por una tenebrosa cuesta, y sin que nadie lo detuviera, con dirección al empate a nada. Se encogía en el césped uno de los integrantes de conjunto visitante. Impartía Toño una lección de que quién manda el señor del silbato y no los jugadores. Salía propulsado cual hombre bala desde la lejana línea divisoria del centro del campo, el destino había elegido que su constancia tuviera frutos, y muy beneficiosos; Se deshizo de la maraña de futbolista rayistas y elevó el cuero para Deyverson culminara la jugada con un remate que desvió Joel antes de que atravesara la raya de gol. Desnivelado la contienda y los esquemas de todos, Morales aprovechó un contraataque para alargar las distancias y destrozar aquel maleficio que merodea Gol Orriols desde tiempos inmemorables. Pablo Hernández asustó al coliseo granota a seis minutos del final, pero su gol quedó, por fortuna, en una azarada anécdota.

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