Petar Vasiljević, ahora entrenador del Club Atlético Osasuna y anteriormente director deportivo de la misma entidad, tras caer derrotado dos cero ante el Betis, dijo "Pasan los partido y no ganamos. [...] Intentar jugar, intentar competir y no bajar los brazos, eso es lo que queda" y esto no creo que sea tanto una sentencia alarmista pesimista, sino más bien una representación verbal del momento en el que la cruel realidad vapulea sin piedad. Osasuna ocupa la última posición desde casi los albores de la temporada, y esta angustiosa circunstancia no solo se dilata en el ámbito temporal sino, también, sobretodo, en el concepto espacial. La distancia entre la salvación y el cuadro pamplonica es kilométrica, en términos más precisos, el farolillo rojo necesita recuperar quince puntos al Leganés, actual último equipo que se sostiene en tierra firme, y solo quedan treinta por disputar. Tanto las matemáticas como el espejo del alma de Petar hablan de una situación complejísima.
Pero no todo ha sido angustia en los últimos tiempos para Osasuna, bueno... quizás... han habido ciertos momentos de alegría. La historia parte de un descenso de Primera División, posteriormente, los de Navarra merodearon el segundo descenso consecutivo cuando ocupaban las últimas plazas de la categoría de plata, pero en un momento celestial Enrique Martín Monreal se hizo con las riendas del equipo. Osasuna, gracias a Enrique y al play-off (Fase eliminatoria entre el tercer y sexto clasificado para ascender), subió a la máxima categoría del fútbol español como sexto clasificado. Pese a todo mantengo nítido aún en mi memoria unas palabras de Monreal en alguna rueda de prensa sumamente similares a las siguientes "Puede que el año que viene descendamos, pero no podemos parar de luchar [...] Ojalá en 2020 (año del centenario rojillo) estemos en Primera", es decir, Enrique Martín Monreal era conocedor de las limitaciones de un grupo joven por castigo y tenia la frialdad de mirar más allá de sus propias narices, extraordinaria característica que precisamente el consejo rojillo no posee. Antes de la primera docena de partidos la sociedad navarra cesó a Enrique Martín, principal error de la temporada. La llegada de Joaquín Caparrós aportó densa nebulosa al ya último clasificado, el técnico andaluz demandaba extrema consistencia defensiva a un equipo no muy compacto en la retaguardia. Después de pedirle peras al olmo y sumar muchas derrotas, ningún empate, ni a cero, ni a nada y solo una victoria (En la Copa del Rey), Petar Vasiljević, el director deportivo, se hacía cargo de sus propios fichajes hasta final de temporada. Caos absoluto. Aunque con el míster balcánico sí experimentó una leve mejoría no se ha podido cosechar los resultados deseados y a día de hoy solo una victoria decora la última posición de Osasuna y esa se consiguió con Enrique Martín Monreal en el banquillo, un hombre de irreprochable corazón rojillo.
Y no, Osasuna no responde al arquetipo de equipo desahuciado. Sus jugadores quieren ir convocados y lo quieren jugar todo; no existen malos rollos, al menos de puertas hacia afuera; y además, se dejan la piel por cada balón como si se tratara del último y corren como si fuera la vida en ello. Es decir, los rojillos se parten la cara en el campo pero cuando la calidad se impone y decanta la balanza, su oponente lo tumba. Por todo ello, el hecho de que Osasuna a estas alturas de la temporada siga con las espadas en todo lo alto me parece un ejercicio de integridad impecable y una labor de motivación por parte del cuerpo técnico y de, por supuesto, auto-motivación por parte de los jugadores ejemplar.
Me aventuraría a determinar el foco del problema de Osasuna. Algunos pueden pensar que el cese de Enrique Martín Monreal fue la clave del declive, pero aunque creo que sí forma parte fundamental del problema en general, no lo situo como origen. Otros pueden creer que el problema se remonta a la pretemporada y, en concreto, a la construcción del equipo pero aunque pienso que también es causa, al igual que la destitución del técnico navarro, lo veo más como un eslabón en la cadena. Opino ciertamente que el génesis de la angustia rojilla emana en el propio ascenso, porque recordemos, Osasuna ascendió sexto y con la colaboración del play-off, en otras palabras, subió de categoría con once puntos menos que el Alavés y con diez menos que el Leganés. Cierto es que cuando se asciende se debe fichar, es casi una obligación, pero también es innegable que tanto Alavés como Leganés tenían ya, de entrada, un grupo más armado y, sobretodo, mejor preparado para dar guerra en la máxima competición nacional que Osasuna. Por otra parte, la Copa del Rey está harta de mostrarnos la locura que implica las fases eliminatorias y, por lo tanto, avala la idea de que los navarros ascendieron sin ser uno de los tres mejores equipos de la categoría. Siendo el sexto equipo de segunda, aceptando a los puntos obtenidos como el calibrador primario, se coló en Primera División, se ilusionó, peleó lo que pudo y ahora sufre mayormente. Mismo escenario que el Córdoba hace unas temporadas, se coló en Primera División acabando séptimo y con la intervención de los play-off y el tercer puesto del filial del Barcelona, se ilusionó, peleó lo que pudo, sufrió mayormente y, por último, solo le quedó la dignidad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario