No resulta dificil aventurar que el ascenso será con Javi Calleja en los banquillos o, lamentablemente, no será. El tiempo para las revoluciones deja de abundar. Si, por ejemplo, se quisiera empotrar al equipo contra la portería de Cárdenas y confiar en que el balón parado nos devuelva a primera o que, por otra parte, se eligiese lanzarnos al ataque como posesos para meter más goles que el rival, el momento para tomar ese tipo de decisiones es ahora o nunca. En lo que queda se podrá matizar el juego, pasar a jugar con tres tios en el centro del campo o fichar un delantero que meta 15 goles en 20 partidos y nos saque de este agobio, y de paso se quede en Primera con nosotros. Los partidos del Levante quedan a una distancia prudencial de lo que podría considerarse como espectaculo por una masa relevante de aficionados al balompié. Parece que Calleja es un señor que sufre más los goles en contra de lo que disfruta los goles a favor, de hecho, me atrevería a decir que le amargó más el traje de tres millones de pesetas que le hicieron a Rober Pier dentro del área que el disparo a las nubes de Mohamed Bouldini unos minutos después. Pero, sobre todo, con lo que más sufre el chaval es con perder la pelota fuera del área rival. Al principio, de hecho, jugábamos hasta mal: hay quien calificaría las victorias frente a Mirandés y Leganés, con el interino Miñambres, Ibiza, Sporting y Málaga, ya con Calleja, como milagrosas. Pero desde el doble puñetazo en la mesa en Mendizorroza con tantos de Bouldini y Son el Levante ha tomado ese ritmo al partido para acabar encontrando a un chaval de azul y grana en una posición propiciatoria para el gol. Por supuesto que aquí solo valen los goles y que contra el Málaga sacamos dos puntos más que contra el Éibar pero es más fácil ganar un partido si Pepelu encara al portero dentro del área que si no lo hace.
Atarde, ayer por la tarde, el Levante visitó Gijón para jugar el primer partido de la segunda vuelta. Desde que la pelota echó a rodar contra el Huesca en el Ciutat es la primera vez que se puede decir, sin dar lugar a equívoco, que ya hemos visto más de lo que nos queda por ver. Ya hemos jugado contra todos nuestros rivales una vez. Cada partido que pasa, conforme los adversarios vienen y se oponen al Levante, son más y más importantes todo ese compendio de acciones que dan y quitan goles. El próximo tiro a puerta el sábado que viene contra el Granada de El Pelao de Silla no va a determinar nuestra futura categoría, ese momento todavía no ha llegado; pero sin lugar a debate será más importante en el desenlace último que el paupérrimo toque de cabeza de Roberto Soldado con empate a uno en Oviedo cuando la temporada estaba en ciernes. En el momento en el que el tiempo apremie y conozcamos de memoria el listín de equipos que restan por enfrentarnos, pocas serán las victorias cosechadas a lo largo de la temporada. La pésima puntería de Bouldini nos privó ayer de una, Pepelu tampoco supo dirigir su cabezazo hacia la portería en los últimos minutos del partido y el potentísimo disparo de Pablo Martínez que da en el larguero y se marcha en lugar de dar en el larguero y entrar, por

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