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lunes, 23 de junio de 2025

Sobre la voluntariedad

El Mirandés, que un segundo antes de que todo cambiara lideraba la eliminatoria por dos a cero y estaba a punto de pitarse el descanso, jugará la temporada que viene en la categoría de plata del fútbol español fruto de una acción desafortunada. La historia del balompié no completa una página sin que el infortunio se cebe con una de sus partes, sin embargo, a diferencia de estos momentos inolvidables, que marcan época -el resbalón de Gerrard, el penalti de Terry, ¿qué le pasa a los ingleses con caerse al suelo?, o la no-parada de Neuer en el Bernabéu-, este, el de la noche del sábado, no tiene que ver ni con las aptitudes técnicas, ni con la organización táctica, ni con las condiciones físicas. A un metro del cabezazo, sin oportunidad para reaccionar, el balón, que llevaba marchamo de gol, impactó en la mano de Alberto Reina, capitán del Mirandés, Cazorla posó el balón sobre el punto de penalti y puso la eliminatoria patas arriba, para alegria del Carlos Tartiere sumido en el fervor de una promoción cada vez más cercana.

Sé, o intuyo, más exactamente, lo que dice la norma respecto de esta infracción y sé, o intuyo, que está bien arbitrada. En mi ánimo no está discutir sobre cuestiones que no admiten interpretación, sino que busco advertir que el reglamento no cumple su razón de ser: ser justo. Bajo mi punto de vista, la acción no debió ser castigada con penalti porque Reina no tiene la intención de jugar el balón; y esa es la respuesta fundamental: la intención, la voluntariedad. Todos los toques con la mano deberían permitirse, y ser responsabilidad del árbitro juzgar su voluntariedad. Me puedo imaginar, ahora mismo, a Reina, to rallao, mientras piensa en qué hizo mal; podría pensar en que llegó tarde, en que empujó con demasiada fuerza, pero no lo hace porque, y un reglamento justo no debería darle cabida, no sabe en qué ha fallado. Al margen del importantísimo impacto económico que un ascenso hubiera tenido en el club y los contratos que sus futbolistas ya no van a firmar, el Mirandés perdió el sábado su mejor oportunidad, quién sabe si la única, para competir entre los mejores veinte equipos del país y sus jugadores, aún rindiendo a un nivel soberbio, deberán encontrar otro camino con el que llegar a la élite por culpa de un reglamento que es injusto. Esa es la gravedad de la situación.

Los contínuos bandazos normativos de un tiempo a esta parte, especialmente en lo tocante a las manos, no obstante, han permitido consolidar dos conceptos, por absurdos que me parezcan: «la posición natural» medida en «la distancia de las manos al cuerpo». Para empezar, ¿posición natural con respecto a qué?, ¿con respecto a estar sentado viendo el partido en la grada?, porque no se me ocurre ninguna posición, por extraña que sea, que no se pueda dar en el devenir del juego -Umar T-Rex Sadiq en Vallecas-. Del mismo modo, por el simple hecho de estar jugando, la distancia que puede haber entre manos y cuerpo en un salto, en una carrera, puede ser tener los brazos algo estirados o muy estirados, pero nunca totalmente pegados al cuerpo. La posición de Reina no solo me parece natural, sino que cualquier otra posición, incluyendo cruzar los brazos sobre el pecho como una momia, sí me parecería extraña.

En unos días se cumplirá un año del partido de cuartos de final de la Eurocopa contra Alemania. El avezado lector de este sucedáneo de portal web sabrá de, o imaginará, mis reservas con que un árbitro nos ayude, sin embargo, no siento el más leve resquemor por aquel toque con la mano no castigado, y no por el enérgico y vengativo «que se jodan», sino porque estoy plenamente convencido que la acción no era merecedora de penalti. Afortunadamente el inglés calvito que llevaba el silbato aquella tarde no quiso pasar por la maraña de apéndices y artículos del reglamento, asumió que en el campo habían cuarenta y cuatro brazos moviéndose como extremidades de un cuerpo, ocupando un sitio, y dejó que el fútbol siguiera su cauce habitual. Hace un año no tuve la oportunidad de escribir sobre la jugada, lamentablemente. Minutos después, a pase de Dani Olmo, alargando un poco más su suspenso en el aire, Mikel Merino anotó el glorioso tanto de la victoria. Me pregunto si esa postura sería calificada como natural, o si, en cambio, simplemente es un jugador que, voluntariamente, tuerce su cuerpo con esfuerzo para conseguir un gol de bandera.



sábado, 7 de junio de 2025

Objetivo conseguido

Por mucho que Primera División sea una destilada selección de los mejores equipos del país, solo hay cuatro posibles posiciones, y no veinte como cabría esperar. Al acabar una temporada un equipo puede: ganar la liga, clasificarse para una competición europea, perder la categoría o nada. Y las diferentes graduaciones, dentro de esos cuatro grandes grupos, se difuminan tanto que se podrían otorgar las posiciones ex-aequo. Aficionados se despreocupan por seguir a equipos que «no compiten por nada» o que «están de vacaciones»; entrenadores justifican, sin mucha convicción, la incidencia que tiene esos últimos partidos en una posible mejoría de las condiciones de sus contratos -que no sé que es peor si no competir por nada o competir por dinero-; y mientras LaLiga, junto y con dos mayúsculas, aprovecha la coyuntura y, en la última jornada, separa los partidos «sin nada en juego» para ordeñar, como una vaca, las tetas de la competición, que cada vez tienen menos leche y son más largas.

Quizás esté exigiendo demasiado a un grupo de xavales extenuados a causa un contínuo esfuerzo físico durante 10 meses y en una época en la que lo mejor para pasar la tarde es agua fresquita, brisa marina y una sombra, pero, por otro lado, hasta los entiendo. Lo tienen dentro de su cabeza. Se ha distorsionado tanto la realidad, se ha exagerado tanto la consecución de objetivos que el puñetero éxito depende de un sí o un no: ¿has ganado la liga?, ¿has entrado en Europa? o ¿has bajado a Segunda? Seguidores, entrenadores, futbolistas, directivos y periodistas se agarran a este sí o no con firmeza añadiendo, siempre que pueden, «que al final es lo que importa». Perdona, ¿puedes repetirme qué has dicho qué es lo que importa? Muchos equipos se volverían locos de alegría con la idea de marcharse a casa después de conseguir el objetivo, de no ser porque nunca se sabe si tu siguiente rival todavía no ha conseguido el suyo y, claro, para jugar se necesitan dos equipos.

El reparto de puntos al término de un partido es un convenio acogido por todos los aficionados al balompié para no aburrirse cuando venga el Celta de Vigo (Cabezonería), pero afortunadamente no solo es eso sino que además marca tu status dentro de la competición. En esencia, el prestigio del equipo que juega contra ti el sábado que viene se mide en los puntos que ha sacado en esta y en otras temporadas, en cómo ha rendido ante otros rivales. Sin embargo, a nadie parece importarle ese prestigio cuando queda un mes, vas undécimo y Las Palmas y el Valladolid se han desplomado en la clasificación. Nadie parece entender que más allá de la prima por seguir o no en Primera, por entrar o no en la Conference League, hay un sentido de transcendencia, una ambición por ser mejor jugador, por ser mejor equipo, por conseguir sesenta puntos, en lugar de cincuenta.

Soy un friqui, a estas alturas, avezado lector de este sucedáneo de por tal web, ni si quiera tengo la necesidad de reconocerlo: ojalá llegue agosto y Calero, entrenador del Levante, equipo que llevo en el corazón, plante sus brazos de legionario en rueda de prensa y al primer mindundi que le pregunte por el putísimo objetivo responda: «Si quieres un predict: mínimo vamos a hacer 35 puntos, llegaremos a los 40 y aspiramos conseguir 45, con 11 victorias y 12 empates. Pero déjate de tonterías, aquí hemos venido a jugar bien a fútbol, a ser cada año mejor equipo y a ganar en Mestalla».