Sé, o intuyo, más exactamente, lo que dice la norma respecto de esta infracción y sé, o intuyo, que está bien arbitrada. En mi ánimo no está discutir sobre cuestiones que no admiten interpretación, sino que busco advertir que el reglamento no cumple su razón de ser: ser justo. Bajo mi punto de vista, la acción no debió ser castigada con penalti porque Reina no tiene la intención de jugar el balón; y esa es la respuesta fundamental: la intención, la voluntariedad. Todos los toques con la mano deberían permitirse, y ser responsabilidad del árbitro juzgar su voluntariedad. Me puedo imaginar, ahora mismo, a Reina, to rallao, mientras piensa en qué hizo mal; podría pensar en que llegó tarde, en que empujó con demasiada fuerza, pero no lo hace porque, y un reglamento justo no debería darle cabida, no sabe en qué ha fallado. Al margen del importantísimo impacto económico que un ascenso hubiera tenido en el club y los contratos que sus futbolistas ya no van a firmar, el Mirandés perdió el sábado su mejor oportunidad, quién sabe si la única, para competir entre los mejores veinte equipos del país y sus jugadores, aún rindiendo a un nivel soberbio, deberán encontrar otro camino con el que llegar a la élite por culpa de un reglamento que es injusto. Esa es la gravedad de la situación.
Los contínuos bandazos normativos de un tiempo a esta parte, especialmente en lo tocante a las manos, no obstante, han permitido consolidar dos conceptos, por absurdos que me parezcan: «la posición natural» medida en «la distancia de las manos al cuerpo». Para empezar, ¿posición natural con respecto a qué?, ¿con respecto a estar sentado viendo el partido en la grada?, porque no se me ocurre ninguna posición, por extraña que sea, que no se pueda dar en el devenir del juego -Umar T-Rex Sadiq en Vallecas-. Del mismo modo, por el simple hecho de estar jugando, la distancia que puede haber entre manos y cuerpo en un salto, en una carrera, puede ser tener los brazos algo estirados o muy estirados, pero nunca totalmente pegados al cuerpo. La posición de Reina no solo me parece natural, sino que cualquier otra posición, incluyendo cruzar los brazos sobre el pecho como una momia, sí me parecería extraña.
En unos días se cumplirá un año del partido de cuartos de final de la Eurocopa contra Alemania. El avezado lector de este sucedáneo de portal web sabrá de, o imaginará, mis reservas con que un árbitro nos ayude, sin embargo, no siento el más leve resquemor por aquel toque con la mano no castigado, y no por el enérgico y vengativo «que se jodan», sino porque estoy plenamente convencido que la acción no era merecedora de penalti. Afortunadamente el inglés calvito que llevaba el silbato aquella tarde no quiso pasar por la maraña de apéndices y artículos del reglamento, asumió que en el campo habían cuarenta y cuatro brazos moviéndose como extremidades de un cuerpo, ocupando un sitio, y dejó que el fútbol siguiera su cauce habitual. Hace un año no tuve la oportunidad de escribir sobre la jugada, lamentablemente. Minutos después, a pase de Dani Olmo, alargando un poco más su suspenso en el aire, Mikel Merino anotó el glorioso tanto de la victoria. Me pregunto si esa postura sería calificada como natural, o si, en cambio, simplemente es un jugador que, voluntariamente, tuerce su cuerpo con esfuerzo para conseguir un gol de bandera.

