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sábado, 7 de junio de 2025

Objetivo conseguido

Por mucho que Primera División sea una destilada selección de los mejores equipos del país, solo hay cuatro posibles posiciones, y no veinte como cabría esperar. Al acabar una temporada un equipo puede: ganar la liga, clasificarse para una competición europea, perder la categoría o nada. Y las diferentes graduaciones, dentro de esos cuatro grandes grupos, se difuminan tanto que se podrían otorgar las posiciones ex-aequo. Aficionados se despreocupan por seguir a equipos que «no compiten por nada» o que «están de vacaciones»; entrenadores justifican, sin mucha convicción, la incidencia que tiene esos últimos partidos en una posible mejoría de las condiciones de sus contratos -que no sé que es peor si no competir por nada o competir por dinero-; y mientras LaLiga, junto y con dos mayúsculas, aprovecha la coyuntura y, en la última jornada, separa los partidos «sin nada en juego» para ordeñar, como una vaca, las tetas de la competición, que cada vez tienen menos leche y son más largas.

Quizás esté exigiendo demasiado a un grupo de xavales extenuados a causa un contínuo esfuerzo físico durante 10 meses y en una época en la que lo mejor para pasar la tarde es agua fresquita, brisa marina y una sombra, pero, por otro lado, hasta los entiendo. Lo tienen dentro de su cabeza. Se ha distorsionado tanto la realidad, se ha exagerado tanto la consecución de objetivos que el puñetero éxito depende de un sí o un no: ¿has ganado la liga?, ¿has entrado en Europa? o ¿has bajado a Segunda? Seguidores, entrenadores, futbolistas, directivos y periodistas se agarran a este sí o no con firmeza añadiendo, siempre que pueden, «que al final es lo que importa». Perdona, ¿puedes repetirme qué has dicho qué es lo que importa? Muchos equipos se volverían locos de alegría con la idea de marcharse a casa después de conseguir el objetivo, de no ser porque nunca se sabe si tu siguiente rival todavía no ha conseguido el suyo y, claro, para jugar se necesitan dos equipos.

El reparto de puntos al término de un partido es un convenio acogido por todos los aficionados al balompié para no aburrirse cuando venga el Celta de Vigo (Cabezonería), pero afortunadamente no solo es eso sino que además marca tu status dentro de la competición. En esencia, el prestigio del equipo que juega contra ti el sábado que viene se mide en los puntos que ha sacado en esta y en otras temporadas, en cómo ha rendido ante otros rivales. Sin embargo, a nadie parece importarle ese prestigio cuando queda un mes, vas undécimo y Las Palmas y el Valladolid se han desplomado en la clasificación. Nadie parece entender que más allá de la prima por seguir o no en Primera, por entrar o no en la Conference League, hay un sentido de transcendencia, una ambición por ser mejor jugador, por ser mejor equipo, por conseguir sesenta puntos, en lugar de cincuenta.

Soy un friqui, a estas alturas, avezado lector de este sucedáneo de por tal web, ni si quiera tengo la necesidad de reconocerlo: ojalá llegue agosto y Calero, entrenador del Levante, equipo que llevo en el corazón, plante sus brazos de legionario en rueda de prensa y al primer mindundi que le pregunte por el putísimo objetivo responda: «Si quieres un predict: mínimo vamos a hacer 35 puntos, llegaremos a los 40 y aspiramos conseguir 45, con 11 victorias y 12 empates. Pero déjate de tonterías, aquí hemos venido a jugar bien a fútbol, a ser cada año mejor equipo y a ganar en Mestalla».



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