La carrera del Gran Premio de Italia, del pasado domingo, fueron dos carreras en una, separadas por la parada en boxes de Antonelli. En la primera de las dos partes, hubo muchos adelantamientos -- y ninguno bueno --, hasta que el seguidor promedio a los cochecitos de colores con pegatinas dejó de sentirse cautivado por la lucha por la victoria porque el averiguar si Russell seguiría primero al acabar aquella vuelta o la de dentro de diez ya no tenía ninguna importancia. Entre medias, caí en la tentación de comparar éste con el Gran Premio de Canadá, y esa mutua persecución entre los Mercedes, tomada prestada de una época anterior, pero pronto me percaté que lo retransmitido en Monza, más que a una carrera, se parecía a un vídeo grabado por Pegasus, difundido por la Policía, en el que un conductor, que excede el límite de velocidad, va adelantando. Hubo una vez que ni a Lobato -- vi la primera parte acompañado -- le dio para gritar que aquello era lo mejor que le había pasado en la vida, después de cuando supo cuánto valía su coche.
Aunque salía último a causa del programa de gestión de los recambios del motor, baby fenomeno tardó diez y ocho vueltas en alcanzar la primera posición, antes de que las baterías de los cojones empezaran a hacer de las suyas, y los Mercedes pasaran a ser simples vasos de un trilero. Verstappen, en tercera posición, ya tenía los pies a remojo y los pantalones arremangados, y esperaba paciente; Mercedes lo vio y mandó a sus pupilos dejar de pasarse absurdamente, en un instante en el que a Russell le tocaba ir primero. Antonelli protestó porque su equipo le había condenado a ser segundo. Al mismo tiempo, Lance Stroll -- me gustaría recopilar de cuántos domingos aburridos nos ha salvado este tío -- abandonó su Aston Martin en un margen de la pista. Durante ese momento, las cuentas salían, y el tiempo perdido por una parada adicional, que ahora era menor, podía ser compensado al equipar mejores neumáticos: bienvenidos a la Fórmula 1; que pena que para entonces, mi acompañante, que estaba viendo su primera carrera, ya estuviese planchado en el sofá.
Kimi, que diez días antes había cumplido veinte años, es un chaval que va a conseguir de aquí a uno o dos meses librar a Italia -- no hay país en el planeta al que más le guste la Fórmula 1 -- de tener que nombrar a Alberto Ascari como su último ganador, setenta años después; mientras que, con carreras como la de Montecarlo, este junio, o la de Monza, este fin de semana, consigue que se le nombre junto a Senna, allende su indudable aspecto físico. Mientras Leclerc había reventado el coche contra los neumáticos, una vez más, y Hamilton vagaba a la deriva, maltrecho por la estrategia, y sin hacer un adelantamiento desde 2018, media Italia se preguntaba como come cazzo questo ragazzino no corría para Ferrari, al ver a Antonelli recuperar todo el tiempo perdido de la parada. Con Russell rogando clemencia y Monza a punto de reventar, Antonelli se salió de pista adelantando para ganar; baby fenomeno, te quiero, yo también me hubiera puesto nervioso -- aunque te habría matado yendo por la grava --. Faltaban tres vueltas: volvió a pista, y lo volvió a pasar.
