domingo, 18 de junio de 2023

Una promesa

No recuerdo con exactitud el minuto, porque no miré el marcador inmediatamente después, pero sí recuerdo vivamente que Vicente Iborra estaba dando un pase el círculo central. Era de noche y el partido ya llevaba un buen rato jugándose. Me pareció que el orgullo me iba a colmar por completo. Tuve el impulso de agarrar el escudo de mi camiseta y levantarlo al cielo. En el día más importante de la temporada, en el mayor «vida o muerte» que recuerdo, el Levante estaba siendo representado por once tios valientes y decididos, que jugaban al fútbol con determinación y que no les temblaba el pulso para atreverse. El cero a cero fue del todo circunstancial, en Orriols se vivió un inmenso partido de fútbol, de los que hacen afición, gracias a un equipo que necesitaba el gol y a otro que lo buscaba insistentemente sin necesitarlo. Sin embargo, el tanto no llegó y en el último minuto del partido, prórroga incluida, el Alavés gozó de un córner a su favor; tras un barullo inicial, Róber Pier, que a mi forma de ver jugó su mejor partido que le he visto, salió con el balón jugado hasta el centro del campo con la salvedad que, al principio, la pelota había chocado con su mano. El árbitro, el más cobarde de quienes pisaban el cesped, señaló el punto de penalti desde la lejanía y Femenías no acertó la intención de Villalibre.

Siendo tan frío que me expongo a ser directamente un capullo. El mayor problema del Levante, torpemente dirigido por Calleja, ha sido haber permitido que el ascenso dependiera de que no se pitase un penalti en el último minuto de la temporada. La evergadura del proyecto, la altura de los recursos a nuestro alcance no permiten la súplica inútil para que el disparo de Pepelu, justo antes del infausto toque con la mano de Róber, rebote en el larguero y entre a la portería. De los que yo he visto, este es el Levante al que más se le debía exigir y, sin embargo, es el que menos ha dado en proporción. Con o sin penalti, el ascenso del Levante habría sido injusto y, en absoluto, acorde a nuestros merecimientos. Encadenando malas decisiones, mal fútbol y, en general, un desesperante miedo a hacerlo mal hemos forzado la situación para que el ascenso acabara dependiendo de despejar un córner en el último minuto del último partido de la temporada, momento en el que la situación nos ha forzado a nosotros para rematar con el desenlace más cruel jamás imaginado.

Al ser de Levante, he visto más derrotas que victorias. He sentido más veces esta disgustada sensación que la euforia desbordante de la victoria. Me ha visitado tantas veces que la reconozco a la perfección; siempre es la misma. Si mi consciencia se pudiera trasladar al otro día de un partido del Levante, aunque solo durase un segundo, sería capaz de averiguar el resultado o, más precisamente, sería capaz de saber si perdimos o no. No obstante, con cada partido que pasa, con cada derrota que pasa, me cuesta más encontrar las diferencias entre perder y ganar, es decir, le empiezo a reconocer a la derrota un envolvente sabor amargo; como un canto de sirena que hechiza y no suelta. Mi abuelo, que eligió ser del Levante, supo a qué me refiero; mi padre, que le siguió sus pasos, también sabe a qué me refiero. Con el estadio casi vacío, un sentido caballero, unas filas más allá y la mirada brillante, quizás se sintió culpable de haber a arrastrado a sus hijos, ya mayores, ante tal circunstancia; pero reconoce y se indentifica con ese envolvente sabor amargo que curte, que endurece el ánimo, que forja un carácter valiente, aguerrido. Sentimientos que no se pueden atrapar y se escapan por la piel, sentimientos de pertenencia a un club, a un grupo reducido de individuos con corazones palpitantes y que se hacen más grandes en la derrota. Solo un alma de piedra puede haber estado presente y no prometerse ser del Levante hasta que terminen sus días.

domingo, 21 de mayo de 2023

Una última oportunidad

Ayer por la tarde, hace unas veinte y cuatro horas, en el momento en el que Brugué filtró un pase al área con destino a las botas de Montiel, el Levante no tenía ninguna posibilidad de ascender por la via rápida. Es más, habiendo lanzado el penalti, aún cuando el portero groguet impidió el gol, el Levante estaba condenado a jugar la promoción de ascenso; no había escapatoria. Felizmente la pelota volvió rebotada, de nuevo, a las botas de Montiel que no falló dos veces seguidas y, a placer, permitió una última oportunidad para el ascenso granota. Tan cerca se bordeó el precipicio que la grada gritó desatada gol, sabedora que a este Levante, a punto de morir, todavía le queda un hilo de vida.

El Levante, el último de los contendientes con opciones, tiene dos formas de ascender: ganar y esperar a que el Granada pierda o esperar el empate entre Las Palmas y Alavés, los otros dos candidatos, y enchufarle seis goles al Oviedo. Calleja es un hombre que no considera que Pubill sea infinitamente mejor que Son, que pone a jugar a Wesley sea cual sea la circunstancia, que ayer quiso poner a De Frutos en el carril diestro como quinto defensa, que hace seis días quitó a Montiel y metió a Musonda, que mira impasible cuando Wesley le agarra de las manos el balón a Campaña y que gracias a él nuestras opciones de ascenso se reducen a una sola, y es a costa del equipo más serio de los cinco mamarrachos que han optado a subir de categoría esta temporada. Calleja nunca ha dado importancia a la diferencia de goles, con solo cuatro victorias por más de un gol de las trece que ha cosechado. Y, ni tan si quiera lo ha puesto en relieve a última hora, pues mientras Las Palmas metía cuatro goles en Cartagena, él chistaba si oía una radio y se centraba en ganar el partido. Calleja, ¿sabes acaso cuántos goles a favor llevamos, cuantos en contra, cuantos lleva Las Palmas?, ¿cuántas tarjetas amarillas le han sacado al Levante?, ¿y a Las Palmas?, ¿conoces los criterios de desempate?, ¿conoces el significado de la palabra desempate?, ¿y criterio?, ¿sabes lo que es criterio?

Por otra parte, tengo sentimientos mínimamente encontrados. Si pudiera proyectar mi perspectiva sobre el Ciutat de València, de las 24.534 localidades, solo se librarían tres asientos, el resto son todos pesimistas. Pero algo en mí, me hace reservar tres asientos a la esperanza. Ayer por la tarde, hace unas veinte y cuatro horas, en el momento en el que Brugué filtró un pase al área con destino a las botas de Montiel, el Granada era equipo de Primera División; y no había escapatoria. El gol de Joni, con suspense incluido, hizo reprimir la alegría a jugadores y afición. Incluso la derrota les vale, siempre y cuando, no consigamos hacerle un gol al Oviedo. De hecho, 20.000 de los asientos me hacen pensar en un triple empate a cero. Pero imagínese, mi muy estimado amigo granota, una victoria ligeramente holgada, dos goles a nuestro favor y el Granada sin pasar del empate en su propia casa, conservando a capa y espada el punto que les permite subir a Primera. Un aleteo de mariposa que empieza con un robo de Brugué en el centro del campo de El Madrigal. Una última oportunidad, aquí y ahora, hora y media para subir a Primera. Y un extraño impulso que me invita firmemente a llevar un mensaje el sábado que viene al Ciutat: «¿Y si ?».



sábado, 6 de mayo de 2023