martes, 23 de julio de 2024

Todo un honor

La Fórmula 1 pasa por un buen momento. Cuando solo quedan tres días para que empiece el Gran Premio de Bélgica, ocho son los pilotos candidatos a alzar los brazos en la meta del circuito que recorre el bosque de Spa-Francorchamps; siete si se ignora la improbable recuperación de Sergio Pérez. Entre McLaren, RedBull, Ferrari y Mercedes -cuatro de los más importantes equipos de la historia de la Fórmula 1- se está librando una competición tan ajustada que un piloto con un ritmo de carrera decente, y no muy lejos del más rápido, puede acabar el Gran Premio séptimo con una mano delante y un Aston Martin detrás. La igualdad en la máxima competición del automovilismo ha alcanzado un punto que no debe haber reparo por comparar esta situación con la de 2010, en donde cuatro pilotos pudieron ganar el campeonato en la última prueba, o con la de 2012, temporada en la que se sucedieron consecutivamente siete ganadores diferentes. 2012... el recuerdo, la infancia, la carrera pasada por agua en Brasil, Fernando Alonso en el punto más dulce de su trayectoria... Será la madurez o será la última desilusión, de una larga lista, fruto de una insondable diferencia entre la habilidad de Alonso y la velocidad del coche que pilota, pero estoy seguro que los ecos de aquellos años no me dejan valorar las numerosas bondades de la presente temporada. Con la victoria del domingo, Óscar Piastri se convierte en el séptimo piloto diferente en conseguir una victoria en las trece carreras que lleva el campeonato. Y no me pude alegrar más por él.

Esta igualdad tan ajustada es una de las cosas que me puede ayudar en mi proceso de reconciliación con la setentañera. Para los que me preguntéis cómo lo llevo: «Poco a poco». Estoy totalmente convencido de ver Fórmula 1 durante toda mi vida, pero reconozco que tal vez deba dejar pasar tres o cuatro carreras ahora para no perderme treinta o cuarenta y hartarme del todo de aquí a veinte años. La última carrera que ví, antes de la de este fin de semana, fue la del Gran Premio de España, en junio, y antes, la que tuvo lugar en el fenomenal circuito de Suzuka, en abril. Así las cosas, llegado el viernes tenía verdaderas ganas de zambullirme en un Gran Premio de Fórmula 1, buscando, como últimamente, un reencuentro con la setentañera: y lo encontré. Tan pronto como se apagan los semáforos, Lando Norris, el poleman, se duerme y como resultado lo pasan por izquierda y derecha. Oscar Piastri lidera la carrera, seguido de Verstappen y Norris, pero a Max le aconsejan ceder su posición para evitar malentendidos con el director de carrera y pasa a ser tercero en beneficio de Norris. Hamilton y Leclerc arriesgan con la estrategia y tras las primeras paradas en boxes, Max Verstappen, segundo tras la salida, se ve relegado a la quinta posición. Mad Max entra en acción y empieza a despotricar a través de la radio, su ingeniero pidiéndole calma y madurez, para frustrarse y perder toda opción de podio al chocar como un burro contra Hamilton. Por delante, Norris para una vuelta antes que Piastri y se pone primero por efecto del rendimiento extra que le ofreció su neumático más nuevo durante una vuelta. Y al final todo se resuelve con un paripé cediendo la posición.

El caso es que, finalmente, Óscar Piastri ganó la carrera. Mi primo australiano es seis meses más joven que yo. Él ya se convirtió en el primer piloto en participar en la Fórmula 1 que había nacido después de noviembre del 2000 y el domingo se convirtió en el primer ganador de un Gran Premio que es más pequeño que yo. Más allá de la reflexión suscitada al mismo término de la carrera acerca de mi edad y mi inicio de adultez, creo que debo abandonar aquel antiguo sueño de aceptar una oferta como piloto de Fórmula 1 de Ferrari. Piastri, como cualquier otro buen piloto, es un tío que como chaval arrasó en las categorías inferiores del automovilismo pero que, al dar su paso a la Fórmula 1, se vio envuelto en una trama legal solo alimentada por la desmesurada soberbia francesa del equipo Alpine. Tras debutar el año pasado pilotando un McLaren tuvo que soportar el ninguneo de su equipo, en no pocas carreras, para dejar pasar a su compañero cuando éste era más lento que él y marchaba por detrás. Un tío tranquilo, que no dice una palabra más alta que la otra, que después de asombrar al mundo en su primera participación en un Gran Premio de Japón no pudo ocultar una leve sonrisa. En esta casa no somos del Levante Unión Deportiva por la grandeza de sus victorias, de lo contrario nos faltarían argumentos, sino por el sentimiento más profundo que provocan sus derrotas. Me imagino a Piastri conteniendo la ilusión dentro del casco, sin querer fiarse demasiado de esa intuición que le invitaba a pensar que su primera victoria en la Fórmula 1 estaba cerca; me imagino también la rabia que sentiría al ver que, otra vez, su equipo estaba beneficiando a su compañero y el desazón completo que sintió al adelantar al primer clasificado, que se estaba dejando. Me pregunto si en las últimas vueltas se acordaría de todos aquellos momentos que le llevaron a conseguir su primera victoria, de su familia y amigos o si por el contario no podría dejar de desear que las cosas se hubieran dado diferentes. Hasta su primera victoria ha tenido que ser así. Me pongo a pensar en todos los pilotos que podrían haberme hecho sentir mayor durante una tarde y Óscar, tío, es todo un honor que hayas sido tú.



sábado, 6 de abril de 2024

Reconciliación

No es ningún secreto que mi relación con la Fórmula 1 ha pasado por momentos mejores. Aquí ante todo me gustaría ser sincero. Sin embargo, desde esta misma mañana, sí puedo asegurar que mi relación con la Fórmula 1 también ha pasado por momentos peores. La pasada temporada, tras la última carrera bajo los focos del circuito de Abi Dhabi, acabé bastante cansado del tinglado artificial que entre FIA y FOM hubieron montado. Veintitres fines de semana, en lugares que despertaban, cuando menos, poco interés, con carreras al sprint los sábados y otros pequeños detalles que hacían cuestionarme si realmente estaba viendo un campeonato de la máxima expresión de automobilismo. Este año, como el lector más avezado de este sucedáneo de portal web sabrá, la temporada dio comienzo, a mi manera de entender la Fórmula 1, hace quince días en el circuito que rodea el lago de Albert Park; las dos carreras de antes solo fueron dos sesiones de entrenamientos previas a la temporada -como esas que antes se hacían en Barcelona.

Siempre me ha gustado este momento del fin de semana del Gran Premio: el del sábado por la noche. Con todas las cartas boca arriba, con la parrilla definida para el domingo y trescientos seis kilómetros por delante para ordenar a coches y pilotos de más rápido a más lento. Esta mañana Max Verstappen ha aventajado a su compañero de equipo en tres décimas de segundo solo durante la frenada de la última curva para acabar consiguiendo la pole position por sesenta y seis milésimas. Lando Norris, a los mandos de uno de los McLaren, ha conseguido una vuelta tan buena para ser tercero que ni si quiera ha podido mejorarla en su segundo intento; y algo parecido le ha sucedido a Carlos Sainz con el registro que le ha servido para ser cuarto. Ferrari que, durante gran parte del fin de semana parecía el principal rival de los coches RedBull, se han desinflado en el último momento -en la simulación de clasificación de los terceros entrenamientos libres- y ahora es, incluso, el quinto equipo de la parrilla. Quinto sale Fernando Alonso y su gloriosa tanda con neumáticos duros que tiene a España entera soñando con un podio, en el peor de los casos. El nano, que no sabía cómo ir más rápido, ha mejorado su tiempo y ha pasado en su último intento a Piastri -sexto-, a Hamilton -séptimo- y a Leclerc -octavo-. Russell sale merecidamente en la novena posición como el peor piloto de los mejores. Y para la última plaza que da acceso a puntos se presenta una lucha a cuatro bandas con Tsunoda y Bottas como principales candidatos y Ricciardo -con más ganas que acierto- y Hulkenberg como alternativas.

En la soledad del hogar y en el silencio inducido de Antonio Lobato he logrado encontrar la tranquilidad para iniciar mi reconciliación con la setenteañera Fórmula 1. Anoche me quedé embobado viendo en diferido los primeros entrenamientos libres y hoy he saltado del susto cuando he visto que Ferrari era el quinto equipo, antes de la clasificación, y se me ha hecho tarde porque me he entretenido con la retransmisión en directo de Víctor Abad, después de la clasificación. En quince días, veo reverdecer el páramo que hace no tanto era selva frondosa. Me pregunto por qué será. No obstante, tras dos jornadas de genuina competición, mañana, con la carrera, llega la prueba de fuego lidiando con el juguete roto del DRS y siempre desproporcionado juicio de la FIA. Porque mira tú por donde, prefiero antes el jamón ibérico o el sushi bueno que los garbanzos triturados o las hamburguesas de un euro. Porque mira tú por donde, antes que ver un circuito callejero artificialmente iluminado, prefiero ver a George Russell atravesar la última curva del soberbio circuito de Suzuka tan rápido como le sea posible.



jueves, 8 de febrero de 2024

La ficha técnica

En el tiempo justo para que tres domingos pasen y dejen su festiva impronta, el Levante ha jugado una pareja de partidos que, de ser personas, muchos creerían hermanos. El pasado empate en Miranda del Ebro y la reciente derrota en Barcelona guardan ciertos puntos en común que, retorciendo la realidad, parecen el mismo recuerdo. Cierro los ojos y no sé si lo que veo pertenece al domingo pasado o a quince días atrás. Jugados a domicilio, domingo por la tarde, ambos con el dulce gusto de una victoria que sin embargo se amarga justo antes del final. Ambos con carretera para pensar; y ambos acompañados de un lunes a la mitad de nuestras posibilidades como ser humano. Trece y ocho horas, respectivamente, sin moverse dentro del coche para ver cómo el Levante pierde solo cuando ya no hay tiempo para más: un plan sin fisuras, Torrente. Dichos los hechos innegables que caben en las cinco líneas en las que se extiende la ficha técnica del partido, abordemos, con permiso suyo, las cuestiones verdaderamente transcendentes, aquello que fundamentalmente importa.

Espero no perder la atención del asiduo lector de este sucedáneo de portal web: voy a dejar el puto resultado a un lado. Bajo circunstancias normales -cualquier partido en el que no intervengan mis queridos compañeros blanquinegros o una determinada situación clasificatoria especialmente apretada- el número de goles en un partido de fútbol debería recibir el mismo trato que el número de saques de esquina. Una jugada acertada de veinte segundos no puede eclipsar hora y media de juego. A veces, es dificil saber lo que uno siente, o, mejor dicho, es dificil saber lo que uno siente pero lo realmente dificil es encontrar las razones. Bajando la escalera de la tribuna del estadio de Anduva, uno lidia con la tentación de elevar el resplandeciente destello de Carlos Álvarez y adjudicar a la mala suerte el gol tardío en contra. Uno se siente molesto en definitiva, pero duda sobre si es por el inútil deseo de que ese último cabezazo vaya fuera de la portería en lugar de dentro de ella o, si más bien, la molestia tiene que ver con el tantísimo recelo por encajar gol -para finalmente encajarlo y con merecimiento. Al poco de dejar Logroño atrás uno se convence de lo segundo y para cuando llega a Teruel uno se explica a sí mismo: «pero qué sumamente cobardes hemos sido».

Es más, en ese momento turolense, me animo a imaginar un pasado distinto: con un Levante decidido, con alma, que después de pelear y buscar el segundo gol sin embargo recibe, por designios del fútbol, el gol del empate en el mismo exacto minuto: «Estaría contento -aseguro finalmente». Ambos hermanos Schumacher eran pilotos de Fórmula 1, pero tú ya me entiendes. La del domingo pasado en Barcelona es una experiencia que recomiendo a todo buen granota. Once representantes de les barres blaugranes, en un escenario abrumador, jugando al fútbol con determinación, con garra, con deportividad, con ganas de jugar, sin un solo fingimiento -salvo la jugada que mereció la expulsión de Dela. Un equipo de once chavales jóvenes, con hambre de comerse el mundo, con el deseo de hacerse un hueco en la élite y con el que evidentemente me siento identificado. El gol del empate es fruto de ese juego coral, de ese compañerismo que rezumó el Levante durante el partido; Dani Gómez, ajustándose las medias, hace un hueco delante del portero, todos al segundo palo, pase raso y tenso al primero e inevitablemente gol. El Espanyol, cierto es, que no estuvo muy atinado pero eso nunca ha sido óbice para que los nuestros se tumben a la bartola delante de la portería de Andrés. Que Dani Gómez tenía que haber metido gol, que Carlos no tenía que haber tirado al centro, que Róber Ibáñez no sé qué. ¿Pero, qué mas da todo eso? Dani Gómez puso el pie para meter, Carlos apuntó a la escuadra y Róber Ibáñez no quería perder el balón, ¿Qué sucedió lo contrario? pues ya está, pasó así. ¿Qué más te da que te piten un penalti en el último minuto cuando puedes bajar la escalera del fenomenal estadio de Cornellà orgulloso de haber visto jugar al Levante?, ¿Qué más da todo lo demás? El coche, el tiempo, el domingo perdido, el lunes sacrificado, el sabor de la derrota. Todo es menos importante.

Total que, un poco más allá, en la grada visitante, uno de ellos mira el marcador, el otro mira la clasificación en el móvil y mientras yo aplaudía como un padre que felicita a su hijo, se dice como una sola voz: «Esa camiseta no la merecéis» Justo en el día en el que más se merecieron jugar en nombre del Levante Unión Deportiva. La ficha técnica del partido debe ser muy aburrida.