Desde la refundación de este sucedáneo de portal web solo se han comentado las peripecias del decano del fútbol valenciano en Primera División. Solo en Primera. Desde entonces, les barres blaugranes no han jugado en otra categoría. Solo en Primera. En Primera, nada más. Y esto habla peor del sucedáneo que del Levante. De hecho, habla muy bien del Levante y, especialmente, habla mejor de Paco López. Mi muy querido amigo Pelao agarró a un Levante destinado al fracaso y lo hizo jugar al fútbol como nunca. Antes de la aparición mariana del tio més templat de tota Silla, en Orriols solo podíamos imaginar jugar al fútbol así, o verlo por la tele, también; y tras su dolorosa partida nada más podemos hacer que añorar las combinaciones vertiginosas al primer toque, el ataque sin contemplaciones y también, por supuesto, esa defensa de papel sacrificada en favor del espectaculo y el divertimento. El fútbol es un juego y Paco lo sabe. La valentía es un don que Paco recibió. Durante el calentamiento anoche, mientras mi colega Nafti con polo, vaqueros y zapatillas enchufaba, a pie de cesped, a la represetación granota que jugaría el partido, mi memoria era un taladro (a las tres del mediodía) recordando el larguero de Bardhi en Mestalla, el tiro a las nubes de Roger contra el Celta, el palo de De Frutos contra Osasuna, el cabezazo de Rober Pier contra el Atlético o el puto penalti fallado de Morales en Mallorca. Hace unos meses me despedí de Paco con una carta de amor intentando por todos los medios gafar su sentencia, ahora puedo ver a Pepelu e Iborra defender el orgull granota en Segunda División.
Por otra parte, no sé si la nueva canción de los chiquitos de Levante Fans dice "soy del Levante no importa división" o, por el contrario, dice "soy del Levante en Segunda División". Todo acompañado por Gigi Dagostino. A decir verdad, no se les entiende muy bien lo que dicen. O puede que sí. Creo que cantan la primera letra que propongo, pero a mí me gusta más la segunda. Así que me quedo con la segunda. El simple hecho de cantar y, por tanto, hacer rima no convierte en legítimo un mal uso del castellano. ¿Quiénes somos ahora?, ¿Malú?, ¿Melendi el moderno? El jugar en Primera es mejor que jugar en Segunda. Eso, al menos, está claro. No creo que haya nadie que prefiera que el Levante no esté en Primera, e incluyo a los chotos en esto. Si el empate de ayer nos hubiera dejado a dos puntos del Real Madrid en lugar de a dos puntos del Éibar, todos seriamos un poco más felices, creo. Además de que, seguro, hubiéramos apreciado más el punto que conseguido. Pero una vez se completa el sencillo ejercicio de dejar la categoría a un lado y centrarse en lo que mueve al fútbol, la vida sigue igual: camisetas del Levante en el autobús, dos coleguitas que saludan irónicamente al grito de "¡choto!", un griterio enfervorizado cuando un paladín de les barres blaugranes es objeto de falta y el murmullo de siempre cuando el Levante entra al área rival. Por un momento a uno se le olvida aquellos nueve meses sin intimar con la victoria y piensa que sigue en Primera, después recuerda esa agobiante necesidad de ganar y uno baja a la tierra.
Hace cuatro años, el sorteo de la Copa del Rey emparejó al Levante con el Lugo. Dentro del cuadro gallego destacaba un chaval, con mucha peli encima y con el pelo decolorado, pero bien, paser futbolista entraba dentro del intervalo de confianza. El chico era un fuera de serie y cuando me enteré de que tenía 20 años no conseguí comprender cómo podía estar en Lugo, en propiedad. Fin del acertijo: el chaval era Dani Escriche. Y su estilo de juego, regateador insolente con un radar para encontrar pases, casaba perfectamente con el entrenador que teniamos. Además el chico nació a una hora en coche del Ciutat. Yo pensaba que lo fichábamos. Pero claro, ni yo estaba en la dirección deportiva del Levante, ni lo estaba Tito y, sobre todo, quien estaba era el choto de David Navarro y Manolo Salvador. Escriche anoche dio un nuevo recital, parecido al de Silva en el mismo escenario en mayo de este año, aunque claro, el jugador del Huesca solo se movía si tenía el balón en los pies. Pudo haber ganado él solo el partido.
Por otra parte, no le deseo mal a nadie pero, ¿David Timor no podía haber tenido otra vida? Ya no te digo que su existencia se rebaje a ser la de un simple señor que intenta ganarse la vida con un trabajo corriente; que sea un hipster multimillonario me parece más o menos bien. Lo que me pregunto es: ¿Por qué he tenido que conocerlo?, ¿Por qué he tenido que conocer a un tio capaz de rebentar a Pepelu con un pelotazo en el estómago tras una falta penosamente lanzada y que ni se digne a pedirle perdón?, ¿Por qué he tenido que conocer a un mendrugo que le niegue el gesto a Brugué cuando éste le tiende la mano alegando buena lid en una noble acción por recuperar el balón?, ¿Por qué se merece tener el don de ser futbolista un puto tramposo que se tira al suelo patéticamente fingiendo falta tras un fallo grosero suyo y después tiene la jeta de pegar cabezazos como diciendo "hombre, claro, como no me van a pitar falta con lo bien que me ha quedado la caída"?
Bien, no me apetece calentarme. El Levante estuvo cerca de ganar. Pero también de perder. El partido fue mucho más parejo de lo que el fútbol y el dominio pudieron reflejar. El fin de semana podría ser muy distinto si la anticipación de Escriche da al larguero, pero luego entra. De igual forma que el panorama habría cambiado por completo si Andresín no responde con un paradón incomprensible al fortísimo testarazo de Melero. Segunda es así. En siete días me esperan dos entradas en la primera fila de La Romareda. Y este año no hay parón por selecciones.
domingo, 14 de agosto de 2022
martes, 26 de julio de 2022
El punto, de vista, de Ferrari, y el mío también
Por mucho que nos duela, esas líneas azules y luego rojas, vacías de algún sentido estético y que tuvimos la desgracia de ver el último fin de semana, ya forman parte de lo que se entiende como verano al igual que lo hacen las cuatro esquinas en mitad del paisaje tirolés, el kartódromo de Budapest, el olor a insecticida o un vasito de orxata a las cuatro y media de la tarde. Sin embargo, la calurosa tarde a orillas del Golfo de León con la siempre insuficiente brisa mediterránea peinando el cemento azul y luego rojo de Francia incitó menos a la siesta que de costumbre. Principalmente, por dos razones; dos razones que bien pueden resumirse en una sola: la primera fue Carlos Sainz intentando anular la penalización por usar más motores de los que debía que lo llevó al fondo de la parrilla, la segunda fue Charles Leclerc dando a luz a uno de esos momentos que se recuerdan aún cuando el paso del tiempo posa su espesa capa sobre el pasado. Alrededor de todo este ambiente bajo el gobierno de la soberbia germana, escandinava y, sobre todas las cosas, británica; Ferrari es ese necesario ímpetu mediterráneo que nos recuerda que dentro del pecho hay algo que hace bum-bum-bum-bum-bum. La Scuderia lleva animando la Fórmula 1 desde, que yo recuerde, aquella imagen aérea del circuito de Suzuka en el que el hilo interminable de humo procedente del motor del coche de Michael Schumacher precedió al segundo título mundial del asturiano más rápido de todo el planeta. Por otra parte, es fácil pensar que si Max Verstappen acaba la temporada con otra copa más en la salita de estar de su casa, seguramente se deba a la salida de pista que Charles Leclerc tuvo el infortunio de protagonizar sobre el cemento azul y luego rojo que una noche una mente francesa ideó. Como sé que todavía tienes una sonrisa tonta cubriéndote la cara mientras te imaginas a Fernando Alonso saliendo del R26 y haciendo el quico en el pit lane de Suzuka, voy a intentar devolverte a 2022 mientras te susurro el nombre de Carlos Sainz.
El hijo de El Matador, merece empezar a llamarse solamente El Matador suponiendo que todavía queda alguien que se siga refiriendo a él como Carlos Sainz Junior. Hasta donde puedo imaginar, el grado de satisfación para con la Scudería del promedio de aficionados a los coches de colores y pegatinas en la piel de toro que forma España es irónicamente alto. La cantidad de causas que explican este parecer paronámico es tan extensa como la razón permita analizar. Pero no ayuda, especialmente, que Antonio Lobato piense y verbalice que los mecánicos de Carlos le hacen la cama al pobre chaval en todos los pit stop desde que llegó a la Fórmula 1, que Toni Cuquerella crea firmemente que el podio de Carlos es una realidad y, ya no te digo, si después de hacer una parada que lo trasladó del tercer peldaño provisional a la quinta plaza final, Carlos rebuzna como a quien le toca hacer el trabajo por parejas con la garrapata de la clase. Con decidido objeto a ordenar todos los elementos que componen la trama de la situación, se hace saber que El Matador se lanzó a hacerse un hueco dentro del mundillo de la Fórmula 1 a golpe de adelantamiento marciano, aunque había quien que su mayor preocupación era saber si acabaría tercero o si acabaría séptimo. Le arrancó las pegatinas al Mercedes conducido por George Rusell en la curva más rápida del calendario y el adelantamiento a Pérez para acceder a posición de podio prometo decir que es lo mejor que he visto en toda mi vida. Ostentando la tercera plaza, Ferrari se topó con una encrucijada. De no parar, no se manejaban muchos escenarios distintos a una pelea a la defensiva entre El Matador, Pérez y Russell que, a tenor de la salida precipitada de Carlos del pit stop que acarreó cinco segundos de sanción, le aseguraba cerrar el grupo por mucho que lo liderase al cruzar la meta. Ferrari tenía que decidir entre no pararlo y acabar probablemente quinto asumiendo el riesgo de quedar aún más atrás, y entre pararlo y acabar probablemente quinto abrazando la esperanza de cazar un podio; además de la vuelta rápida y su punto extra. Ferrari lo paró. Y es en este punto dónde mi punto de vista y el punto de vista de Ferrari convergen en un único punto. Para empezar, porque 11 puntos son más que 10 puntos y, para acabar, porque me parece hasta más inteligente quedar quinto deseando ser tercero que quedar quinto deseando no ser séptimo. La carrera de Carlos se vio cercenada mucho antes de que Ferrari lo mandase parar. Hubo dos momentos en el fin de semana que comprometieron el Gran Premio de El Matador: el Safety Car justo cuando comenzaría a recoger lo sembrado, le privó del podio; el cambio de motor antes de la clasificación, le privó de la victoria.
Hamilton no ha sido el primer piloto de la historia de la Fórmula 1 que no ha podido beber durante una carrera. Me atrevería a decir, con cierta imprudencia, que no fue el único piloto del Gran Premio que tuvo algún problema con el sistema de bebida. Entiendo, por otra parte, que se agarró un mareo serio cuando se levantó. Vengo a hablar de mi coleguita porque el único heptacampeón del mundo que lleva una peli encima parecida a la del cani de mi barrio se hubiera quitado un pirsin, sin cirugía ni nada, con tal de haber sido Carlos Sainz el domingo. Ya no solo por atraer todas las miradas, cosa que le vuelve loco, sino por demostrar la valía de su pilotaje, muy en duda, gracias a un par de adelantamientos que solo puede imaginar en sueños. La exhibición de Carlos Sainz, al borde del Mediterráneo, vale mucho más que cualquiera de los segundos puestos anodinos que ha cosechado Bottas a lo largo de su estancia en Mercedes. Hablando de Sainz, rozó la victoria después de echarse la estrategia a la espalda en Mónaco, rozó la pole en Azerbayán, quedó segundo en la isla de Notre Dame a pesar de ser el más rápido, ganó en Silverstone a pesar de no ser el más rápido pero después de explicarle un par de cosas a Morritos Max en la salida, el motor de su Ferrari dijo basta mientras corría segundo en Austria y solamente aquella rotura en medio de las montañas centroeuropeas le apartó de la victoria en el circuito de Paul Ricard. Resulta dificil, en un deporte como la Fórmula 1, saber si un piloto está en el mejor momento de su carrera: puedes conducir como nunca pero simplemente quedar sexto dentro de una caja de zapatos con ruedas (ejem). Pero, no hay dudas de que Carlos atraviesa el punto más dulce de su trayectoria como piloto de Fórmula 1. Antes de acabar esta semana, Carlos visitará el Hungaroring en Budapest y lo hará siendo el principal favorito para alzar los brazos en lo más alto del podio. Mi hermano ya estábuscando alojamiento en Montmeló para el año que viene .
El hijo de El Matador, merece empezar a llamarse solamente El Matador suponiendo que todavía queda alguien que se siga refiriendo a él como Carlos Sainz Junior. Hasta donde puedo imaginar, el grado de satisfación para con la Scudería del promedio de aficionados a los coches de colores y pegatinas en la piel de toro que forma España es irónicamente alto. La cantidad de causas que explican este parecer paronámico es tan extensa como la razón permita analizar. Pero no ayuda, especialmente, que Antonio Lobato piense y verbalice que los mecánicos de Carlos le hacen la cama al pobre chaval en todos los pit stop desde que llegó a la Fórmula 1, que Toni Cuquerella crea firmemente que el podio de Carlos es una realidad y, ya no te digo, si después de hacer una parada que lo trasladó del tercer peldaño provisional a la quinta plaza final, Carlos rebuzna como a quien le toca hacer el trabajo por parejas con la garrapata de la clase. Con decidido objeto a ordenar todos los elementos que componen la trama de la situación, se hace saber que El Matador se lanzó a hacerse un hueco dentro del mundillo de la Fórmula 1 a golpe de adelantamiento marciano, aunque había quien que su mayor preocupación era saber si acabaría tercero o si acabaría séptimo. Le arrancó las pegatinas al Mercedes conducido por George Rusell en la curva más rápida del calendario y el adelantamiento a Pérez para acceder a posición de podio prometo decir que es lo mejor que he visto en toda mi vida. Ostentando la tercera plaza, Ferrari se topó con una encrucijada. De no parar, no se manejaban muchos escenarios distintos a una pelea a la defensiva entre El Matador, Pérez y Russell que, a tenor de la salida precipitada de Carlos del pit stop que acarreó cinco segundos de sanción, le aseguraba cerrar el grupo por mucho que lo liderase al cruzar la meta. Ferrari tenía que decidir entre no pararlo y acabar probablemente quinto asumiendo el riesgo de quedar aún más atrás, y entre pararlo y acabar probablemente quinto abrazando la esperanza de cazar un podio; además de la vuelta rápida y su punto extra. Ferrari lo paró. Y es en este punto dónde mi punto de vista y el punto de vista de Ferrari convergen en un único punto. Para empezar, porque 11 puntos son más que 10 puntos y, para acabar, porque me parece hasta más inteligente quedar quinto deseando ser tercero que quedar quinto deseando no ser séptimo. La carrera de Carlos se vio cercenada mucho antes de que Ferrari lo mandase parar. Hubo dos momentos en el fin de semana que comprometieron el Gran Premio de El Matador: el Safety Car justo cuando comenzaría a recoger lo sembrado, le privó del podio; el cambio de motor antes de la clasificación, le privó de la victoria.
Hamilton no ha sido el primer piloto de la historia de la Fórmula 1 que no ha podido beber durante una carrera. Me atrevería a decir, con cierta imprudencia, que no fue el único piloto del Gran Premio que tuvo algún problema con el sistema de bebida. Entiendo, por otra parte, que se agarró un mareo serio cuando se levantó. Vengo a hablar de mi coleguita porque el único heptacampeón del mundo que lleva una peli encima parecida a la del cani de mi barrio se hubiera quitado un pirsin, sin cirugía ni nada, con tal de haber sido Carlos Sainz el domingo. Ya no solo por atraer todas las miradas, cosa que le vuelve loco, sino por demostrar la valía de su pilotaje, muy en duda, gracias a un par de adelantamientos que solo puede imaginar en sueños. La exhibición de Carlos Sainz, al borde del Mediterráneo, vale mucho más que cualquiera de los segundos puestos anodinos que ha cosechado Bottas a lo largo de su estancia en Mercedes. Hablando de Sainz, rozó la victoria después de echarse la estrategia a la espalda en Mónaco, rozó la pole en Azerbayán, quedó segundo en la isla de Notre Dame a pesar de ser el más rápido, ganó en Silverstone a pesar de no ser el más rápido pero después de explicarle un par de cosas a Morritos Max en la salida, el motor de su Ferrari dijo basta mientras corría segundo en Austria y solamente aquella rotura en medio de las montañas centroeuropeas le apartó de la victoria en el circuito de Paul Ricard. Resulta dificil, en un deporte como la Fórmula 1, saber si un piloto está en el mejor momento de su carrera: puedes conducir como nunca pero simplemente quedar sexto dentro de una caja de zapatos con ruedas (ejem). Pero, no hay dudas de que Carlos atraviesa el punto más dulce de su trayectoria como piloto de Fórmula 1. Antes de acabar esta semana, Carlos visitará el Hungaroring en Budapest y lo hará siendo el principal favorito para alzar los brazos en lo más alto del podio. Mi hermano ya está
domingo, 19 de junio de 2022
Fernando, por el amor de Dios, Fernando
Sí, es sábado por la noche y reina el silencio en la estancia. No sucede lo mismo allende la casa donde la música barata se eleva estruenda en honor, se supone, a la noche de San Juan. El, en cualquier caso, relajante zumbido de Nicky Nicky Jam atraviesa las paredes y se filtra por las ventanas cerradas que pretenden evitar la visita de intrusos voladores y con más patas que el promedio de las especies. La ropa se pega al cuerpo con firme propósito, fuera una voz profunda pregunta ¿dónde están las gatas?, dentro una voz interior pregunta si lo que está respirando es aire o solamente agua en suspensión. De pronto, con caracter inmediato, la inmaculada imagen veraniega se baña con un recuerdo tanto o más refrescante que el zumito de manzana que ahora ingiero y que entonces se convirtió en incentivo para la joven cajera de la mayor cooperativa valenciana que trabaja cerca de aquí. Fernando Alonso se abre paso entre la nube de agua en suspensión que Carlos Sainz había levantado un instante antes, al cruzar la meta Fernando consigue el segundo mejor tiempo de la noche para alegría contenida del dueño de este sucedaneo portal web que todavía navegaba sumido en una honda decepción por ver como, de nuevo, Carlos perdía una pole que, por un momento, era suya.
En 1976, cuatro bravos españolitos, a bordo de una embarcación y con remos en las manos, fueron más rápidos que todos, salvo los que quedaron primeros, en cruzar la pista de remo que se encuentra justo al lado del circuito Gilles Villenueve. (Espérate un segundo que le voy a decir a la mosca esta que soy de Burjassot). Un éxito, el de aquellos cuatro hombres, que se recuerda cincuenta años después, a pesar de no haber conseguido la medalla de oro. Al acabar la clasificación y con la imagen aérea de la instalación cubriendo la pantalla, resulta imposible no trazar, con pocos metros, la comparativa entre aquella hazaña y el saludo de, seguramente, los dos mejores pilotos que ha dado este país, con Verstappen al frente. Un doblete a la española; con Carlos y Fernando a los mandos solo se puede aspirar a que terminen segundo y tercero. La maldición que les persigue no admite mayores alegrías.
No es más sencillo evitar establecer una comparativa entre la vuelta más rápida de Carlos y una tarde de fútbol callejero con los chavales. En esta casa estamos imaginativos, sí. La típica, ¿no? que tú estás ahí con los colegas, jugando a fútbol y no eliges un sitio mejor que una calle con coches aparcados a cada lado. Entonces, tu colega, por que tú nunca haces nada mal, le pega a la pelota como lo haría Diacabí borracho y el esférico va a parar debajo del típico Seat León que no ha tenido a bien aparcar en otro sitio que ese, ¿no? En este punto, empieza la vuelta de El Matador, con la pelota debajo del coche o, mejor dicho, con Morritos Max dejando a cualquier otro terrestre a segundo y pico de distancia. Y tú te crees que, realmente, Carletes va a poder sacar la pelota de debajo del Seat León cuando Lobato te susurra, a voces, que ha marcado el mejor tiempo en el primer sector. Ya toca Carlos la pelota con el pie cuando solo cede la décima que había ganado en el segundo sector. Y tú, que sabes perfectamente que el último sector es una curva, te ves elevando tus plegarias a la Geperudeta para que la haga tal y como la haría Ayrton Senna subido al Mercedes que secuestró el campeonato de la última década de Fórmula 1. Cuando Carletes frena un poco más tarde de lo que la lógica le invita a pensar, se acaba de decidir a soltarle una patada a la pelota para sacarla de ahí ahora o nunca; pero cuando vuelve a seguir su corazón para acelerar una décima de segundo antes de lo que su cabeza le dice, empuja el balón en lugar de tirar de él y ya es inalcanzable.
El promedio de los amantes de los cochecitos con pegatinas, al menos, en esta piel de toro que forma España tiene una tendencia, a mi entender, ilógica a menospreciar los resultados de los entrenamientos libres. Si El Nano lleva dos viernes seguidos quedando cuarto es, entre otras razones, porque puede. Que sí, que la carga de combustible no se puede saber, que tampoco se puede saber la potencia que se le aplicó al motor y todo ese rollo. Pero no hace falta ir tan atrás para ver al mismo piloto que, aún ni con masclets explotando cada dos segundos para propulsar su pobre monoplaza podía llegar a ser cuarto. Si Alonso, el viernes consigue el cuarto mejor tiempo, será más probable que repita posición el sábado a que si el viernes no puede ni pasar a Ocon. Y, si cuando se pone a llover el sábado por la tarde, El Nano está toda la sesión siendo el primero, más probable será que también ocupe la zona alta de la tabla que si no encuentra su pie derecho quedando decimoquinto como el único heptacampeón del mundo con pírsins e ingerto capilar. De igual forma, no podía ser yo el único que veía la que se nos podía venir encima cuando Leclerc dice que no sé qué y que va a salir el último. Tampoco podía ser yo el único que se diera cuenta cuando Checo encontró en las barreras de la tercera curva del circuito sitio para aparcar. Y ya te dices a ti mismo: "Va a pasar", cuando Russell pone neumáticos de seco y los rivales de El Nano pasan a ser: el taxista más rápido del lado derecho del box de Haas, el hijo de Schumacher, un chico de ojos rasgados que ha pagado para estar ahí, Ocon, esta versión raruna de Ricciardo y cierto heptacampeón. Emergiendo entre la nube de agua en suspensión que dejó Carlos en su intento de sacar la pelota de debajo del Seat León, Fernando Alonso apareció para inflar el orgullo patrio y henchir de alegría nuestro español corazón como aquella vez lo hicieron cuatro bravos hombres a orillas de la isla de Notre Dame.
Mañana, el dueño de este sucedáneo de portal web acudirá a la comida familiar con la elástica de Alpine, pero nos la cambiaríamos por la de Ferrari y nos la volveríamos a cambiar por la de Alpine si los acontecimientos se mostrasen así de caprichosos. Papá o mamá se torna una elección sencilla cuando, por contra, se te ofrece o la primera victora de Carlos o la trigésimo tercera de Fernando tras nueve años conduciendo cajas de zapatos. Aunque claro, con Carlos y Fernando a los mandos y la maldición que les persigue, tampoco se descarta que terminen en la primera curva uno chocado contra el otro. También puede pasar que Fernando se lleve a Morritos Max por delante en un arrebato de española furia, Carlos se ponga líder y que, entonces, se choque, se le joda el coche o salga un Safety Car justo en el momento propicio para que Hamilton gane la carrera. Tampoco se descarta la avería de Alpine. O una mala salida de ambos. O una buena salida de Carlos, pero que lo tapone una mala salida de Alonso. O que Hamilton se lleve por delante a los dos. O la peor de todas: que El Matador quede segundo y que El Nano quede cuarto. Estoy seguro que entre tú y yo ya hemos pensado todas las cosas malas que pueden pasar. Por tanto, solo queda que pasen las buenas .
En 1976, cuatro bravos españolitos, a bordo de una embarcación y con remos en las manos, fueron más rápidos que todos, salvo los que quedaron primeros, en cruzar la pista de remo que se encuentra justo al lado del circuito Gilles Villenueve. (Espérate un segundo que le voy a decir a la mosca esta que soy de Burjassot). Un éxito, el de aquellos cuatro hombres, que se recuerda cincuenta años después, a pesar de no haber conseguido la medalla de oro. Al acabar la clasificación y con la imagen aérea de la instalación cubriendo la pantalla, resulta imposible no trazar, con pocos metros, la comparativa entre aquella hazaña y el saludo de, seguramente, los dos mejores pilotos que ha dado este país, con Verstappen al frente. Un doblete a la española; con Carlos y Fernando a los mandos solo se puede aspirar a que terminen segundo y tercero. La maldición que les persigue no admite mayores alegrías.
No es más sencillo evitar establecer una comparativa entre la vuelta más rápida de Carlos y una tarde de fútbol callejero con los chavales. En esta casa estamos imaginativos, sí. La típica, ¿no? que tú estás ahí con los colegas, jugando a fútbol y no eliges un sitio mejor que una calle con coches aparcados a cada lado. Entonces, tu colega, por que tú nunca haces nada mal, le pega a la pelota como lo haría Diacabí borracho y el esférico va a parar debajo del típico Seat León que no ha tenido a bien aparcar en otro sitio que ese, ¿no? En este punto, empieza la vuelta de El Matador, con la pelota debajo del coche o, mejor dicho, con Morritos Max dejando a cualquier otro terrestre a segundo y pico de distancia. Y tú te crees que, realmente, Carletes va a poder sacar la pelota de debajo del Seat León cuando Lobato te susurra, a voces, que ha marcado el mejor tiempo en el primer sector. Ya toca Carlos la pelota con el pie cuando solo cede la décima que había ganado en el segundo sector. Y tú, que sabes perfectamente que el último sector es una curva, te ves elevando tus plegarias a la Geperudeta para que la haga tal y como la haría Ayrton Senna subido al Mercedes que secuestró el campeonato de la última década de Fórmula 1. Cuando Carletes frena un poco más tarde de lo que la lógica le invita a pensar, se acaba de decidir a soltarle una patada a la pelota para sacarla de ahí ahora o nunca; pero cuando vuelve a seguir su corazón para acelerar una décima de segundo antes de lo que su cabeza le dice, empuja el balón en lugar de tirar de él y ya es inalcanzable.
El promedio de los amantes de los cochecitos con pegatinas, al menos, en esta piel de toro que forma España tiene una tendencia, a mi entender, ilógica a menospreciar los resultados de los entrenamientos libres. Si El Nano lleva dos viernes seguidos quedando cuarto es, entre otras razones, porque puede. Que sí, que la carga de combustible no se puede saber, que tampoco se puede saber la potencia que se le aplicó al motor y todo ese rollo. Pero no hace falta ir tan atrás para ver al mismo piloto que, aún ni con masclets explotando cada dos segundos para propulsar su pobre monoplaza podía llegar a ser cuarto. Si Alonso, el viernes consigue el cuarto mejor tiempo, será más probable que repita posición el sábado a que si el viernes no puede ni pasar a Ocon. Y, si cuando se pone a llover el sábado por la tarde, El Nano está toda la sesión siendo el primero, más probable será que también ocupe la zona alta de la tabla que si no encuentra su pie derecho quedando decimoquinto como el único heptacampeón del mundo con pírsins e ingerto capilar. De igual forma, no podía ser yo el único que veía la que se nos podía venir encima cuando Leclerc dice que no sé qué y que va a salir el último. Tampoco podía ser yo el único que se diera cuenta cuando Checo encontró en las barreras de la tercera curva del circuito sitio para aparcar. Y ya te dices a ti mismo: "Va a pasar", cuando Russell pone neumáticos de seco y los rivales de El Nano pasan a ser: el taxista más rápido del lado derecho del box de Haas, el hijo de Schumacher, un chico de ojos rasgados que ha pagado para estar ahí, Ocon, esta versión raruna de Ricciardo y cierto heptacampeón. Emergiendo entre la nube de agua en suspensión que dejó Carlos en su intento de sacar la pelota de debajo del Seat León, Fernando Alonso apareció para inflar el orgullo patrio y henchir de alegría nuestro español corazón como aquella vez lo hicieron cuatro bravos hombres a orillas de la isla de Notre Dame.
Mañana, el dueño de este sucedáneo de portal web acudirá a la comida familiar con la elástica de Alpine, pero nos la cambiaríamos por la de Ferrari y nos la volveríamos a cambiar por la de Alpine si los acontecimientos se mostrasen así de caprichosos. Papá o mamá se torna una elección sencilla cuando, por contra, se te ofrece o la primera victora de Carlos o la trigésimo tercera de Fernando tras nueve años conduciendo cajas de zapatos. Aunque claro, con Carlos y Fernando a los mandos y la maldición que les persigue, tampoco se descarta que terminen en la primera curva uno chocado contra el otro. También puede pasar que Fernando se lleve a Morritos Max por delante en un arrebato de española furia, Carlos se ponga líder y que, entonces, se choque, se le joda el coche o salga un Safety Car justo en el momento propicio para que Hamilton gane la carrera. Tampoco se descarta la avería de Alpine. O una mala salida de ambos. O una buena salida de Carlos, pero que lo tapone una mala salida de Alonso. O que Hamilton se lleve por delante a los dos. O la peor de todas: que El Matador quede segundo y que El Nano quede cuarto. Estoy seguro que entre tú y yo ya hemos pensado todas las cosas
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