En el hermoso planeta que rodea al fútbol existen acciones que inevitablemente marcan el devenir del partido. Los 90 minutos de batalla se pueden resumir en estas jugadas de pocos segundos que pudieron cambiar o que cambiaron por completo la estampa final. Momentos claves, decisivos, que anulan el todo y focalizan la parte. Se llegaría a pensar que los procedimientos tácticos, los sistemas defensivos y ofensivos, los movimientos con y sin balón, es decir, todo lo demás trabaja al servicio de estos breves instantes, sobre a los que su alrededor se ha edificado toda la emoción de este deporte. El fútbol vive de estos momentos y si como hoy, el resultado de estas acciones es nocivo, cuando el partido claudica, la imaginación, cuyo confines aun no han sido explorados, trata con todas sus energías de diseñar la versión correcta, aquella que realiza los pasos de la forma adecuada, aquella que otorga la victoria a tu equipo. Una y otra vez, casi en bucle, de forma incesante, las mismas imágenes se repiten, y una y otra vez se tratan de corregir 'Un poco antes, un poco más a la derecha...' Como si volviera a ocurrir ante tus ojos. Pero para bien y para mal, al igual que el futuro no se puede ver, el pasado no se puede rectificar. Habrá que conformarse con lo que hay.
Quizás si Chema Rodríguez hubiese sabido retener el cuero entre sus botas, no hubiese sentido la obligación de cortar el ataque rival en pos de evitar un duelo entre delantero y portero. Si en el libre directo resultante, la parada de Koke se marcha fuera, en lugar de dentro de la portería, el gol de Gimnástic de Tarragona jamás formaría parte de la realidad. Pero no éste no será el momento que revoloteé la mente granota por extenso espacio de tiempo. Si el disparo de Roger en lugar de marcharse unos centímetros más allá del marco, rebota contra el poste y entra, con toda seguridad se estarían escribiendo unas lineas relatando la épica victoria granota en el último suspiro; O si Saja, cancerbero rival, sale medio segundo más tarde, a 'El Pistolero' Roger le hubiese resultado más fácil anotar; O si busca el otro palo; O si dispara con el pie contrario; O si no controla y chuta de primeras; O si controla más rápido; O si se juega un vaselina en el tiempo de descuento; O si Javier Espinosa, asistente de esta acción que pudo cambiarlo todo, se inventa un disparo desde su casa, en lugar de pasarla; O si Roger directamente la mete. Pudo ser el pleno de puntos en tres partidos. El Levante lo rozó, se quedó muy cerca, a las puertas. Arena sobre las manos granotas. Habrá que conformarse con lo que hay.
La realidad fue otra bien distinta. Su estadio le vino pequeño al Gimnástic al principio, emanó de los vestuarios con un frenesí y un ardor desmedidos e irrefrenables. Parecía comerse el césped. Le faltaba campo para seguir corriendo. La cosecha de dos resultados parejos en sus últimos enfrentamiento en casa y a domicilio, despertó la sed y el ansia de victoria, en un equipo que la temporada pasada luchó por el ascenso. El Nástic quería un gol y cuanto antes, pero el Levante con más fuerza que maña, pudo contrarrestar el derroche físico de los catalanes. No obstante y a pesar de esa pérdida de frescura que permite los minutos iniciales, el Tarragona puso impedimentos. No se puede permitir que jugadores como Campaña, Espinosa, Morales o Jason, se encuentren en el campo y combinen entre ellos, el veneno que encierran bajo sus botas es letal para la defensa rival. Por lo que el equipo local trabó la zona de creación granota, taponando sus principales arterias. Y cuando la táctica no surgía efecto, la mano dura nunca sobró. Pero, afortunadamente el fútbol tiene pensado un plan B, para este juego brusco y antirreglamentario. Las jugadas a balón parado son la vía de escape para los equipo que se encuentran en una situación similar a la del Levante, aunque también se puede aplicar en otras circunstancia. Si no se puede por jugada, habrá que intentarlo a balón parado. Roger apareció en dos ocasiones en la que acarició el gol, sendos testarazos rozaron el larguero. Espinosa leyó el bloqueo de sus compañeros desde el banderín, Chema Rodríguez huérfano y sin compañía, dispuso de tiempo para controlarla con el pecho antes de que su misil atravesara la redes. Pero eso nunca querríamos cambiarlo.

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