No es necesario emprender un extenso estudio táctico, ni tampoco poseer vastos conocimientos futbolísticos, tampoco se requeriría, si quiera, experiencia en el balompié. Con solo conocer los fundamentales objetivos del deporte rey es suficiente. Que el delantero rival corretee detrás de la defensa, sin oposición y sin que el de la bandera le frene, no es una buena señal. Cualquiera puede alcanzar esta sencilla conclusión. Es incompatible actuar correctamente y que un solo desplazamiento desmonte tu dispositivo defensivo. A pesar del cambio de categoría el fútbol no ha mutado en su estructura más elemental. Quizás en la Primera División el efecto de los detalles se magnifican un poco más en relación al rango de plata del fútbol español, pero en ambos lugares diminutos rasgos inclinan la balanza cuando ésta tiende a permanecer igualada. Si se quiere sumar en este mundo, no se debe permitir ninguna distracción en materia defensiva. No a estos niveles. Porque el rival quizás es incapaz pero no estúpido y, como ha quedado demostrado, no desaprovechara cualquier tipo de facilidad. El Levante ofreció comodidades y salió de vacío del Arcángel.
Fue una jugada de libro, vertical por naturaleza y que dispuso de la colaboración de todas sus líneas de juego. Del portero al mediocentro, del mediocentro al media punta, del media punta al delantero. El Córdoba desarticuló al Levante en tres pases. Guille Donoso apareció veloz tras la frágil estela de Abraham Minero. Los granotas entregaron metros al joven jugador cordobés para que proyectara su carrera sobre los últimos pasos del pasto valenciano. Una ventaja tan clamorosa y evidente que hizo dudar a cualquiera de su legalidad. Donoso que partió de una posición lícita, regateó a Álex Remiro quién no estuvo del todo afinado en su recorrido para atrapar el esférico. Desde un lugar escorado y áspero pero con la portería vacía, Guille envío el balón al fondo de las mallas. Era el minuto diez, pero el Levante ya había muerto.
Los granotas, que visitaban el feudo cordobés, dotados de la condición de líder, sentían la obligación de reaccionar, como hicieron contra el Zaragoza siete días antes o como casi logran contra el Nástic una quincena de días atrás. Pero aunque las situaciones fueran similares el escenario que envolvía al Levante era completamente nuevo. La Liga atravesaba la Jornada 5, cuando el Levante jugaba, por primera vez, con un marcador contrario. Tras 370 minutos de competición el Córdoba se convertía en el primer conjunto en superar, en número de goles, al Levante de Muñiz. Los minutos después del gol local, casi la totalidad del encuentro, fueron realmente decepcionantes. Los azulgranas no supieron desenvolverse en una situación extremadamente común en el mundo del fútbol: marchar por detrás en el marcador. El cuadro valenciano parecía noqueado. A penas se vieron unos cuantos destellos del brillante fútbol que enamoró en las partidos previos; Morales no enlazó un regate y una carrera por el flanco izquierdo; Jason, completamente apagado; Espinosa y Roger solo cruzaron sus miradas una vez, sus consecuencias: casi letales para los verdiblancos; Natxo Insa acabó con pocas carteras; y Campaña no repartió balones como acostumbra. Pero a pesar de todo aquel desastre, el Levante seguía vivo, a solo un gol del empate, a solo un gol de rascar un punto casi inmerecido. Paco Montañés, una de las poquísimas notas positivas, tuvo el empate en sus botas, pero quizás quiso sobrepasar la línea de gol conduciendo la pelota, y eso no siempre se puede.

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