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lunes, 14 de abril de 2025

Programa de centrifugado

Una vez acabado el Gran Premio de Baréin estaba abrumado, sin saber muy bien qué había pasado. Tuve la misma sensación que cuando acabé de ver Tenet, la mayor ida de olla que he visto jamás; una botella, puesta de pie y que pierde agua, pero por la tapa. Al igual que con la película indudablemente dirigida por el sobrao de Nolan, dejé de destinar esfuerzos para enterarme de qué estaba sucediendo pasado el primer cuarto de hora, en el que solo se encadenaron sin sentidos. Hasta que alguien puso algo de orden y sacaron el Safety Car -para parar la carrera, por el amor de Dios-, el aficionado promedio a los coches caros y con pegatinas se columpiaba en un vaivén frenético, rodeado y aplastado por agua, detergente y ropa mojada en la fase de centrifugado de la lavadora. El segundo acto, tras el choque leve entre Sainz y Tsunoda que provocó la salida del coche de seguridad, pareció un ejercicio de meditación, en comparación, a pesar de una persecución vibrante y ajustada en los puestos de podio.

Como si esto siguiera siendo una obra de Nolan, se puede comentar acerca de las decisiones tomadas por el director en torno a cómo contar la historia y cuándo enseñar qué, que hacen enredar el entendimiento del público y dejan espectadores frustrados por el camino. No estoy plenamente seguro de lo que voy a decir, porque con la mayor de mis honestidades: ayer no me enteré de nada, pero tal vez la realización y la selección de cámaras tuvieron que ver en que, a la veintena de vueltas, mirase la tele como quien mira la pared. No me gustaría culpar al realizador, al Nolan de la Fórmula 1, de haber estado yo despistado en una carrera difícil de seguir. De lo que sí estoy seguro es que el nivel, en esta materia, ha disminuido en comparación con las siete u ocho carreras que vi la temporada pasada, de las que recuerdo halagar el montaje y las imágenes ofrecidas de los Grandes Premios con algún amigo que, para entonces, ya estaba moderadamente hastiado de oírme hablar de Fórmula 1.

Ciñéndome a lo que conseguí destilar de la agitada carrera de ayer, creo que la degradación de los neumáticos fue superior a la esperada en las primeras vueltas, Hülkenberg y Ocon entraron en boxes y empezaron a rodar rapidísimo, especialmente el segundo, y entonces se desencadenó la parada prematura del resto de la parrilla. Entre los pilotos lentos, que pararon antes, y marchaban por delante y los pilotos rápidos, que pararon después, y marchaban por detrás se desató una marabunta, especialmente animada, a base de palos, hasta que la salida del Safety Car, parada en boxes mediante, igualó el deterioro de los neumáticos de todos. Pero no me hagas mucho caso, puede que no pasara nada de eso.

Sin embargo, hay más motivos que abrigan estar abrumado, estar desbordado. El pasado fin de semana ha sido el cuarto de los últimos cinco con Gran Premio de Fórmula 1, y esto, lejos de ser una situación excepcional, no solo se repetirá regularmente en otros momentos de la temporada, sino que será seguido por el Gran Premio de Arabia Saudí, el quinto en seis domingos. Y yo, que en el punto álgido de la clasificación del sábado, con la imagen vertiginosa de la cámara instalada en el coche de Antonelli cubriendo la pantalla, pienso en lo repetitivo que es esto, me aburro siguiendo el ritmo sin descanso de la Fórmula 1. Pesaos. Que llegue ya el circuito de Ímola, pero que se espere quince días.



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