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martes, 22 de abril de 2025

Como director de arte

Aprovechando que este fin de semana me he concedido una tregua con la setentaycincoañera y no he visto nada del Gran Premio de Arabia Saudí, me gustaría expresar una opinión muy particular acerca del Gran Premio de Baréin: debería disputarse bajo luz diurna, tal y como fue concebido. A pesar que obstruya ese afán por ser espectacular que últimamente la Fórmula 1 promociona, la ingesta cantidad de focos vomitando luz artificial ya no le sienta bien, de asumir que hubo un momento en el que tuvo su gracia. Las carreras disputadas con nocturnidad -premeditación y alevosía- han dejado de sorprenderme y ya no cautivan mi mirada. Ahora, y desde hace un tiempo, veo a través de la bruma color oro con la que son bañados coches y curvas, y los reflejos y destellos de las luces que cruzan a gran velocidad por la visera, casco y carrocería me pasan desapercibidos. Además de lo contrario y poco natural que me resulta que, precisamente, el desierto, lugar apartado donde este circuito fue dejado caer, sea iluminado por bombillas y farolas en lugar de por la luz del sol.

Las carreras nocturnas ya no gozan de mi atención. En primer lugar, porque en septiembre se cumplirán diez y siete años de la primera en la historia de la Fórmula 1 y, si bien me acerqué a ella lleno de curiosidad, pasadas unas temporadas, que ya sabía cómo era, las empecé a ver sin mayor aliciente. Después, cuando la novedad ya ha perdido frescura, como si fuera un chicle de menta, ¿cómo puede ser atractivo si ya hay tantas bajo los focos como disputadas en Europa? Y, por último, todos estos Grandes Premios inyectados en glamour, ellos solos, se han ido situando en una misma categoría en la que predominan las comisiones golosas, una promoción comercial desmesurada y lo aburridos y parecidos que son. El circuito de Marina Bay, en Singapur, que rezumaba innovación, modernidad y progreso en 2008, ahora ha quedado relegado a ser uno más; Mónaco, liderando el cuadro de circuitos urbanos, tardará más en caer, pero con tantos queriendo ser el nuevo Mónaco, lo acabaran exprimiendo hasta que solo sea uno más.

El escenario en una carrera de Fórmula 1 es mucho más importante de lo que se quiere admitir en una época en la que lo primero que se acuerda es la ciudad, luego se valora el lugar y, por último, se construye y diseña el circuito. Haré lo posible por explicarme: en un campeonato que busca recorrer el planeta desde los tiempos en que Bernie Ecclestone era joven, el poder que tiene un Gran Premio en medio del desierto es insustituible. La Fórmula 1 aspira -o debería hacerlo- a ser una competición en la que, quince días después de organizar una carrera en los Alpes, viajase para correr entre dunas y arena, para luego colmar el paseo marítimo de Mónaco. Sus carreras deberían ser, y lo son para mí, como una película, como el capítulo de un libro, en la que el espectador se sumerja en el paraje, y no solo disfrute de la carrera o de la técnica, sino que, viendo el coche de Leclerc doblándose en las curvas a toda velocidad, se imagine a Brad Pitt bordando el cine en Babel, dirigida por González Iñárritu. Ojalá la Fórmula 1 fuese como Babel y Sakhir dejase de ser ese circuito que por sumarse a la moda y sacar músculo con sus focos y luces, esconda su mayor virtud.



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