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viernes, 30 de mayo de 2025

Mónaco, con o sin acento

El Gran Premio de Mónaco cumple todos los estereotipos de la Fórmula 1. Que el avezado lector no se confunda, que el extendido uso despectivo de «estereotipo» no le lleve a equívoco. Todos los estereotipos de la Fórmula 1 están en el origen de mi afición, dicho de otra forma, lo que me gusta de la Fórmula 1 son sus estereotipos. De no ser por Albert Park, en Melbourne, y la Isla de Notre Dame, en Montreal, las calles de Montecarlo es mi lugar preferido en el calendario de la Fórmula 1. La escena, como en Australia y Canadá, es sublime: la línea de edificios de apartamentos proyectando su sombra sobre el circuito, el putísimo mar Mediterráneo, los barcos perfectamente alineados o yendo y viniendo, los coches corriendo por el paseo marítimo, el túnel, etc. Pero además, capta el significado de la Fórmula 1. Quien no haya visto nunca una carrera, quien no sepa quien es Alonso, Schumacher o Senna, quien duda si aceleran con los pies o desde el volante, conoce la Fórmula 1 gracias a Mónaco -y a Ferrari-.

Pocos son los Grandes Premios en los que estoy deseando que empiecen solo para ver imágenes del circuito. La retransmisión por televisión, uno de los principales alicientes de este fin de semana de carreras, sigue dejando mucho que desear, pero el material grabado es tan bueno que cubre cualquier carencia. Unos entrenamientos visualmente abrumadores precedieron a una qualy constantemente interrumpida por el absurdo formato de rondas clasificatorias y a una carrera en la que no se pudo competir, y no me refiero al número de adelantamientos. Cada vez que veo un SUV eléctrico enchufable por la calle me tengo que contener para no tirarle piedras henchido de rabia y frustración. Por su culpa, por la voluntad de tener un coche así de grande, y por la voluntad de fabricarlo, desde hace unos años, los Fórmula 1 más se parecen a una carroza en la cabalgata de los Reyes Magos que a un kart de alquiler con alerones y un motor totalmente fuera de proporción empujando.

Lo primero que aparece en el imaginario colectivo cada vez que se nombra a la Fórmula 1 es la velocidad y el lujo, el avance de la técnica y la mecánica y la exclusividad de un mundo destinado a la élite, el riesgo de llevar un coche que vale millones y esos niños ricos conduciendo demasiado rápido, la competición y el glamour, palabra que aprendí viendo la Fórmula 1. Sin embargo, el paso de los años ha ido deteriorando exactamente la mitad de estas ideas que evoca la Fórmula 1. Me niego a pensar que esto sea algo común a todas las generaciones y que todas añoren la Fórmula 1 de su infancia. Las decisiones tomadas en los últimos años han ahogado el escalofriante sonido de los motores, han mermado la propia competición y han desacelerado el avance de la técnica y la mecánica, cada vez más limitada. Sin embargo, lo que sigue vigente, y no ha perdido ni una décima de segundo, es la distinción, la pompa, las gafas de sol caras, la opulencia y la apariencia, las personalidades y el puto glamour.



domingo, 25 de mayo de 2025

No sabes lo que he visto

Desde hace varios años le doy clase de matemáticas a un xaval, pero sigo sin saber a qué hora come. Siempre que quiere clase me dice de hacerla a las doce y media, a las dos -a las 02:00h, me dice- o, como la de ayer, a la una -la 01:00h para él-. «Es que yo no como a las dos», añade como si no lo supiera. «Pero si te viene mal, me dices otra hora y me aguanto y punto», aclara siempre. Pero nunca propone directamente una hora que me venga bien, pájaro, si no que depende de mí que se aguante o no. Su actividad favorita, solo por detrás de comer a las once o a las seis y cuarto, lo desconozco, es memorizar las soluciones por delante de razonar los planteamientos. Durante mis explicaciones, prefiere mirar al infinito a través de la ventana, no me cuesta nada imaginármelo ahora mismo. Después, con el ejercicio resuelto prácticamente por mi cuenta, retiene la información, como agua entre las manos, y al sábado siguiente por poco recuerda que fui a su casa.

Ayer, a dos pasos de las tres y media, caminaba bordeando el Parque de Benicalap, al lado de mi casa. Siempre he sentido curiosidad por acudir a algún partido de los que se juega en ese parque. Fútbol de verdad: sin cámaras, sin multipropiedades, ni fondos de inversión, sin el Fantasy, ni las putas apuestas y sin el Internet, la línea fija y móvil, el teléfono pagado a plazos, la contratación posterior del paquete de canales y los 130€ mensuales para acabar viéndolo desde tu casa y con la tele silenciada porque la narración, a cargo de un pobre xaval y un ex-futbolista incapaz de encadenar una docena de palabras, es insoportable. Desde el comedor de mi casa se oye el silbato del árbitro, la protesta del público y jugadores, la celebración de los goles, las instrucciones de los entrenadores y, en función del vigor con el que el balón haya sido impactado, el golpeo de la pelota. Que no haya ido ya a ver un partido es simplemente una anomalía.

Si el horario del partido es un baremo del status de los jugadores, hay que ser malo para jugar un sábado a las tres. Sin dejar de caminar, veía, a través de la valla metálica, a un fatigado grupo de treintañeros cuarentones sudar y rebuznar como caballos, no sumando entre todos la densidad capilar del número 10 de los visitantes: nido de vencejos sobre la cabeza, degradado, pantalón corto subido para lucir cuádriceps y cinta adhesiva alrededor de los tobillos. Si no fuera por la ausencia de tatuajes, injertos capilares -estrictamente derivado de la ausencia de dinero- y abdominales, es decir, si solo me fijase en la película que llevaban todos, me parecía estar viendo un partido de Primera División. Actuaban y se movían como si les estuvieran grabando. En el campo y los banquillos habían más personas en las gradas hasta el punto que, lejos de cumplirse el ratio de un acompañante por cada jugador, a penas había cinco jugadores por cada solo acompañante.

Se señala una falta justo a la misma altura por donde estaba caminando. Hay una regla no escrita que todo seguidor del balompié conoce: si estás pasando al lado de un partido y se pita falta cerca del área o hay córner, te paras a ver cómo acaba, salvo que vayas conduciendo y haya otro coche detrás de ti más o menos cerca. El número 10 de los visitantes se elige de barrera para hacer como que salta. Habrá balón al área. Pero antes de poner la pelota en movimiento, el 9 de los visitantes, el Club de Fútbol Albuixech, que para mi profunda decepción no protestaban en valenciano, alerta al árbitro entre sentidos aspavientos que el delantero del Benicalap «ha hecho para» pegarle. Yo no lo vi, pero me lo creo. Mientras el capitán se queja del aburrimiento, el árbitro invita a ambos a comportarse como es debido y, ante la absurda discusión que se monta, amenaza con la expulsión del terreno de juego.

Por fin se lanza la falta, pero algo ha sucedido dentro del área. Un defensa del Albuixech, que no es quien ha puesto en conocimiento del árbitro el intento de agresión de cierto futbolista, se para delante de este último y lo tira al suelo con un caderazo de los de siempre, de los de toda la vida, con el propósito de que se le vaya quitando las ganas y de ir por el campo queriendo soltar hostias. El árbitro, un buen señor, cansado ya de todo, que suda y le brilla la calva, con una barriga matemáticamente perfecta, una esfera redonda toda ella, ha pitado un penalti que es indiscutible. El capitán ahora ya no se lamenta del aburrimiento sino de lo «boludos que somos». Albuixech protesta y cuando reina el silencio, el entrenador avanza hasta la posición en la que me encuentro, casi a la altura del punto de penalti, y protesta también: «Árbitro, árbitro, -por fin le mira- ¿dos penaltis?, ¿nos has pitado dos penaltis?». El panzudo colegiado le mira sin saber qué decir mientras apunta en su tarjeta amarilla.

Como si esto siguiera siendo un partido de Primera División. Un jugador del Benicalap se mueve con sigilo a un lateral del área por poder alcanzar un posible rechace libre de marca. Otro compañero se queda con el balón en las manos para evitar que los rivales puedan perturbar con sus comentarios al verdadero lanzador, que es un hombre por supuesto calvo, bajito, con pinta de jugón, sus amigos del barrio dicen de él que habría llegado lejos de no ser por la mala vida. Toma una carrera de tres-cuatro pasos que termina con un golpeo suave, introduciendo el pie entre el césped y la pelota: ha tirado a lo Panenka. Mientras el balón vuela hacia la portería, un compañero ya le está recriminando: «No, Dario, no». Finalmente, rebota en el larguero y describe una parábola perfecta en dirección, de nuevo, a nuestro jugón que se prepara para rematar a gol. Los rivales gritan para que les oiga el árbitro: «No le puede volver a dar -repiten-, ¡no le puede volver a dar!», a lo que el jugón contesta dejándola pasar para que un compañero, rodeado de dos defensas, corriendo como un demonio, reviente el balón y lo mande varios metros por encima de la portería. El portero decide retrasar el saque de puerta para animar a los suyos: «Dale, muchachos, ¡ahora es cuando lo ganamos!».

Andando aceleradamente hasta casa, pienso en apuntar lo que ha pasado para no memorizarlo cada vez que lo rememore, sino simplemente razonar que debí dejarlo escrito por algún sitio.



martes, 20 de mayo de 2025

Doble calendario

Tras ver desfilar a mis dudas y fobias, en una ordenada marcha funebre de sesudas razones y velados argumentos, durante el Gran Premio de Bahréin y las sesiones al sprint del Gran Premio de China, tomé la decisión de obviar y hacer como si no existieran los insoportables Grandes Premios de Arabia Saudí y Maiami, y no puedo sentirme más conforme. Esta temporada en la Fórmula 1 hay dos calendarios: el que ha organizado la Fórmula 1 y el que a mí mejor me parezca. El jueves, pasado un mes desde mi último fin de semana de cochecitos caros y con pegatinas, rebosaba ilusión, me sentía impaciente, de hecho, viendo a Gabriel Bortoletto retorciendo el hierro que tiene por coche en las dos últimas curvas del circuito me arrepentí de otras carreras, en otras temporadas, en Ímola que me perdí por agotarme sí viendo Grandes Premios insoportables. Pero lo mejor es, acabado todo, que no veo la hora de que arranque el fin de semana el viernes en las calles de Montecarlo.

Antes de que te des cuenta, Tsunoda revienta el coche en la crono del sábado, luego Colapinto estampa el auto y la bandera roja pilla a El Nano clasificado; no se celebra, pero casi. Ya en la Q2, su primera vuelta es esperanzadora, sin embargo, tras el paso por los boxes, ves de reojo que Aston Martin ha puesto medios, «no puede ser, tío, ya la han vuelto a liar». La segunda vuelta del resto de pilotos ha dejado a los dos Aston Martin provisionalmente eliminados, pero Stroll tiene otros planes: se cuela sexto, para sorpresa de todos, y a cinco segundos de su estela viene Alonso. Fernando, no me jodas; el asturiano más rápido del planeta, coronado rey del viento, mejora el tiempo de su compañero por pocas centésimas, clasificándose para la siguiente ronda, mientras el aficionado promedio a los cochecitos en esta piel de toro extendida rueda enajenado en una charca de fervor y jolgorio, como cochino en el barro. El día que Alonso consiga el tricampeonato, España será dos veces campeona del mundo, la primera fue con el gol de Iniesta. Una vuelta discreta, en la definitiva Q3, precedió a una que fue un disparate, valiéndole el quinto constitucional a Fernando Alonso. No hay posición en la que se haya clasificado más veces, 41 con la última.

La Fórmula 1 se parece menos a una procesión de Semana Santa de lo que me gustaría reconocer. Después de una salida tranquila, Leclerc leyó perfectamente la estrategia y anticipó su parada permitiéndole adelantar a todos hasta el cuarto -incluido a Alonso-. Unos pocos siguieron la táctica de Leclerc -incluido a Alonso-, momento en el que Sainz adelantó a Fernando aprovechando, muy probablemente, que los frenos del asturiano estaban ardiendo. El Nano iba decimoquinto o decimosexto, pero todo se decidiría tras un inminente paso por el pit lane. La tensión crecía con el paso de las vueltas, pero se esfumó en un parpadeo cuando Ocon abandonó y la FIA sacó el Virtual Safety Car. Eso perjudicó a unos cuantos -incluido Alonso-, a mí el primero, que, decepcionado, dediqué el resto de la carrera a comer. En la lista de perjudicados por este golpe de teatro figuran: Leclerc, Sainz y Alonso -y yo-; en la de beneficiados: Albon, Verstappen y Hamilton. Verdaderamente sorprendente. La mala suerte no es genética, (o sí).