Pocos son los Grandes Premios en los que estoy deseando que empiecen solo para ver imágenes del circuito. La retransmisión por televisión, uno de los principales alicientes de este fin de semana de carreras, sigue dejando mucho que desear, pero el material grabado es tan bueno que cubre cualquier carencia. Unos entrenamientos visualmente abrumadores precedieron a una qualy constantemente interrumpida por el absurdo formato de rondas clasificatorias y a una carrera en la que no se pudo competir, y no me refiero al número de adelantamientos. Cada vez que veo un SUV eléctrico enchufable por la calle me tengo que contener para no tirarle piedras henchido de rabia y frustración. Por su culpa, por la voluntad de tener un coche así de grande, y por la voluntad de fabricarlo, desde hace unos años, los Fórmula 1 más se parecen a una carroza en la cabalgata de los Reyes Magos que a un kart de alquiler con alerones y un motor totalmente fuera de proporción empujando.
Lo primero que aparece en el imaginario colectivo cada vez que se nombra a la Fórmula 1 es la velocidad y el lujo, el avance de la técnica y la mecánica y la exclusividad de un mundo destinado a la élite, el riesgo de llevar un coche que vale millones y esos niños ricos conduciendo demasiado rápido, la competición y el glamour, palabra que aprendí viendo la Fórmula 1. Sin embargo, el paso de los años ha ido deteriorando exactamente la mitad de estas ideas que evoca la Fórmula 1. Me niego a pensar que esto sea algo común a todas las generaciones y que todas añoren la Fórmula 1 de su infancia. Las decisiones tomadas en los últimos años han ahogado el escalofriante sonido de los motores, han mermado la propia competición y han desacelerado el avance de la técnica y la mecánica, cada vez más limitada. Sin embargo, lo que sigue vigente, y no ha perdido ni una décima de segundo, es la distinción, la pompa, las gafas de sol caras, la opulencia y la apariencia, las personalidades y el puto glamour.

No hay comentarios:
Publicar un comentario