Ayer, a dos pasos de las tres y media, caminaba bordeando el Parque de Benicalap, al lado de mi casa. Siempre he sentido curiosidad por acudir a algún partido de los que se juega en ese parque. Fútbol de verdad: sin cámaras, sin multipropiedades, ni fondos de inversión, sin el Fantasy, ni las putas apuestas y sin el Internet, la línea fija y móvil, el teléfono pagado a plazos, la contratación posterior del paquete de canales y los 130€ mensuales para acabar viéndolo desde tu casa y con la tele silenciada porque la narración, a cargo de un pobre xaval y un ex-futbolista incapaz de encadenar una docena de palabras, es insoportable. Desde el comedor de mi casa se oye el silbato del árbitro, la protesta del público y jugadores, la celebración de los goles, las instrucciones de los entrenadores y, en función del vigor con el que el balón haya sido impactado, el golpeo de la pelota. Que no haya ido ya a ver un partido es simplemente una anomalía.
Si el horario del partido es un baremo del status de los jugadores, hay que ser malo para jugar un sábado a las tres. Sin dejar de caminar, veía, a través de la valla metálica, a un fatigado grupo de treintañeros cuarentones sudar y rebuznar como caballos, no sumando entre todos la densidad capilar del número 10 de los visitantes: nido de vencejos sobre la cabeza, degradado, pantalón corto subido para lucir cuádriceps y cinta adhesiva alrededor de los tobillos. Si no fuera por la ausencia de tatuajes, injertos capilares -estrictamente derivado de la ausencia de dinero- y abdominales, es decir, si solo me fijase en la película que llevaban todos, me parecía estar viendo un partido de Primera División. Actuaban y se movían como si les estuvieran grabando. En el campo y los banquillos habían más personas en las gradas hasta el punto que, lejos de cumplirse el ratio de un acompañante por cada jugador, a penas había cinco jugadores por cada solo acompañante.
Se señala una falta justo a la misma altura por donde estaba caminando. Hay una regla no escrita que todo seguidor del balompié conoce: si estás pasando al lado de un partido y se pita falta cerca del área o hay córner, te paras a ver cómo acaba, salvo que vayas conduciendo y haya otro coche detrás de ti más o menos cerca. El número 10 de los visitantes se elige de barrera para hacer como que salta. Habrá balón al área. Pero antes de poner la pelota en movimiento, el 9 de los visitantes, el Club de Fútbol Albuixech, que para mi profunda decepción no protestaban en valenciano, alerta al árbitro entre sentidos aspavientos que el delantero del Benicalap «ha hecho para» pegarle. Yo no lo vi, pero me lo creo. Mientras el capitán se queja del aburrimiento, el árbitro invita a ambos a comportarse como es debido y, ante la absurda discusión que se monta, amenaza con la expulsión del terreno de juego.
Por fin se lanza la falta, pero algo ha sucedido dentro del área. Un defensa del Albuixech, que no es quien ha puesto en conocimiento del árbitro el intento de agresión de cierto futbolista, se para delante de este último y lo tira al suelo con un caderazo de los de siempre, de los de toda la vida, con el propósito de que se le vaya quitando las ganas y de ir por el campo queriendo soltar hostias. El árbitro, un buen señor, cansado ya de todo, que suda y le brilla la calva, con una barriga matemáticamente perfecta, una esfera redonda toda ella, ha pitado un penalti que es indiscutible. El capitán ahora ya no se lamenta del aburrimiento sino de lo «boludos que somos». Albuixech protesta y cuando reina el silencio, el entrenador avanza hasta la posición en la que me encuentro, casi a la altura del punto de penalti, y protesta también: «Árbitro, árbitro, -por fin le mira- ¿dos penaltis?, ¿nos has pitado dos penaltis?». El panzudo colegiado le mira sin saber qué decir mientras apunta en su tarjeta amarilla.
Como si esto siguiera siendo un partido de Primera División. Un jugador del Benicalap se mueve con sigilo a un lateral del área por poder alcanzar un posible rechace libre de marca. Otro compañero se queda con el balón en las manos para evitar que los rivales puedan perturbar con sus comentarios al verdadero lanzador, que es un hombre por supuesto calvo, bajito, con pinta de jugón, sus amigos del barrio dicen de él que habría llegado lejos de no ser por la mala vida. Toma una carrera de tres-cuatro pasos que termina con un golpeo suave, introduciendo el pie entre el césped y la pelota: ha tirado a lo Panenka. Mientras el balón vuela hacia la portería, un compañero ya le está recriminando: «No, Dario, no». Finalmente, rebota en el larguero y describe una parábola perfecta en dirección, de nuevo, a nuestro jugón que se prepara para rematar a gol. Los rivales gritan para que les oiga el árbitro: «No le puede volver a dar -repiten-, ¡no le puede volver a dar!», a lo que el jugón contesta dejándola pasar para que un compañero, rodeado de dos defensas, corriendo como un demonio, reviente el balón y lo mande varios metros por encima de la portería. El portero decide retrasar el saque de puerta para animar a los suyos: «Dale, muchachos, ¡ahora es cuando lo ganamos!».
Andando aceleradamente hasta casa, pienso en apuntar lo que ha pasado para no memorizarlo cada vez que lo rememore, sino simplemente razonar que debí dejarlo escrito por algún sitio.

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