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viernes, 13 de marzo de 2026

De mayor a menor

Max Verstappen debe tener el DM echando fueguitos, y su representante la bandeja de entrada del correo llena de mensajes. A juzgar por el estado de ánimo del vigente campeón del mundo -- ah, no, perdona --... a juzgar por el estado de ánimo, y las declaraciones al concluir la sesión clasificatoria, del cuatro veces ganador de este campeonato, el putísimo CEO de la Indy Car debería haber abierto chat con MadMax para comentarle que en sus carreritas de coches sigue ganando el que más tarde frena y el que más rápido toma las curvas, aunque no descarto que el pedazo de yanqui ese ni sepa qué es la Fórmula 1. Jamás, como ahora, ha estado tan cerca de pirarse a otra categoría Max Verstappen, al que me lo imagino corriendo de camino a su habitación en el hotel, enchufando la PlayStation como un poseso, para echarse una carrera en el Asseto Corsa, como el fumador que casi no puede llegar a casa para encenderse un cigarro.

El de piloto de Fórmula 1 ha dejado de ser uno de los mejores trabajos del planeta, porque Verstappen no es la única voz crítica de la parrilla. Y verlos también ya no es una de las cosas más divertidas del planeta. Nunca he llevado un Fórmula 1, y nunca creo que lo vaya a hacer, pese a que a menudo me entretenga imaginando que sí, pero sí he visto muchos -- por la tele --: y los de este año me parecen lentos y, por tanto, sosos. El pasado fin de semana vi las carreras en completo silencio, y aún así a Lobato le dio tiempo para llamarme «loco y demente». He oído y leído declaraciones de implicados en Melbourne y de espectadores en su casa, pero mi visión es algo diferente a la arrastrada por la corriente. El Gran Premio me resultó extrañamente familiar, obviando el acervo de abandonos producto de fallos mecánicos, y la pausada velocidad de los coches. Además, absorbido el efecto del DRS, felizmente han vuelto las persecuciones de veinte vueltas, esperando un adelantamiento en el que, no obstante, me imaginaba una exhibición de megajulios del coche de Max.

Los recuerdos del año pasado se me confunden con los de este, desde 2014. Por otro lado, el pasado Gran Premio me parece un buen momento para plantarse. De mayor a menor, las pasiones que me despertaba la Fórmula 1 se han ido desvaneciendo, hasta que la temporada pasada, en plena fase de reconciliación, me aferré a las que seguían, aunque por poco, batiendo sus alas. El sonido de los motores es solo un quejido en comparación con lo que fue; y hace quince años hubiese ido a la Malvarrosa con un antifaz sobre los ojos, como hoy he disfrutado una Mascletà desde el número 4 del Carrer de les Barques. Como los adelantamientos se han retrasado a mitad de la recta, la competición solo se limita a ver los coches pasando rápido por las curvas; o ya no. Spa Francorchamps y Montmeló se van a repartir las próximas seis temporadas porque en Madrid han puesto una autopista entre dos muros de hormigón. Lo que veo cada vez me recuerda menos a mi infancia. Y esta temporada será la última de Fernando Alonso, porque para noviembre abrazará su tercer título mundial.



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