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lunes, 2 de marzo de 2026

Razonar

Argumentar es un lujo que el alonsismo no se puede permitir. Tras los entrenamientos de pretemporada, una serie de conclusiones han visto la luz: a los pilotos no les gustan estos coches, verlos pilotar es insufrible y, con respecto a lo que nos concierne, la maquinita que lleva Alonso es lenta y tiende a romperse. Nada que discutir hasta este punto. Razonar, sin embargo, que las pruebas de pretemporada no tienen ningún valor y que Aston Martin se va a estar escondiendo hasta la Q3 en Melbourne, o que en la segunda parte de la temporada Adrian Newey no sé qué, que 2027 va a ser el año y que en Barcelona llega un pack de mejoras de la muy puta de su madre es directamente mentir, y nada me toca más los huevos que me mientan. Por otro lado, vivir imaginando a El Nano levantando los brazos en lo alto del podio de Albert Park es cosa que se resume en una sola palabra: creer. A ningún alonsista, convencido del tricampeonato, le conviene enumerar las razones que alimentan su ilusión; tampoco las necesita. El argumento más poderoso solo puede doblarse ante la fe del creyente, ¿acaso una explicación de motivos sigue a creer en Dios?

En marzo de 2011, estando la estancia tenuemente iluminada, habiendo un poso de leche, otro de café y migas de galletas María repartidas por la mesa, vi la clasificación del Gran Premio de Australia, junto a mi padre, entre los estallidos de los petardos que, como ahora, reventaban a cada instante. La temporada anterior, por mucho que la diferencia de puntos maquillase las sensaciones, fue secuestrada por el equipo RedBull, que aventajaba a cualquier otro coche por un abismo, y no paraba de repetirse --¡qué sorpresa!-- que en 2011 sería la buena, que en Maranello no sé cuántos, que di Montezemolo no sé menos. Cuando, después de un año, Vettel cruzó la línea de meta y le metió un segundo y medio a Fernando Alonso, Antonio Lobato, que, como a mí, a otros tantos habría enganchado para madrugar un sábado, dijo: «Pues estamos peor que antes»; solo le faltó añadir: «¿Quieres saber cuánto vale tu coche?». Dejé de oír los cuentos de 2012 y de creer las palabras de un Lobato cualquiera, con solo un poco más de información que yo.

Este mismo sábado, durante la celebración del cumpleaños de un amigo, leí "Raceday everyday" en la camiseta blanca de uno de los invitados, cosa que me llevó a darle una buena xapa un poco después. El colega que hice es xoto, lleva dos finas líneas, naranjas y negras, tatuadas alrededor del brazo; una de las otras veces que coincidí con él en el casal de Arquitecto Lucini, con la persiana echada, pinchó una sesión de house tan buena que se la recuerdo cada misma vez que lo veo. Para él, que vio la primera victoria del automovilismo patrio en el Gran Premio de Hungría de 2003, Leclerc es un piloto del montón, le chifla Interlagos y Mónaco, y no quiere oir las habladurías de la segunda parte del año. Esa conversación avivó las ganas que tengo, que ya eran una falla ardiendo, para que empiece la temporada, y, mientras tanto, le hice testigo de mi fe irreversible en Fernando Alonso. Solo una última vez más, Nano: vamos a ganar el mundial.



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