Una bandada de motas rutilantes, de una intensa incandescencia dorada, flotan entre suaves ondas, breves y delicadas, como veleros de tela blanca, dejando un paisaje irrepetible, que dura lo que un instante; su silbido sordo, a penas un rumor que se disipa solo un poco más allá, comparte el lugar con los ecos de una conversación sencilla, intrascendente. Como dos individuos, cada uno a cada lado de una esquina, esperándose mutuamente, que no se ven, tampoco se oyen, pero se intuyen al dar la vuelta, no hay conversación que llene más el ánimo y prodigue con tanto afán el esparcimiento como aquellas que no tienen fin, en las que no hay manera de dar con el resultado correcto; y a más simple, mejor. El sol es una picadura tenue que seca pequeñas gotas posadas sobre la piel y, al dejar caer los párpados, vuelve la vista en un agradable y uniforme color amarillo, mientras se erige como una evidencia que no hay época que pliegue al domingo de verano, que no hay momento más propicio para entregarse a la levedad del deporte.
En el circuito de Silverstone, otro símbolo inquebrantable del periodo estival, Leclerc abrazó con fuerza la primera posición, gracias a una salida exuberante, que trajo consigo, al otro lado de la pantalla, un emocionante zarandeo en el que huesos y músculos eran vagamente contenidos por la piel, en el que el alma deslumbrante salía despedida del pobre cuerpo. Antonelli, que dedicó un cuarto de hora largo a dejar a atrás a Hamilton, y solo pudo arañar la superficie de la pétrea resistencia de Leclerc en la distancia, fue una mancha a cada poco más definida en la estela del Ferrari del de Mónaco, ahora sí, al equipar neumáticos con menor desgaste, hasta que una parte de su chasis dijo basta, a una docena de vueltas para el final. Leclerc, que pudo saborear el triunfo tras la capitulación de baby fenómeno, cruzó la bandera a cuadros gritando una frase que suena mejor en castellano que en inglés: «los tiempos duros nunca duran, los tipos duros duran siempre, blubudublu», que fue la parte central de un domingo de julio académico, con buena compañía, con Haaland y Schjelderup bordando el fútbol, Inglaterra resistiendo -- como yo -- hasta pasadas las cinco de la mañana, y, me sigue sorprendiendo, sin ver la Fórmula 1 en soledad.

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