El fútbol, ¿qué duda cabe?, es un juego de detalles acompañado de consecuencias desproporcionadas, como el cuatro a cero del domingo por la tarde. No he estado muy atento a ninguno de estos dos partidos, que me recuerdan a un amistoso internacional en el Enrique Roca de Murcia, pero me duelen como si fueran parte de la fase final de la Copa del Mundo; sin embargo, la primera victoria de España en este mundial llegó jugando un fútbol muy similar al del lunes pasado, al menos durante el cuarto de hora largo que duró aquello, hasta que metimos tres, y entonces pasó a ser una pachanga que ninguno de los dos quería jugar. Negar que España también habría arrasado sin brillo a Cabo Verde si el tiro de Ferran al travesaño hubiera botado dentro de la portería es comparable a no admitir que el segundo y el tercer gol solo pudieron ser hijos del primero, que si el pase hubiera ido más fuerte o Lamine tarda en tirar el desmarque, conseguir el gol en la siguiente jugada hubiese sido cada vez más difícil.
Digamos que hay dos tipos de victoria -- there are two kinds of victories, decía ayer por la mañana --: las que son una alegría y las que son un alivio -- the ones that bring happiness and the ones that bring calm instead --. La reciente victoria de la Selección Española de Fútbol, como parte de un partido de seis días y veinte minutos, colmó de alivio al Reino español, siendo la única razón de nuestra alegría el no haber perdido. Lejos de que la victoria contra Arabia Saudí nos inunde de ilusión, este alivio nos deja en una posición interesante, pese a que preferiría vivir con la primera sensación. Así, el recuerdo de no haber metido gol contra Cabo Verde tiene dos posibles impactos: el de traer fantasmas del pasado cuando, en Cuartos de Final, Granit Xhaka practique ejercicios de calistenia con el larguero o, como yo creo, que nadie deba convencer a ningún Pedri de los peligros que entraña jugar sabiendo que «ya se ganará», ahogando la opción de ser eliminados por suficiencia.
Por otro lado, Oyarzabal es un tio tranquilo -- como Piastri --, que forma parte de la esperanza. Ayuda al compañero, respeta al rival, no protesta al árbitro, y se parece a Miroslav Klose si juega con Plvs Vltra bordado sobre el pecho. Cada verano que pasa se le suman dos millones a la oferta que hace el Athletic Club por él, pero que rechaza solo porque es de la Real; a diferencia de otros, se está ganando, ya retirado, salir en el videomarcador de un estadio cualquiera y recibir una ovación. A tenor de un equipo donde los jóvenes son una plaga, y sabiendo que lleva una década en la élite, sin haber llegado a los treinta, encabeza, junto a otros, una Selección en la que su conducta es ejemplo, salvo para un par que tienen un quico detrás de la frente. Un equipo que en lugar de intimidar y machacar al compañero para ganarse la titularidad, emplea la testosterona en jugar a fútbol, no bajar los brazos y ser valientes cuando otros, con más güevos, serían cobardes. Un valeroso grupo de chavales, todos de mi edad, con ganas de comerse el mundo, y también el mundial.

No hay comentarios:
Publicar un comentario