La victoria de España anoche en Wembley es el argumento más reciente de que esta Selección es el mejor equipo que jamás he visto jugar a fútbol, a pesar que hasta los diez y seis solo viese al Levante y acabe de volver de Torrevieja, colonia inglesa. Mientras el FIFA busca ser un juego cada vez más parecido a la realidad, la Selección Española despliega un juego cada vez más parecido al de la PlayStation. Y anoche recordé aquellos veranos de preadolescente, y aquel Modo Carrera con Juanlu, Barkero y Koné, en el que, al subir el nivel a Clase Mundial, la puta máquina: sabía a dónde iba a dar el pase; si no la pasaba, me la quitaba; y, al final, solo podía correr por la banda y centrar al área esperando un gol. Al ver la alineación en la pantalla, Paco Polit, un tío serio, aunque con un indiscutible aspecto de xoto, calló el tibio comentario de sus colaboradores para repetir: «Quin goig!, quin goig!»; fue toda una experiencia seguir un partido de la Selección narrado en valenciano.
Yo me encontraba, entonces, en un estado de éxtasis similar, que se superó al ver a Lamine Yamal correr detrás de la pelota como un condenado a robar el balón, que luego acabó depositando en las redes rivales. Ferran, un tipo listo y ágil sobre el terreno de juego, no le acompañan las aptitudes técnicas para chutar a gol, por muy tranquilo que se obligue a estar, como en su segundo mano a mano fallado. Por otro lado, Jude Bellingham, que, de complementarse con Ferran, saldría el futbolista perfecto, goza de una fortaleza física y de un nivel técnico privilegiados, pero se abruma con la esfericidad de la pelota, y no sabe qué hacer cuando la tiene, por eso siempre corre, hasta que considera que está lo suficientemente cerca de la potería, y chuta. El primer gol inglés, originado por un saque de esquina español desastroso, tuvo como eje central una portentosa carrera de Bellingham y un pase a Gordon difícil de fallar. El mismo Bellingham, con el partido ya remontado, fingió ser objeto falta dentro del área, como ya hizo minutos antes, y, cuando el árbitro revocó su primera decisión a instancias del asistente, no tuvo ningún pudor en celebrarlo; tremenda bala esquivaste, Aitana.
Todas las diferentes maneras que existen de jugar a fútbol se pueden clasificar en dos grandes familias: ganar por lo físico o ganar por lo táctico; y no hay dos países como Inglaterra y España que más representen lo uno y más odien lo otro. Ganar gracias a tener la pelota, que muy en esencia es lo que hace España, resulta tentadoramente fácil en los campos de entrenamiento de San Jorge, como bien pudo saber Tuchel. Anoche España terminó las posesiones rivales sin ni si quiera rozar a ningún jugador inglés, simplemente minando el terreno de trampas tácticas, como si fuera un partido de baloncesto, en el que el contacto físico está sancionado; cuando Baena anotó el gol del empate, O'Reilly se la pasó a uno del otro equipo porque, como yo jugando al FIFA 12, no tenía otra opción. Y el gol de Oyarzabal, una vaselina fenomenal, ligera como una pluma, tranquila como es él, cuya repetición en cámara lenta me recordó a la celebración del gol de Morata en ese mismo estadio, en esa misma potería, solo fue el último tanto porque Hary Kane se resbaló al lanzar el penalti que había fingido Bellingham.

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