Páginas

viernes, 29 de octubre de 2021

La historia de un plot twist

En Orriols los días de suerte son un fenónemo más extraño que los años bisiestos, más extraño que el tráfico fluido a primera hora de la mañana, más extraño, incluso, que las expulsiones del Cholo Simeone (por muy merecidas que, a veces, puedan ser). El fenómeno de los días de suerte es tan extraño en Orriols que, aún cuando ocurren, a uno se le queda la duda de si realmente ha ocurrido o si, por el contrario, es la misma historia de siempre con un par de golpes de teatro. En Orriols los días de suerte son tan extraños que a penas llegan a ser un espejismo, una ilusión embaucadora, un holograma emitido por la spyder cam. Después de medio año sin dejar la portería a cero, lo conseguimos por una sola vez, pero justo, ese día, no metemos. Después de encontrarnos con dos goles en el Pizjuán y sumarle un cañonazo de Morales desde la frontal, justo, ese día, nos caen cinco (y bien merecidos). Y después de que se nos señalase dos penalties, rigurosos y, sobre todo, a nuestro favor, no ganamos el partido. Los más antiguos del lugar no recuerdan dos penas máximas anotadas por el Llevant en un mismo partido desde tiempos pretéritos al Vallejo y, aún así, anoche solo marchamos con más que con las manos vacías.

El cambio de aires levantado por ventiladores de techo no ha purgado a les barres blaugranes de los espíritus malignos que tienen el firme propósito de torcernos la temporada. Los últimos tres partidos que hemos tenido la oportunidad de ver han sido peores técnicamente que el compendio de partidos de los últimos tres años, pero lo que gracias a Casadesús no ha bajado ni solo un poquito es querer jugar a fútbol. El grupo de jóvenes multimillonarios depilados y tatuados a los que tenemos el gusto de llamarles nuestro equipo siguen echando un par de huevos después de que el Sevilla vuelva a ponerse otra vez a tres goles de distancia o después de que un mal despeje de Duarte permita al quinto delantero del Atlético de Madrid sentenciarnos a un cuarto de hora del final.

Cuando Antuán tuvo a mal meternos gol bastante antes del bufandeo, la cosa se puso como la versión femenina del capitán Parejo: fea. Y más fea se puso la cosa, cuando quienes llaman capitán a Parejo creyeron oportuno aprovechar el momento del bufandeo para silbar como si esto fuera Mestalla. El estridente balido de choto cesó y, entonces, la grada recordó que desde hace más de cien años tiene reservado un hueco en su corazón; un nuevo partido había empezado. Nuestro ataque es mucho menos sofisticado de lo que fue: se terminaron los pases imposibles entre un bosque de piernas, los desmarques desorganizados de cualquiera que no fuera central o las combinaciones arriesgadas al primer toque. Ahora lo que nos va es mucho más simplón: colgar el balón al área en cuanto se pueda y poner la pelota a la espalda del central y del lateral si la cosa se complica en campo propio. Y lo que nos conviene es no tener la pelota. Así vino la mejor oportunidad de la primera mitad, desperdiciada por Morales, por supuesto. Y de corner vinieron, casi seguidos, el disparo blando, pero claro de Duarte, el despeje in extremis al remate de Róber Pier y el penalti sobre Vezo que Suárez, que hizo más por nosotros que por ellos, cometió. Con uno a uno y llegado el descanso yo ya me hubiera quedado como estaba. Joven iluso...

La llegada de la mano derecha JIM en el año que nos colamos en Europa, ha cerrado el abanico por un lado, pero lo ha abierto por el otro. Para empezar, el empate sin goles vuelve a ser más probable que el empate a tres y para continuar vuelve a ser posible que los minutos transcurran sin que nada ocurra. Y nada ocurrió, pero el suplente del suplente nos hizo gol. Yendo un gol abajo y a contrarreloj seguimos apretando los dientes. De Frutos rozó el gol, pero poco después el balón golpeando en la mano de Róber Pier sonó por toda Grada Central. A mi juicio no fue penalti, pero sabiendo como funciona el fútbol y que ahora el gremio arbitral con el que este pais ha sido agraciado tiene mil ojos, era más que posible que el partido terminara antes de hora. Por lógica aplastante, el partido se paró. Falta a favor del Levante en el centro del campo. Merecida amonestación a José María Giménez. Pero eso era lo de menos. Al señor colegiado le rogaron encarecidamente que acudiera a la banda. El estadio enmudeció, habíamos firmado nuestra sentencia a muerte y Juan Contento agarró el balón para subir el uno a tres al marcador desde los once metros. De pronto, un murmullo corrió a través de la grada. En la pantalla gigante de nuestro pedazo de marcador se visionó la misma acción que veía el árbitro desde el pequeño monitor instalado en la banda. La imagen ralentizada mostró como el balón efectivamente impactó en la mano del defensor del Atlético de Madrid. El intento de remate de Jorge de Frutos acabó impactando en la mano que sí debía. Hasta quienes no consideraron que había de señalarse nada, protestaron al unísono cuando la jugada se repetía una y otra vez. Que bueno es tener una pantalla así de grande. Infantino rectificó su decisión y corrió hacia el punto de penalti. Bardhi le quitó la pelota de las manos a Juan Contento y después la puso con el pie dentro de la portería. El penalti no era por ningún sitio, pero en el fútbol y en estado de necesidad la ética es un lujo que en Orriols ni queremos, ni podemos permitirnoslo. Faltaban dos minutos para que nos fuéramos a casa.

Si el partido se llega a jugar en el campo en el que tú ya sabes, el remate de Róber Pier en el corner posterior al tanto del empate no roza el larguero y va padentro, sin embargo en el fresco ambiente brotado al amparo del croar de les granotes la noche terminó con un empate, pero con el equipo entero haciendo una piña en el centro del campo y con la grada aplaudiendo a quienes, aún sin la presencia de El Pelao, siguen siendo tan indomables como siempre.



No hay comentarios:

Publicar un comentario