Verstappen, y actuaciones como las del domingo, pegamento que impide que esta resaca emocional se me despegue del ánimo, son parte de las razones que me tienen en un estado en vias de reconciliación y confraternización. ¿A quién no le gusta ver como un fuera de serie lleva un coche claramente inferior a su talento, y que más se parece a una caja de cerillas, hasta las puertas del podio?, ¿Cómo exhibiciones como estas no hacen afición? Debo confesar que el quinto puesto de Tsunoda en la clasificación de Australia me hizo un poco de tilín. En esta casa no miramos el DNI de quién pone el paddock de la Fórmula 1 patas arriba sino que disfrutamos de cuanto ocurre. Hasta a Hamilton le puse ojitos el día que adelantó a Verstappen cincuenta metros por fuera de la pista en Interlagos.
Que no llegue nunca el Gran Premio de Arabia Saudí, que se olviden de pasar también por Miami y Baréin, que al caer la bandera a cuadros en Suzuka la siguiente carrera sea en Mónaco, que no vuelvan a robarme un fin de semana con carreras sprint, que todos los nuevos circuitos sean como el de Shanghái pero en lugares que lo merezcan, que, como hasta ahora, no conozca el nombre del director de comisarios, que mis deseos se hagan realidad. Querida Fórmula 1, querida setentaycincoañera, no hay rincón tuyo que no desprenda la más pura de las bellezas, me encuentro postrado ante ti, suplicando, estoy enamorado desde el tuétano de mis huesos hasta la punta de mis cabellos, desde el vértice más transcendental hasta la punta más banal, de mis emociones más primitivas a mis argumentos más sesudos: dame un punto de apoyo, muéstrame el camino y no me separaré de ti el resto de mi vida. Jajajaja.

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