Oscar Piastri no tiene pinta de rayarse por la novia. En cambio, sí tiene pinta de pedir matrimonio, haciendo un esfuerzo, mientras lee en la palma de la mano una nota escrita con boli BIC, que se la ha pedido a ChatGPT. Por el bien de esa pareja, por el equilibrio emocional de esa pobre muchacha que cometió el error de enamorarse de una nevera -por lo fría que está siempre y siempre en el mismo sitio-, más conviene que sea ella quien le regale un reloj y le prometa amor eterno. Me puedo imaginar a Piastri contestando: «Sí.». Con mayúscula inicial, acento sobre la i y punto final. Sin una sonrisa, sin estirar la boca, no le pidas una lágrima. En 2023, recién llegado a la Fórmula 1, después de poner el paddock patas arriba en su primera visita a las curvas imposibles del ocho de Suzuka, mientras en esta casa estábamos alucinando con la segunda posición que se había sacado de la manga, le ponen un micro delante al muermazo de Piastri y suelta, acompañado de una leve mueca: «Feels great.». ¡La madre que te parió!
Cuando ayer, a cinco vueltas del final, McLaren estableció comunicación por radio con su monoplaza, para rectificar el error humano de un mecánico que, salvo que sea como mi primo australiano, no habrá pasado una buena noche, a Piastri no se le empezó a mover el pecho, no se le quedó la lengua seca, no oyó los latidos del corazón subirle por los oídos. Las cabezas pensantes de su equipo ya le arruinaron su primera victoria la temporada pasada [Todo un honor], y en su año de debut tampoco le trataron como a un igual. Pero Piastri es la definición de no decir una palabra más alta que la otra, Piastri es el resultado de clonar a Kimi Räikkönen, quitarle ese pelo rubio y ojos azules de sex symbol, e inyectarle toda la educación y modales que le faltan a Iceman; por cierto, Räikkönen es el último ganador con Ferrari -espera que la están peinando-. Oscar es el primer piloto más joven que yo en ganar un Gran Premio de Fórmula 1, un tío calmado, que desprende serenidad, y, quizás por eso, un tío que tanto admiro.
A la hora de los postres, con McLaren tejiendo la pantomima, Piastri elaboró un plan. Para él, seis puntos, los tres que perdió más los tres que Norris ganó, no son comparables con un campeonato. Evitar causar un torbellino en la balsa de aceite que es McLaren, y, yendo primero, le conviene que lo siga siendo, bien valen seis puntos. En pleno Drivers' Parade, por ejemplo, con todos los pilotos con la boca muy caliente, Leclerc, que presentía una victoria, se tuvo que contener para no insinuar más de lo debido, Alonso dijo que iba a sacar puntos, que no iba a abandonar, que iba a acabar la carrera, vamos, pero Piastri pidió una primera curva apacible y fácil. ¿Por qué luego no va a querer un final de temporada apacible y fácil?. Y al mismo tiempo, McLaren desatiende a la mayor promesa de la parrilla para la próxima década, que me la imagino fichando, como campeón del mundo, por Ferrari mientras suelta unos cuantos «Ciao a tutti, ragazzi» y deja a su antiguo equipo con Norris y Gasly, que pasaba por ahí, conduciendo el mejor coche. En este rincón del planeta, bañado por las olas del Mediterráneo, no hubiéramos dejado pasar ni a

