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martes, 21 de julio de 2026

En otra época

El viernes por la mañana me desperté mientras estaba acabando un sueño. La alarma sonó cuando, yendo en un taxi, al que yo me había subido de improviso, en dirección al circuito de Spa-Francorchamps, le estaba explicando a Leclerc, que, habiendo ganado ya varias carreras en su trayectoria, su siguiente paso debía ser llevarse dos victorias consecutivas; añadí: «queremos ganar este fin de semana», mientras hacía tozudos intentos, no únicamente por hacerle entender mi castellano, sino que el uso del «nosotros» implicaba que, como un aficionado más de Leclerc, sentía sus victorias también como mías. Cuando la vigilia arrastró su poderosísima cualidad razonadora hasta que volvió al vívido sueño en una inconexa secuencia de imágenes a fogonazos -- espero que Sigmund Freud se sienta orgulloso de mí después de cautivar mi total interés a finales del verano pasado -- no solo caí en la cuenta que Leclerc ya había ganado dos carreras consecutivas, sino que fueron su primera y segunda en la Fórmula 1.

Freud también decía que los sueños no son sino una realización de los deseos, de hecho esta es la idea central de su trabajo, y de éste, querido Sigmund, es mucho más sencillo distinguir su deseo de los que tú exponías. Mi afición por Charles Leclerc, un piloto al que ya admiraba en su temporada de debut en Sauber, e incluso cuando compartió garaje con Carletes, ha explotado esta temporada, en la que la Fórmula 1 se ha organizado para que los tres coches más rápidos -- con permiso de RedBull -- los lleven tres pilotos ingleses; y empieza a no serme casualidad que sus tres compañeros me caigan tan bien: Piastri es un tío tranquilo, que quizás por eso admiro tanto, y Verstappen -- rival de todo lo inglés -- ha cubierto todo el arco argumental de villano a héroe, desde sus primeras carreras hasta descubrirse como un tío honesto. Pero es que además, Leclerc, junto con Antonelli, es toda una revelación de sentimientos, unas ganas desbordantes de ganar y una pasión incontrolable por llevar un Fórmula 1.

Saliendo desde la cuarta posición, Leclerc, que lleva toda la vida viendo las olas del Mediterráneo desde el balcón de su apartamento de lujo de Mónaco, se puso segundo antes de la frenada de Les Combes. Desde ahí, beneficiado por primera vez en su carrera por un Safety Car, subió a la primera plaza. Que Leclerc sea un pupas es algo que valoro al mismo nivel que su mediterraneidad, hasta el punto que, detrás de cualquier mínima victoria para el automovilismo patrio, su primer mundial con Ferrari será lo que más feliz me haga. Quedaban doce vueltas y, justo que como le había explicado el viernes por la mañana en el viaje en taxi, iba primero. Pero Antonelli, que tiene a media Italia preguntándose cómo está corriendo para Mercedes, y no para ellos, cumplió lo que se le negó en Silverstone, y, tal y como vino, lo adelantó y se fue. Si ahora me gusta la Fórmula 1 es más por lo que yo he hecho por ella, que por lo que ella ha hecho por mí. En otra época, habríamos tenido unas últimas vueltas memorables.



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