Estos días que siguieron a la victoria en la semifinales contra Francia, he tenido un sueño recurrente, cuya imagen me ha perseguido, ya despierto, consagrado a las tranquilas y muy holgadas obligaciones de la vida de vacaciones, poniendo a prueba mi concentración. Imaginando que esto es un capítulo más de la obra onírica de Freud -- En otra época --, como si ahora formase parte de su consulta, en un estadio abarrotado, bajo un sol escandaloso, yo, como si fuera un recogepelotas, apostado a pocos metros del banderín del córner izquierdo más cercano -- ese mismo en el que Iniesta celebró el gol de todos --, veía como Ferran corría hacía a mí, con los brazos formando una cruz, y me gritaba: «¡He oído el silencio!». La imagen onírica, que ya es solo un recuerdo ocre sin a penas movimiento, por motivos obvios es una confección del irreductible deseo en el que ganábamos el mundial, pero también, de manera más escondida, es un símbolo de lo convencido que estaba de que se cumpliera.
Dos noches antes de la final, en los momentos previos a una pachanga desenfadada de fútbol sala en las pistas de los Jesuitas, recibí el saludo y el abrazo de una amiga, recientemente incorporada a la disciplina del primer equipo del Levante Unión Deportiva, que, nada más despegarse de mí, me preguntó si estaba ilusionado por la que se nos venía encima el domingo; «convencido» le contesté, su muestra de aprobación fue total. Nunca he necesitado razones para creer en una segunda estrella, pero siempre he podido encontrarlas. La primera fue en la final de Champions de 2025 al ver a Fabián desplegando un fútbol encomiable, y la última fue este mismo viernes cuando, arrebatado por las virtudes tácticas de un partidillo en el último sótano del balompié español, pensé en qué no sucedería en la cima del deporte. España es ese país en el que si sales a la calle conduciendo un balón es más fácil que un niño te tiré una línea de pase a que, después de dar continuidad a la jugada con un control orientado, te diga cuánto da siete por ocho -- que dedico las tardes a enseñar matemáticas --; en el que los mediocentros de Tercera División, a tres velocidades menos y sin su prodigio técnico, quieren jugar como Rodri, y sus entrenadores, como España.
El domingo sonreí cuando, a las diez de la mañana, me di cuenta que tendría el tiempo justo para llegar al partido con algo de antelación; te debo una Fórmula 1. Ya en el lugar en el que fuimos campeones, antes de que el balón rodara, abundé acerca de mi convencimiento con un amigo de mi hermano, que era la primera vez que lo veía, y que quizás solo lo vea ese día. Ese mismo amigo, que me notó desesperado tras una ocasión fallada al muy poco de empezar, perfumó con unas pocas palabras sabias: «¿Qué hemos hablado?»; «Tienes razón: es solo una cuestión de tiempo», se rio, y no sé por qué. Esta final ha sido de los partidos que más he disfrutado en mi vida, por la importancia del resultado y por lo absolutamente tranquilo que estuve. Habiendo cumplido el tiempo, viendo la repetición a cámara lenta de la falta de Lamine Yamal, me invadió una pegajosa satisfacción por simplemente poder recordar para siempre esa exhibición, que ya nos pertenecía. Cuando Ferran salió al campo, con la imagen del sueño apareciendo ante mis ojos, apunté: «Como meta Ferran, me desnudo». Cuando media hora después, el balón volaba de derecha a izquierda, anuncié: «Pues ya está». El momento (soñado) había llegado.

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