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martes, 25 de agosto de 2026

La última gran carrera

La de este fin de semana ha sido una carrera de homenaje para la Fórmula 1, si bien no por su brillantez y desaforado entretenimiento, sí por cumplir con sus usos y costumbres, por los que he profesado ferviente devoción hacia la setentaycincoañera, aún cuando lo nuestro pendía de un hilo. Es un gusto muy satisfactorio poder señalar a la pantalla y asegurar que eso es Fórmula 1. Cada quince días, desde primavera hasta verano, he estado viendo carreras como las del domingo, y en todas ha competido Fernando Alonso, salvo en dos temporadas; El Nano ya forma parte de la Fórmula 1 como lo hace la bandera de cuadros o un pit stop de Ferrari. Las buenas carreras no tienen secretos -- y por eso, al acabar este Gran Premio, tengo la misma sensación que cuando acabé el del año pasado: que lo voy a echar de menos en invierno --: un circuito formidable, pocos adelantamientos pero buenos, y alguien que a mitad carrera piensa: «¿Y si solo paro una vez?». Lo único malo es que el agosto que viene no se repetirá, porque hay que hacer sitio a otros circuitos peores.

Muy pocos son quienes saben cuántas más oportunidades me quedan, pero yo sigo manteniendo la fe, en cada domingo de Gran Premio, de ver una victoria de Alonso, aunque la razón me diga que mis opciones son remotas; y así lo gritaba dentro del casco, abordo de Camila. El resultado de la revolución técnica en el motor Honda del Aston Martin de Fernando Alonso fue un desesperanzador decimoctavo puesto en clasificación. Pero en la primera vuelta, Verstappen, hermanísimo de El Nano, sobrestimó la adherencia de la última curva y estampó su monoplaza; Bortoletto, representado de El Nano, hizo algo muy parecido. Luego, a Bearman, que ya no sé si estaba delante o detrás de él, se le paró el coche. Y cuando moví la vista a la clasificación, el asturiano más rápido del planeta ya iba decimotercero. Le pegó una pasada de locos a Albon o a Carletes -- no lo sé, no lo pusieron en pantalla grande -- y cuando me quise dar cuenta iba octavo, por haber administrado el deterioro de sus neumáticos durante casi la mitad de la carrera. Ninguno, salvo Hulkenberg, salió delante de Alonso tras sus segundas paradas en boxes, y, marcando consecutivamente su mejor vuelta hasta la última, retuvo a Gasly, y su remodelado Alpine, a más de un segundo de distancia tras el paso por línea de meta.

Alonso pilota perdiendo un poco en cada vuelta para luego tener una gran ventaja en la estrategia desde antes de su segundo mundial en Interlagos -- Brasil 2006, del tirón --. Habiendo cumplido cuarenta y cinco el mes pasado, su vigencia es tan patente que el domingo mejoró la mejor carrera de tres cuartas partes de la parrilla. Pero ha pedido una renovación multimillonaria -- que me suena a provocar su retirada indirectamente --; en Spa-Francorchamps, acabó el Gran Premio haciendo unos derrapes que me recordó que su despedida estaba cerca; en Barcelona, dijo que sería su última vez allí, Oriol Puigdemont escribió que contaba los días para su marcha y, delante de los micros, machacó al coche. Si cierro los ojos, me imagino a El Nano levantando los brazos en lo alto del podio de Monza -- en dos semanas --, pero comentándola nada más acabar me di cuenta que ya era una opción muy probable el haber visto la última gran carrera de Fernando Alonso. Melancolía, ven a mí y no me dejes solo, con fuerza abrázame y no te separes de mí hasta que caiga dormido.



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