jueves, 27 de marzo de 2025

Muéstrame el camino

Un nuevo capítulo de mi tumultuosa relación con la Fórmula 1 ha sido escrito. Este fin de semana, con motivo del Gran Premio de China, en el faraónico circuito de Shanghái, mi relación con la setentaycincoañera ha avanzado por una fase con riesgo de tornarse peligrosa; y conforme más pasos damos, más lo percibo así. Empiezo a pensar que la Fórmula 1 es la novia que no te conviene. Su próxima ida de olla, con mensajito nocturno incluido, se recorta en la penumbra como el malo de una novela de Pérez Reverte. Problemas: amigo, date cuenta. La carrera no tuvo un entretenimiento desaforado, sin embargo, el mal momento que hemos atravesado y que, por prudencia diré, seguimos atravesando no guarda en absoluto relación con el aburrimiento. La carrera no tuvo una participación galáctica de la pareja de pilotos patrios, sin embargo, el apagar la tele tras un abandono de El Nano forma parte de una época tan feliz como pasada. Anestesiado después del fin de semana de Gran Premio, me cuesta recordar los motivos que me tuvieron apartado de ella, pero como me dé el tiempo justo para pensar, me acuerdo en seguida de la carrera sprint del sábado y el nivel de triglicéridos se me desestabiliza.

Verstappen, y actuaciones como las del domingo, pegamento que impide que esta resaca emocional se me despegue del ánimo, son parte de las razones que me tienen en un estado en vias de reconciliación y confraternización. ¿A quién no le gusta ver como un fuera de serie lleva un coche claramente inferior a su talento, y que más se parece a una caja de cerillas, hasta las puertas del podio?, ¿Cómo exhibiciones como estas no hacen afición? Debo confesar que el quinto puesto de Tsunoda en la clasificación de Australia me hizo un poco de tilín. En esta casa no miramos el DNI de quién pone el paddock de la Fórmula 1 patas arriba sino que disfrutamos de cuanto ocurre. Hasta a Hamilton le puse ojitos el día que adelantó a Verstappen cincuenta metros por fuera de la pista en Interlagos.

Que no llegue nunca el Gran Premio de Arabia Saudí, que se olviden de pasar también por Miami y Baréin, que al caer la bandera a cuadros en Suzuka la siguiente carrera sea en Mónaco, que no vuelvan a robarme un fin de semana con carreras sprint, que todos los nuevos circuitos sean como el de Shanghái pero en lugares que lo merezcan, que, como hasta ahora, no conozca el nombre del director de comisarios, que mis deseos se hagan realidad. Querida Fórmula 1, querida setentaycincoañera, no hay rincón tuyo que no desprenda la más pura de las bellezas, me encuentro postrado ante ti, suplicando, estoy enamorado desde el tuétano de mis huesos hasta la punta de mis cabellos, desde el vértice más transcendental hasta la punta más banal, de mis emociones más primitivas a mis argumentos más sesudos: dame un punto de apoyo, muéstrame el camino y no me separaré de ti el resto de mi vida. Jajajaja.



domingo, 16 de marzo de 2025

La Fórmula 1 en estado puro

Si parpadean se lo van a perder porque esto es la Fórmula 1 en estado puro. No es ningún secreto que mi relación con la Fórmula 1 está pasando por una fase tumultuosa, y lleva siendo así ya varias temporadas. Podría nombrar, de manera ordenada en función de mi aborrecimiento, las razones que nos han llevado a este conflicto, que se está extendiendo como una mancha de aceite, pero no lo haré porque hoy no es el día. La setentaycincoañera, de cuando en vez, regala fines de semana como éste, que hacen replantearme la situación. Víbora zigzagueante que se mueve al ritmo de la música de Aladdín, me mece con sus encantos, susurros y gestos aduladores como un pobre hombre desprovisto de criterio y decisión. Un día te nubla el desencanto, meses después asomas la cabeza, cual pecador, a los entrenamientos de pretemporada y cuando la Fórmula 1, días después, sube un vídeo a YouTube con sonido ambiente de los diez monoplazas rodando por el circuito de Sakhir, dejado caer el medio del desierto, lo que dejas caer es la baba, y hasta el zumbido amortiguado de los V6 turbo-híbridos parecen sonar cada año mejor. Sin que me pudiera dar cuenta, el dueño de este sucedáneo de portal web se estaba organizando el horario de descanso y sueño de este fin de semana pensando en madrugar, primero, y trasnochar, después, para no perder detalle del programa automovilístico del Gran Premio de Australia, aunque finalmente fuese vencido por Morfeo, solo, a la veintena de vueltas de carrera.

Fines de semana, en definitiva, en donde la clasificación, y como consecuencia su preparación durante los entrenamientos, cobran importancia, en donde la salida se vuelve crucial en el desarrollo de la carrera y en donde, especialmente, el juguete roto del DRS pasa a ser, simplemente, un juguete que solo divierte. Y todo esto rodeado por un escenario sin parangón, el mejor del calendario, solo por detrás del sobresaliente circuito de Gilles Villenueve, tan auténtico y singular como el de Albert Park. El espectador con cierta experiencia de los coches caros y con pegatinas puede disfrutar de la excepcional persecución de Piastri a Norris durante gran parte de la carrera o del permanente intento de Lewis Hamilton por avanzar posiciones mientras su compañero, que salía justo delante de él, se había valido de la salida para zafarse de coches más lentos. En una palabra, en la Fórmula 1, los adelantamientos deberían valer tanto como los tres que ha conseguido el debutante Kimi Antonelli, en treinta vueltas y con trompo incluido.

Y los golpes de teatro deberían ser como el de hoy. Pasadas treinta y cinco vueltas, uno se encuentra satisfecho con lo que ve y con lo que ha visto, pero la buena Fórmula 1, esa que más se parece a una película que a una carrera, nunca pierde su capacidad de sorpresa. De repente, Yuki Tsunoda empieza a rodar cada vez más lento y compacta un tren de varios pilotos; Alonso, que es uno de los últimos vagones de ese tren, ve a simple vista el quinto puesto y empieza a apretar, hasta que se sale -dicen que ha sido una montaña de grava-; y todos paran en boxes para quitarse los neumáticos de lluvia, que estorbaban desde hacía vueltas. Cuando pensabas que la aparición del Safety Car, producto de la accidente de Fernando Alonso, había absorbido todo el componente estratégico de la carrera, te calzan una imagen de los dos primeros clasificados, Norris y Piastri, por fuera de la pista. Está lloviendo otra vez. Piastri se queda clavado en la hierba, todo el mundo para en boxes, ¿por qué Tsunoda va décimo segundo?, espera que Ferrari no para, Stroll se pone sexto, Hulkenberg está séptimo, ¿ese de ahí es Piastri dando marcha atrás para reincorporarse? Pasados diez minutos, todavía sigues viendo imágenes -como la de Leclerc en dirección contraria- que no te habías dado ni cuenta. El mismo Leclerc le mete una pasada sublime a Hamilton en la resalida, Antonelli le explica un par de cosas a Albon a 320 km/h y, cuando creías que ningún adelantamiento podía superar al anterior, Piastri pinta en el aire una obra maestra delante del heptacampeón. Belgium 2008 Grand Prix - Last 3 Laps en YouTube. La Fórmula 1 en estado puro.



domingo, 22 de septiembre de 2024

Más allá del fútbol

En el momento en el que los jugadores del Levante Unión Deportiva saltaron anoche al fenomenal estadio de La Romareda para practicar ejercicios de calentamiento a pocos minutos de empezar el partido; en ese momento, tuve un sentimiento muy alejado del fútbol. Atrás quedó un tenebroso viaje por la deteriorada autovía del Mudéjar entre densas nieblas puntuales y chubascos intermitentes que cubrían en un instante el parabrisas del vehículo. También quedó atrás un gris paseo por la Avenida de Fernando el Católico de Zaragoza en busca de un par de perritos calientes del Bar Mostaza -un saludo a la novela Patria y a la tapa de gambas a la plancha que se pedía Nerea y su novio el alemán-, avituallamiento más que necesario para el descanso de un partido que tenía previsto disputarse sábado por la noche a la misma hora de cenar. Sentado en una de las butacas situada convenientemente bajo el abrigo que proporcionaba el techo del estadio, vi salir a los jugadores dejándome abrazar por un puñado de emociones que me atravesaron el ánimo. Difíciles de encontrar, sencillas de sentir, igual de complejas el convertirlas en palabras: simplemente acerté a resumir en: «Estos son los míos». Un sentimiento de pertenencia tan arraigado como genuino. La identificación más pura con un grupo de chavales que, no solamente tienen la misma edad que yo, sino que además representan a mi equipo, nuestro equipo.

El Levante es mi equipo, y lo puedo decir lleno de orgullo a pesar del resultado adverso que se dio anoche. Si se hubieran dedicado a hacer monadas o no les hubiera apetecido también seguiría siendo mi equipo y seguiría diciéndolo, pero tú ya me entiendes: soy del Levante y lo digo sin que solo dependa de mi fidelidad incondicional. Allende la decepción inherente a una derrota, el Levante anoche inspiró en mí una contradictoria sensación de satisfacción, que tampoco brota del optimismo ante la probable opción de ganar el próximo partido de jugar así -que por cierto, lo hay-. Mi agrado, camino hacia el coche, para con el equipo no iba en relación con las esperanzas depositadas en el próximo partido sino más bien con el partido que ya había pasado, con el hecho de que el equipo hubiera jugado un partido así. El de anoche, y además frente al Zaragoza, es el típico relato de dos episodios que se retomará en primavera cuando los aragoneses vengan a jugar a Valencia. ¿Qué granota no tendría ganas de revalidar una derrota tan ajustada como la de ayer?, ¿Qué mejor motivación podrá encontrar Calero para sus jugadores, entonces, que simplemente recordar el partido de anoche?

Qué diferentes fueron otros desplazamientos, en otras temporadas, con otros entrenadores, con mejores resultados y un botín de puntos indiscutiblemente mayor, pero con un juego apático y una sensación sosa abandonando el estadio. El Levante empezó durante los primeros quince minutos siendo sometido por el ataque del Zaragoza que se llevó premio al anotar el primer gol del partido de penalti. Acto seguido, con un juego fulgurante, el Levante que, a tenor del discurrir del encuentro, iba a encontrar el gol de un momento a otro, empató gracias a un tanto de José Luis Morales cuyo disparo, casi desde el suelo, acabó traspasando la línea de gol por unos pocos centímetros. En la segunda parte, pese a seguir disfrutando de un fútbol soberbio, ambos entrenadores ajustaron tácticamente a sus equipos, en especial Víctor Fernández, y el juego se redujo a la parte central del campo. Solo Iván Calero con un derechazo y Brugué que no llegó por poco, se encontraron con la meta rival. Hasta que a unos diez minutos del final el Zaragoza se aprovechó de un mal gesto técnico de Sergio Lozano y se llevó la victoria gracias a un disparo que chocó en el palo antes de entrar. Pero lo más importante de todo no es esto. Lo más importante tampoco es el recuerdo de vuelta en el coche de la pelota a punto de ser controlada por Sergio Lozano. El fútbol juega un papel secundario. Lo más importante es el viaje a Zaragoza, los perritos calientes del descanso, el cuerpo poniéndose del revés al verlos saltar al campo y, finalmente, estar satisfecho, orgulloso y sentirte identificado con tu equipo mientras estás meando el árbol de al lado de donde has aparcado el coche.