El tiempo enseña, el aprender ya depende de cada uno. El asunto que atañe a los errores arbitrales y sobretodo a la repercusión que estos suscitan ha experimentado un importante aumento en los últimos años. De forma automática, y si se trata de una joya de la corona del fútbol español, sin excepción, se genera una fuerte discusión visible en Redes Sociales y en cualquier sitio donde se busque buya. Las portadas de los periódicos deportivos son acaparadas por la jugada polémica del partido. En este sentido el debate confecciona un desahogo por donde todo cabe. En disputas de este tipo todo vale para ganar y no siempre lo más importante es tener razón, presentar buenos argumentos o intentar ser coherente, lo realmente transcendental es ganar de la forma que sea: removiendo un tenebroso pasado, faltando el respeto o hablando más alto. Este debate sin aparente vía de escape eclosiona de forma especial cuando uno de los protagonistas (llamase Gerard Piqué) forma parte de él y participa de forma ardiente.
Todos los aficionados del mundo de fútbol hemos sufrido en nuestras propias carnes que un error arbitral perjudique seriamente el resultado final del partido de tu equipo. Y todos, exceptuando nervios de acero y gente zen, hubiésemos liquidado cualquier cosa que pasara por delante y si hubiésemos tenido un móvil con Twitter instalado y abierto, muy probablemente hubiésemos soltado una precisa retahíla de peyorativos calificativos cuidadosamente seleccionados. Por tanto, no se trata tanto de una determinada forma de ser si no de más bien un ejercicio de auto-control humano y una delicada combinación de circunstancias. Otro tema es tratar siempre de pisotear el trabajo ajeno atribuyendo artes oscuras en sus medios, aun cuando todavía se palpa el fragor de la batalla como cuando todo el hielo. Pero claro, existe una sutil diferencia entre un aficionado y Gerard Piqué, quizás ya se ha quedado explicada de forma implícita, un aficionado es un extraño indeterminado y Gerard Piqué es un nombre propio con apellido, una figura pública a quién todo el mundo ve y de quien todo el mundo habla.
Puede que parezca un poco inocente pero creo en la buena intención de los árbitros y también creo que la presión de un estadio lleno o de un equipo con caché o largos tentáculos (llámenlo como quieran) pueda influir en según que decisiones. Pero, a pesar de que el colegiado ponga la más buena de sus intenciones y que este no se sienta para nada incitado, puede errar sin que haya una mano negra por detrás. Las equivocaciones son comunes en los seres humanos y, que yo sepa, los árbitros son seres humanos, aún. Tan comunes son los errores que incluso podrían equipararse con un tiro al palo, puesto que, ocurre un número similar de veces y sus consecuencias son, mas o menos, parecidas. Dicho lo cual, podemos negar, renegar y enfadarnos con el mundo pero sobretodo con el árbitro, cada vez que la pifia o podemos interpretar cada error como un tiro al palo. Pero aun no se como amortiguar un gol fantasma que toca el larguero antes de entrar.
En Villarreal, un partido donde hubo acciones rigurosas en ambas áreas, Gerard Piqué, en concreto, indicó a todas luces y de forma activa su disconformidad con determinadas decisiones arbitrales. En Sevilla, contra el Betis, el cuarteto arbitral se comió un señor gol que traspasó la línea más de un metro y el Futbol Club Barcelona, desde los jugadores hasta las más altas esferas pasando por el colectivo que forman los aficionados manifestaron su enfado e incluso demandaron con viveza la incorporación del ojo de halcón para que no volviera a perjudicar al Barsa, quiero decir, a La Liga. Con el legal gol anulado a Antoine Griezmann (quien rompe el fuera de juego es precisamente Gerard Piqué), de igual forma, el Atlético de Madrid pudo atacar en tromba la solidez de la clasificación del Barcelona esgrimiendo argumentos similares o idénticos a los de los culés hace un par de semanas. Y supongo que eso a los azulgrana no les sentaría muy bien. Por lo tanto, cuando el árbitro nos perjudique, desinstalemos Twitter, apaguemos los móviles, pensemos que es como un tiro al palo y vayámonos a la cama. Porque dentro de dos semanas podríamos tragarnos nuestras palabras.

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