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sábado, 20 de marzo de 2021

No hay derrota que por bien no venga



El perder un partido tiene muy mala fama; y además, es inmerecida. Para empezar, un dos a cero en contra de vez en cuando, te hace tener los pies pegados al suelo y, para continuar, evita que te vuelvas idiota. Todos tenemos situado quienes son los que más ganan en la piel de toro, de igual forma que situamos en el mismo punto a los más pesaditos del reino; también, nuestra amiga la derrota impide que nos volvamos una afición exigente, como la de quien tú y yo sabemos, que pega la espantada cuando la cosa se tuerce y vacía la grada haya virus o no lo haya. El año en el que Muñiz secuestró a la señora Segunda División estuvo muy bien, fue inolvidable, forjó al Roger que ahora conocemos y fichamos a Campaña (ojito al fichaje), pero no estoy seguro de querer repetirlo; y ya no tanto por la inabarcable pereza de descender y de jugar 42 partidos cada cual más importante que el anterior, sino más bien porque cuando sobre el mes de Febrero le ganábamos hasta la Brasil de Pelé, Garrincha y Ronaldo, yo echaba de menos el perder algún partidito, aunque solo uno fuera. Ganar es más aburrido de lo que se dice y después de tumbar con una autoridad insoportable a Lugo, Mirandés, Murcia y demás equipos de igual pelaje uno añoraba que entre David Sánchez y Raúl Martínez nos diseñaran un traje y nos fuéramos a casa con dos goles en la saca y la mejilla enrojecida.

Anoche en el barrio sevillano de Heliópolis vimos a dos equipos nobles y honestos con buen toque de balón, defensas comprometidas y coordinadas y sin ningún fingimiento. Así es como siempre debería ser el fútbol. Así da gusto ver a dos equipos pelear por una victoria. Y el Llevant dio la talla. Tenemos fútbol de sobra para prolongar nuestra agradable estancia en el ático del fútbol nacional siempre y cuando no se nos vaya la mano con las incorporaciones y siempre y cuando pongamos nuestra vida entera en las hábiles manos de El Pelao de Silla. Demostramos tener, al menos, el nivel de un Betis competivo, por mucho que partido pudiera haber llegado hasta el tres a cero en el tramo final. Y, que no haya dudas, que este mismo Betis, con Borja arriba, con Fekir haciendo diabluras y con Canales moviendo los hilos el año que viene jugará las últimas eliminatorias de la Europa League. El Levante de anoche más Campaña, más Melero, con inestimable aportación de las ideas locas del pelazo del equipo y con Toño fuera de la plantilla, tiene la fuerza suficiente como para hacer saltar la banca en la lucha por plazas europeas. Lo que no se puede permitir es el segundo gol; es inadmisible estar jugando al fútbol tres cuartos de partido y luego dejar que cinco jugadores del Betis lleguen antes que el primer defensa granota en un rebote dentro de nuestra propia área.

El buen granota tiene mucho defectos. Y ya no hablo del extremismo en la victoria y en la derrota o del más acérrimo resultadismo; recuerde, estimado lector, hablo de los defectos del buen granota, no del vertedero de Twitter. Tampoco me refiero a ese conformismo infinito o ese pesimismo tanto o más insondable. Lo que quiero decir es que entre nuestros defectos se encuentra esa irrefrenable pasión por tomarnos las cosas muy a pecho. Recuérdese que el Mito de Los Seis Puntos fue una bromita de nuestros queridísimos vecinos que nos la hemos hecho tan nuestra que ya no pensamos en otra cosas cuando vemos a los once chotos jugar contra les nostres barres blaugranes; y si no me creen, hagan memoria del primer partido después del confinamiento en el que el gol de Rodrigo, en el último minuto, nos jodió más por los putos seis puntos de mierda que por perder un partido en Mestalla  en el que fuimos mejores por primera vez desde que Paquito Fenollosa vive. Si anoche Morales mete en la primera jugada del partido, el Llevant seguramente lo hubiera ganado y al buen granota se le nublaría la mente con la Europa League, con el Villarreal, con aquel partido tontamente desperdiciado en Anoeta y con el ya viejo recuerdo de Juanlu, Koné, Ballesteros e Iborra alzando al humilde Levante hasta las competiciones europeas. De haber ganado, el buen granota hubiera dedicado su existencia plenamente a rezar (y hacer fuerza) para que lo nostre equip sumase más puntos que el séptimo clasificado. Y seguramente, el buen granota, se llevara la desilusión de su vida después de que, por ejemplo, cayéramos en la trampa de Bordalás en la futura visita al Coliseum. Por eso, cuando Nabil Fekir encaró a nuestro pobre portero después de marcarse la jugada del partido, una pequeña parte de mí, desde lo más profundo de mi palpitante corazón granota, deseó que la pelota acabara dentro. Despacito y con buena letra, la temporada que viene empieza nuestra carrera que termina en Europa.



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